El cine no está libre de la crisis económica mundial

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Hasta Hollywood filma con cautela, por los innegables problemas que existen con los créditos, el miedo a la recesión y la poca confianza en Wall Street

Un asunto tan actual y candente como la crisis económica y financiera mundial, que hace indiscutible mella en todas las esferas de la vida, no ha pasado inadvertido a los cazadores de ideas para posibles argumentos que de alguna manera engrosen las arcas de la industria del cine. De hecho, el sesentón Michael Douglas volverá a ponerse a las órdenes del reconocido Oliver Stone para entregar la segunda parte de Wall Street (1987), protagónico con el que obtuviera un Oscar por su representación de aquel Gordon Gekko, un poderoso inversor sin escrúpulos, que se convirtiera en un experto en el tema de inversiones en la bolsa, gracias a lo cual pudo amasar una notable fortuna.

Wall Street 2 tendrá como contexto ideal la inquietante crisis actual, lo que permitirá poner de manifiesto el mismo mundo de avaricia y corrupción que está detrás de Agente Internacional, la cual, encabezada por Clive Owen (Louis Salinger) y Naomi Watts (Eleanor Whitman), está próxima a estrenarse.

La historia, inspirada en un guión de Eric Warren Singer, presenta a un agente de la Interpol y a una abogada asistente, quienes se han propuesto poner al descubierto las sórdidas maniobras de un banco muy poderoso; todo un as en eso de llevar adelante innumerables actividades ilegales para continuar financiando el terrorismo y la guerra.

«Sí, afirma su director Tom Tykwer, el argumento parece plagiado de las primeras planas de hoy, pero esto se debe a que los titulares han demostrado que los bancos controlan todos los aspectos de nuestras vidas. El desastre en el que nos encontramos ahora comenzó cuando los bancos se aprovecharon de los individuos y les incentivaron a vivir una vida allende sus propios medios de subsistencia».

Esa misma inquietud ha provocado que el polémico y siempre certero realizador de Farenheit 9/11 y Sicko vuelva a un tema sobre el cual ya había llamado la atención en Roger and Me, cuando en 1989 profundizaba en las causas de la caída de General Motors, en Michigan. Una década después, Michael Moore vuelve a la carga, pero, a diferencia de sus colegas cineastas, acude una vez más a su género más preciado: el documental.

Como acostumbra, Moore está decidido a indagar en los orígenes del caos económico que azota al planeta. Por ello, desde su página web, ha convidado a las «personas valientes que trabajen en Wall Street o en el sector financiero para que den la cara y compartan lo que saben», al tiempo que las ha incitado: «Sé un héroe y ayúdame a mostrar la mayor estafa en la historia de EE.UU.».

Para el también autor del «oscarizado» Bowling for Columbine (2003) está claro que «en un momento dado, los ricos decidieron que no tenían suficientes riquezas (...) querían más, mucho más, por lo que sistemáticamente se prepararon para despojar a los estadounidenses de su dinero ganado con esfuerzo». A Moore le interesa averiguar por qué lo hicieron. «Eso es lo que quiero descubrir con esta película», explica.

Mientras llega el momento en que el afamado director arroje más luz sobre el tema, la crisis económica y financiera continúa dando muestras de sus efectos en la industria del entretenimiento, de la cual no se salva, por supuesto, el cine.

Nadie escapa

La falta de glamour en los grandes festivales cinematográficos del orbe es una de las aristas más visibles de la crisis, al menos para quienes siempre están pendientes de los desfiles de celebridades por la alfombra roja.

