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María Eulalia Douglas (Mayuya): guardiana del cine cubano

En pocas palabras resume esta encantadora mujer sus más de 30 años como especialista principal de cine cubano de la Cinemateca de Cuba, institución que acaba de arribar a su primer medio siglo de existencia

Autor:

Hilda Rosa Guerra Márquez

Las arrugas y ese pelo que no tiene nada que envidiarle a la nieve, revelan que ya no es muy joven. Sin embargo, la frescura y suavidad de su voz le restan varias décadas a los 81 años que tiene. Villareña, jovial y locuaz, es una encantadora mujer que amalgama respeto y delicadeza. Si llegamos al Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y preguntamos por María Eulalia Douglas, de seguro nos dirán que no la conocen, pero si mencionamos simplemente «Mayuya», la respuesta será muy distinta.

Especialista principal de la Cinemateca de Cuba, esta mujer ha dedicado más de 30 años de su vida a investigar y rescatar la historia de la cinematografía cubana. María Eulalia es autora de libros como El cine cubano en la prensa nacional y extranjera (1977); Guía temática de la producción ICAIC (1983) y La tienda negra, texto que recopila todos los acontecimientos de nuestro cine entre los años 1897 y 1990 —merecedor del premio nacional cultural Juan Marinello 1997—, mientras las revistas Take One, Cine Cubano, Ecos (Signis), Soviteskaya Kultura y Cuba Up Date recogen muchos de sus artículos.

Pocos son los premios y alabanzas que se le pueden procurar a Mayuya por su magnífica labor. Entre los que le han sido otorgados se encuentran el Sello José Manuel Valdés Rodríguez, de la Universidad de La Habana, 1998; el Reconocimiento Especial de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica; la Distinción por la Cultura Nacional (1999); y el Diploma del Ministerio de Cultura por su aporte al desarrollo del arte audiovisual cubano, en 2004.

Mayuya tiene muchas virtudes, pero hay una que la distingue; un don maravilloso: compartir con los demás el enorme caudal de información que ha adquirido tras largos años de ardua investigación, lo cual hace con la más envidiable humildad y un notable brillo de placer en sus ojos.

—¿Qué perdura en Mayuya de aquella niña que nació en San Juan de los Yeras, Villa Clara?

—Ay, hija, ¿tú crees que a mi edad pueda perdurar algo? —me dice riendo. Recuerdo muy pocas cosas de aquel pueblito donde nací. Cuando tenía tres años, mis padres, hermanos y yo nos mudamos del lugar. Me crié en Sagua la Grande, pero de vez en vez visitaba San Juan. Después vine para La Habana. Al nacer mi hijo lo llevé para que conociera este último lugar, y fue tan grande la nostalgia que me invadió al ver que aquello no tenía nada que ver con lo que yo conocí y viví, que no he ido nunca más.

—¿Cuándo y cómo se produjo su entrada al mundo del cine?

—Te resultará extraño lo que te voy a decir, pero provengo del mundo de las ciencias. Cuando se es adolescente, una de las cosas que influye de manera determinante en ti es el grupo con el que te relacionas, siempre tratas de seguirlo. Todos mis compañeros del bachillerato se inclinaron por carreras de ciencia, y yo, por no separarme de ellos, cometí el error de hacer lo mismo. Además, para serte sincera, no tenía vocación por nada.

«Elegí, nada más y nada menos, que Química. Cuando llegué a la Universidad y me vi sumergida entre fórmulas, laboratorios y tanto estudio, no lo pude soportar más y renuncié a la carrera.

«Hacía un tiempo ya, me había empezado a gustar el ámbito del arte, de la cultura —independientemente de que había tomado clases de piano, pintura y guitarra, aunque no serví para ninguno de los tres—, por lo que intenté entrar en la entonces Escuela de Filosofía y Letras, pero no me aceptaron porque mi título era de Bachiller en Ciencias. Tuve que conformarme con ir de oyente a las clases de Historia del Arte. Así estuve dos años. Pero indiscutiblemente había que ganarse la vida, por lo que entré y me gradué en 1952 en la Havana Business University, y comencé a trabajar en las Empresas Americanas Petroleras. Caí de nuevo en el mundo de las ciencias. Al nacionalizarse las compañías con el triunfo de la Revolución, empecé a trabajar en la Universidad.

