El delirio sabe lo que quiere

Este fin de semana Cucu Diamantes pone su arte a consideración de los habaneros, en dos conciertos a celebrarse en la sala Covarrubias, del Teatro Nacional. El espectador ajeno a prejuicios y prevenciones, capaz de gozar lo bueno que no se parece a nada, vivirá una experiencia inolvidable

Autor:

Rufo Caballero

La primera vez que supe de Cucu Diamantes fue en el programa Lucas. Su director me pasó, entre los videos que debía analizar con vistas a la próxima cámara, uno titulado Más fuerte. Recuerdo la conmoción que provocó en mí aquel video. Cucu Diamantes era la artista que más me había impresionado en los últimos meses, luego de la sobria intensidad del trovador René Ferrer. Ambos cubanísimos, estaban en las antípodas. De hecho, Cucu Diamantes me pareció, todo el tiempo, Miguel Bosé disfrazado.

Cuál no sería mi sorpresa cuando, unos días después, leo, en una entrevista a Bosé, la siguiente confesión, a propósito de Cuculand, el primer disco de la Diamantes en solitario: «es una bomba de frescura y de frenesí, un torbellino de creatividad y de ironía... Hace unas cuantas semanas que no puedo dejar de escucharlo al menos una vez al día; si no dos». Hay algo exacto en la apreciación de Miguel sobre esta otra chica Almodóvar (vamos, que tiene el tono justo de las chicas Almodóvar, y, para más convergencia, es amiga del manchego universal): la ironía. También a mí algo me decía, en aquel video, que Cucu no era ingenua, en absoluto. Es claro que Cucu marca una distancia irónica, paródica; que se burla de todo el fenómeno del divismo y el eclecticismo acrítico, al tiempo que participa de sus fruslerías. En Cucu hay información: de niña estudió ballet, y de joven, se fue a Roma, donde en la Academia de Bellas Artes cursó estudios de Historia del arte y Restauración. Estos conocimientos, que el espectador avisado entrevé en su actitud artística, en la frecuente emergencia carnavalesca de referencias culturales cruzadas, impide que se tome a la Diamantes como una cantante naïf o poco intencionada. Todo lo contrario.

La imagen y el temperamento artístico de Cucu Diamantes constituyen un engendro fabuloso, donde comulgan Miguel Bosé, Luz Casal, Almodóvar, La Lupe, Mina, Aterciopelados, Juana Bacallao, entre otras bellezas. Su alucinante collage de estilos clasifica en la larga tradición de cantantes temperamentales cubanas, de esas que se rasgan las vestiduras a la menor provocación, tipo La Mora (la gran Moraima Secada); pero, en todo caso, con un sentido del humor que la convierte en un suceso intercultural a nivel mundial. La premisa multicultural es determinante en Cucu: no pierde tiempo de enfatizar su cubanía orgullosa, vive en Nueva York, escribió la mayoría de las letras de Cuculand en México.

La Cucu es una mezcla altiva de géneros como el vodevil, el circo freak, el cabaret; todo amalgamado por una sabrosa distancia que parece provenir de eso que antaño nombraban como «alta cultura» o intelectualización de la experiencia estética. De cualquier modo, nadie se llame a engaño: lo de Cucu es desfogarse en el reino de la industria cultural, sin el menor prejuicio o recato. En el disco producido por el venezolano Andrés Levin —quien toca varios instrumentos y arregla algunos temas— y el cubano Yotuel, cantante de Orishas —Yotuel incorpora su gracia al track Alguien—, la fusión de géneros musicales resulta despampanante y desfachatada, muchas veces virtuosa. Cucu revisa culturalmente (el término desea ser exacto: revisa) la cumbia, la conga, la samba, el rock and roll, el flamenco, el tango, la canción-son, y a la vez, combina estos géneros con la sensibilidad del funk, del hip hop. Los universos sonoros de los mundos hispanoamericanos y afroamericanos se funden y confunden en las composiciones, que hacen parte, de otro lado, del multiculturalismo natural en una ciudad como Nueva York, donde el inglés y el español comparten la misma frase. Así sucede, más de una vez, en Cuculand.