Estaremos de acuerdo en que, si bien esta extravagancia tiene sin cuidado a los mortales más comunes, es un indicativo de cómo han tenido que ser más drásticas las restricciones, incluso en el Festival de Cannes, uno de los dos mayores mercados de la industria. La contracción crediticia mundial ha conllevado a que, por supuesto, sea menor la asistencia de las industrias más pequeñas (como las de Cuba) —en esta situación están también las compañías fílmicas independientes— a estos certámenes, donde, por la misma razón, disminuyen los acuerdos de compra y venta para cine, televisión, DVD y otros derivados. En lo adelante será más complicado que los realizadores y actores puedan estar junto a sus muestras y sus películas, las cuales tendrán que exhibirse en DVD por la manera en que se ha encarecido el traslado de las cintas de 35 mm.

Tiene que ser muy compleja la situación cuando las grandes corporaciones de Hollywood, —con muchos intereses en diferentes negocios— se han vuelto más conservadoras, e incluso están pensando si vale la pena pagar a sus estrellas esos sueldos que erizan los pelos, como los 20 millones de dólares que se concedieron a Jim Carrey por Un loco a domicilio, que al final no funcionó en taquilla; o si es factible mantener los lujos que exigen los actores en los sets, como tener a mano aviones privados.

Ahora Hollywood «filma sobre una cuerda floja» debido a los innegables problemas que existen con los créditos, por el miedo a la recesión y por la poca confianza que tienen en Wall Street. Eso explica por qué no pocas películas después de terminadas quedaron engavetadas esperando tiempos mejores. Entre ellas se encuentran esperados títulos como la última de Harry Potter, en muchos casos por la falta de presupuesto para poder asumir los millones de dólares que se requieren solo para marketing y hacer frente a las campañas de lanzamiento previstas.

¿Brecha ganadora?

En todo este embrollo parece que solo las divisiones de DVD pueden salir «ganando», gracias a que la gente quiere ahorrar y opta por el video casero —como promedio, el boleto para ingresar a una sala en México es de 3,5 dólares, mientras que en Brasil y Chile supera los 4,5—. La evidencia está en que en Asia la asistencia a los cines disminuyó un diez por ciento; en Estados Unidos en un 14, mientras que en la Unión Europea bajó en un uno por ciento (En España, al cierre de 2008 más de nueve millones de espectadores dejaron de acudir al cine en comparación con el 2007, lo cual supuso el cierre de 39 salas).

No obstante, cineastas como el argentino Luis Puenzo (La historia oficial, Gringo viejo) piensan que la crisis económica «puede abrir una brecha para que los países de la periferia logren mayor difusión de las cintas que producen. A pesar de que está duro para el cine en todo el mundo, el hecho de que se sacuda un poco el sistema siempre deja resquicios y es ahí donde nos metemos nosotros, acostumbrados a menores costos de producción que las grandes compañías de Hollywood. Mi generación nació en medio de la crisis y está acostumbrada a hacer cine a pesar de los altibajos financieros».

La vida ha demostrado que hasta cierto punto a Puenzo le asiste la razón, pero el quid sigue estando en que las cinematografías «periféricas» puedan en verdad hacer cine. Y es que ha sido inevitable que los estudios recorten presupuestos y pospongan producciones para el año que viene, mientras cuentan con menos dinero para luego distribuir sus películas.

Así ha sucedido en nuestro país, por ejemplo, donde el ICAIC, que había logrado poco a poco ir recuperando su paso en los últimos dos años, con estrenos de películas nacionales como Los dioses rotos, El cuerno de la abundancia, Omerta, Ciudad en rojo, La anunciación..., ahora se ha visto obligado a posponer proyectos que estaban listos para ser ejecutados.

Todavía quedan por estrenar en la pantalla documentales y largometrajes casi terminados como Larga distancia, de Esteban Insausti; El ojo del canario, la película de Fernando Pérez sobre nuestro Apóstol; El premio flaco, de Juan Carlos Cremata; y Lisanka, de Daniel Díaz Torres. Sin embargo, será inevitable ir más despacio.

Por ahora, la mayor esperanza de los cinéfilos es que al menos, mientras dure la crisis, que solo se dé luz verde y el ansiado presupuesto a las películas que estén amparadas por buenas historias.

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