Arriba la orquesta Van Van a su 40 cumpleaños

Van Van tiene esa capacidad de sorprender y de ayudarnos a continuar este viaje por la cubanía en sus zonas más arraigadas, de ser siempre un eterno cronómetro de nuestra realidad, sin olvidar la poesía

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Me tomó dos minutos recuperarme de la grata sorpresa. Había entrevistado a su líder, junto a una colega, pero la esencia de su hacer no la había visto en vivo. Dijo que esta vez sería él quien tocaría el bajo y provocó una ovación.

Un espectador murmuró: «Si va a hacerlo él, esto será para rato». Uno, dos, tres… Sonaron los trombones y los teclados —que en otro momento causaron toda una revolución en el son—. Uno, dos, tres… Sonaron las guitarras y el bajo —quizá inspirados en The Beatles. Luego corearon los vocalistas: Ven, ven, ven, pa’ que tú veas cómo está el tren.

Fue en 2008 en Matanzas. Cerraban el Festival de la Música de Varadero. Muchos, al igual que yo, los veían por primera vez. Muchos iban porque los Van Van crecieron junto con ellos, como parte de sus vidas y de Cuba.

Aun recuerdo a mi abuela Juana pidiéndome silencio frente a nuestro KRIM 218, para poder mover sus nonagenarios pies al compás de las notas de Pedrito, «El Calvo», como solía distinguir a ese intérprete.

Para ella no había nadie que le cantara mejor su día a día que Pedrito, cuando ponía esa voz inconfundible en El negro está cocinando, Se permuta y Marilú.

Tengo un amigo, muy dado a escuchar instrumentales, que confiesa haber disfrutado de lo que él llama la época dorada de la orquesta, la de 1980. «Era un adolescente y aquello de Se muere de sed la tía y los temas de la película Los pájaros tirándole a la escopeta eran muy buenos», me dice.

Válidas son las cuatro décadas de los Van Van. Desde Arrasando —el último de los fonogramas de la agrupación—, hasta las canciones de los inicios, de cuando eran solo el grupo surgido al calor de una frase imprescindible en una etapa crucial de la Isla.

Formell ha sintetizado historias nuestras en los minutos que duran sus letras. Su finura tiene el sabor y el toque heredado de Ñico Saquito, Benny Moré, Miguelito Cuní y otros grandes soneros. Es meticuloso, preocupado por mantener un sello y no se deja permear por el mal gusto.

Tiene un oído agudo, diría que finísimo, y conectado al pulso de la gente, a los barrios. Saca de las frases populares, estrofas con un sentido y una enseñanza tremendas, como sucede con: «Que no, que no te dé por eso»; «eso que anda»; «Van Van te pone la cabeza mala»...

Pero la orquesta es un todo compacto, que se nutre y complementa con el ingenio colectivo. Eso ha dicho su director en varias ocasiones. Así se asumen los aportes de sus integrantes actuales y los de otros que durante 40 años han mantenido puntual a este «expreso» cubano.

Porque Van Van tiene esa capacidad de sorprender y de ayudarnos a continuar este viaje por la cubanía en sus zonas más arraigadas, de ser siempre un eterno cronómetro de nuestra realidad, sin olvidar la poesía que hay en las cotidianidades.

El equipo de Formell erige un monumento a la canción y al baile. Es como aquella locomotora del poema de Walt Whitman, que vencía el invierno con su potencia y se convertía en el «emblema del movimiento». Gracias Van Van, por la melodía y por tu cálido paso por nuestras vidas.

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