A mi juicio, el disco contiene dos surcos excepcionales: en lo conceptual, Más fuerte, donde Cucu parodia el tragiquismo del despecho, de la separación con rivalidades, el divismo del tópico de la emancipación de la mujer-fatal-latina; y, en lo estrictamente musical, Sentimiento, una especie de vallenato pop que, para más locura intersubjetiva, introduce un segmento de salsa en el puente.

La delirante imaginación cultural de la Diamantes no deja de expresarse en los textos, que echan mano —para mi gusto, de forma abusiva— a anécdotas y accidentes en la propia vida rocambolesca de la intérprete. De intenso aliento feminista (Mujeres del mundo/salgan pa’ la calle/que el mundo se entere/y que todos se enteren/que tenemos la llave..., en Vengo), la mayor cualidad de las letras, luego del nudo de ascendencias culturales disímiles, radica en la enorme simpatía de la personalidad que está detrás. Como parte de Alguien, escuchamos que «Yo quiero cama grande/con sábanas de seda/y quiero que en la ducha, en cueros, bailes macarena/(...)/ Coño, papi, cómprame un Ferrari/que ya estoy cansá’ de tu elefante». ¡Díganme algo! Pero hay más: en Free, tema próximo al estilo latin funk que caracteriza a Yerba Buena, alineación que cofundó Cucu nueve años atrás, y de la que participa aún, oímos cómo «Sigo estando crazy/sigo estando free/esperando por un papi/que me haga feliz».

Ileana Padrón decidió llamarse Cucu Diamantes porque el sonido de cu-cu recordaba, en inglés, y en los predios de la jerga, aquello de kook, kook; o sea, más o menos, estar chiflado. Ella lo está; sin la menor duda. Por otra parte, lo de Diamantes acababa de colocar el tono sofisticado y de glamour que en lo sucesivo podría confundir su mote artístico con el de Coco Channel, por ejemplo. En todo caso, se trata de una locura rica, nunca enfermiza. A Cucu le falta un tornillo y le sobran otros tantos. Porque nadie dude de que la Diamantes sabe perfectamente lo que quiere y cómo lo quiere. Si no hay la menor ingenuidad en la imagen ni en la fusión cultural, menos aún, en el concepto. Cucu Diamantes resulta una de las artistas más y mejor articuladas, estructuradas, de la última década. El disco Cuculand está pensado como una tierra de tolerancia, de convivencia, que existe en la mente, pero que ojalá prenda cada vez más sobre el planeta. Cuculand es un mundo multirracial, inclusivo, abierto a la diversidad sexual. De hecho, la artista no tiene el menor problema en admitir que manipula estéticamente su posible androginia. Si Cucu no tiene límites culturales, étnicos, musicales, ¿por qué habría de tenerlos en términos de la sexualidad o el género?

Por estos días, pasea su talento a lo largo de toda Cuba, tierra que lleva en las venas como el primer día. De Párraga a Manhattan, Cucu es una artista impresumible. Este fin de semana pone su arte a consideración de los habaneros, en dos conciertos a celebrarse en la sala Covarrubias, del Teatro Nacional. El espectador ajeno a prejuicios y prevenciones, capaz de gozar lo bueno que no se parece a nada, vivirá una experiencia inolvidable.

No tengo que decir que me separen primera fila, porque este papi no se pierde por nada del mundo los excesos y la gracia desestabilizadora de Cucu Diamantes, artista que se pronuncia en contra de toda la rigidez y el almidón. Un diablo retozón se viste de diamantes kitsch, en un diseño de culto, depravado alrededor de las suspicacias culturales. Una criatura diablesca y traviesa que sabe lo que busca como una mujer madura; que en medio del frenesí, centra toda la lucidez del sujeto multicultural de hoy.

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