«Fue entonces cuando Mario Rodríguez Alemán, fundador del Centro de Información Cinematográfica y trabajador en ese momento del ICAIC, quien me conocía por ser compañero de estudios de uno de mis hermanos, me pidió que comenzara a trabajar con él en el Centro.

«Le dije que sí, pero le aclaré que yo no sabía un comino de cine. Para que me aceptaran tuve que llenar una planilla de nueve páginas sobre cultura general, que revisó el propio Alfredo Guevara, entonces director del ICAIC. Por supuesto, cuando la leyó lo primero que le dijo a Mario fue: “Esta muchacha sabe de todo, menos de cine”. Entonces yo le dije a Mario: “Es verdad, pero dile que puedo aprender”. Me aceptaron. Era principio de febrero de 1962».

—Háblenos de su trabajo en la Cinemateca, de las limitaciones y aspiraciones de esta institución...

—En diciembre de 1965, Alfredo comenzó a darse cuenta de que los documentos y las investigaciones sobre cine se estaban duplicando y dividiendo al mismo tiempo, entre la Cinemateca y el Centro de Información Cinematográfica. Decidió entonces trasladar toda la documentación y archivos de este último hacia la Cinemateca para unificarlos. Yo era Jefa del Departamento de Documentación del Centro, así que con todos los papeles me trasladé yo también. En 1973, crearon plazas de especialistas para la Cinemateca y, al tener más personal, Héctor García Mesa, su director, resolvió dividir la información por áreas geopolíticas. A mí me designó la de cine cubano».

Esta última frase Mayuya la dice con orgullo; afirma que desde entonces se ha dedicado a investigar y a cuidar nuestro cine, «porque si no lo cuidamos los cubanos, ¿quiénes lo van a hacer?, ¿los franceses? A partir de ese momento es que inicia su labor como historiadora, escritora de libros, recopiladora de datos curiosos e interesantes, y de estadísticas tan inéditas como la cantidad de personas que asistieron a los cines de la capital en determinados años y el dinero que se recaudó.

En cuanto a las limitaciones, comenta, un poco afligida, que se encuentran en no poder publicar ocasionalmente materiales imprescindibles para la historia del cine cubano, debido a la falta de recursos u otros inconvenientes. Refiriéndose a las aspiraciones, las resume en una sola frase: seguir en lo mismo.

—Su último libro publicado: Catálogo general del cine cubano (1897-1960), ¿representa la culminación de su labor investigativa, o es solo un alto en el camino para continuar detrás de nuevas búsquedas?

—Para nada. Hasta que la salud y la claridad de mi mente lo permitan, seguiré husmeando en la historia de nuestro cine. Además, no me veo metida todo el día en la casa mirando las musarañas. Amo mi trabajo. Quizá me retire a los 90, si llego.

—Sabemos que este catálogo, independientemente de constituir un material de consulta de rigor y seriedad indiscutibles, ha generado algunas inquietudes en personas conocedoras del tema. ¿Está Mayuya en disposición de abrirse a alguna sugerencia bien fundamentada, e incluso incorporarla en una posible edición corregida?

—Siempre estoy en disposición de que me enseñen o me corrijan algo que hice mal. No me opongo en lo absoluto a las recomendaciones o sugerencias que me quieran hacer acerca de un dato mal puesto, alguna fecha incorrecta, un nombre equivocado, o cualquier otra cosa. No me molesta eso, al contrario, me ayuda.

—En el caso hipotético de que solo le fuera posible salvar tres filmes cubanos de un desastre imaginario, ¿cuáles serían?

—¡Son muy poquitos! Te mencionaría hasta diez, ¿pero tres nada más? Nunca. No puedo.

Es Mayuya, sin el menor de los titubeos, figura insigne de la cinematografía cubana. No es actriz, ni productora, sin embargo, realiza una labor de héroes: la de historiadora. Bastó compartir un rato gratísimo con esta entusiasta mujer, para estar convencida de que sus ocho décadas de vida no han mermado un ápice de su vitalidad, frescura y entrega a una tarea tan impostergable como el conocimiento y rescate de nuestra memoria fílmica.

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