Yasek Manzano invita a su casa

El segundo disco del novel jazzista, Amnios 1407, fue premio en el más reciente Cubadisco en la categoría Jazz

Autor:

Frank Padrón

En una entrevista realizada hace varios años, el joven músico Yasek Manzano confesaba acerca de su quinteto acompañante y su método de trabajo: «Por la propia espontaneidad del jazz, desarrollo en mi agrupación un lenguaje musical que me permita alcanzar diferentes estados de ánimo (...) Este proceso compartido lo califico como una especie de “viaje a la selva”».

Ese viaje a una selva, de profundos sonidos ancestrales, es el que conforma esta segunda experiencia discográfica del novel jazzista: Amnios 1407, premio en el más reciente Cubadisco en la categoría jazz. Ese, que era tan solo el número de su casa, a partir de ya es un eficaz aval, una diáfana carta credencial de quien, desde hace unos años dejó de ser una promesa para convertirse en un músico inmenso.

La segunda parte del título responde, por supuesto, al sentido genésico, primigenio que tiene el hogar en su desarrollo musical y profesional: allí se gestaron los iniciales «acordes» de un ADN en el que fluían las más inquietas células sonoras, y que fueron creciendo y madurando hasta llegar a moldear la respetable estatura del artista que devino.

Cuando lo conocí, mucho antes de que saliera al escenario, sabía que llegaría lejos. Me satisface encontrar que a aquellos soplidos iniciales, enérgicos y vibrantes pero acaso un tanto salvajes y como en bruto, se han adicionado la estilización, la limpieza, el deslinde que han mezclado fuerza interior a elegancia, talento natural a pulimento, condiciones innatas al «extra» indispensable del estudio y la experimentación, sistemáticas y perfectibles.

El disco abre con un homenaje: Amnios, dedicado al inolvidable poeta del patio Raúl Hernández Novás, donde el tumbao en la percusión sirve de base a un discurso íntimo, desenfadado y a la vez profundo del sax soprano (Carlos Chepi Mejías) que aquí lleva la voz cantante. En él aparece también un tema como Drume negrita, que desde la voz expresiva de Yanet Valdés recrea las estrofas inmortales de Grenet y cuenta con los sutiles y lúdicros comentarios (casi siempre en sordina) del trompetista, quien junto al piano sutil y definitorio de Jorge Luis Pacheco, y el bongó y la tumbadora (Edgar Martínez) en delicados complementos, ofrecen otra visión moderna del clásico sin dejar de ser fiel a su raíz.

Hablando de clásicos, y de invitados de lujo, aparece (varios tracks después) Chucho Valdés en la pieza 26-2 (John Coltrane) que implica, como es de imaginar, otro diálogo de gigantes, un exclusivo «choque de trenes» entre dos maestros: el veterano y el joven, a quien (y este CD así lo demuestra) no hay que dudar sobre incluirlo en esa categoría. Como si fuera poco, otro novel talento, Ariel Tamayo, protagoniza una jugosa apoyatura ritmática mediante la batería y las pailas.

En Congo Bronx, la «portada» desgrana células iniciales de tap que evocan el microcosmos aludido, lo cual explaya en cantos y contracantos del flugelhorn en magistral diálogo armónico (algo que aparece también, como fugatti, en Payaso, pieza estructuralmente compleja donde se luce también Yandi en el bajo con arco), mediante jimmicks que, en el más esencial lenguaje del jazz clásico, transmiten el ambiente de esa sede gloriosa a la que se dedica la pieza, New Orleans, mientras Reinier Mendoza (batería) y Edgar Martínez (botija y pandeiro) refuerzan la percusión con palmadas, al tiempo que José Ángel (el Negro) se luce en el yembé final, reafirmando la impronta negra de ese ritmo, desde entonces universal.

A ello siguen el lirismo y la elegancia de Lourdes, donde el piano hace lo suyo complementando el protagónico viento, como también actúan la percusión y los teclados en el concluyente Porto di Bari, un tanto más rítmico pero no menos creativo. En Pasos de hipopótamo, el intérprete enfrenta un tema ajeno (David Faya, a propósito, «asomado» aquí y allá en oportunas intervenciones del contrabajo o el bajo eléctrico), que convierte en suyo gracias a su peculiar fraseo y su precisión ejecutora...

En Extraña melancolía (de cadenciosa sensualidad) y la más percutida El matemático (una de las piezas más sugerentes del disco por los contrastes estructurales y los frecuentes breaks del tejido armónico), aparece la exquisita y siempre elegante guitarra de Jorge Chicoy, como se sabe, otro de los adalides del latin jazz y, mucho más allá, de la música avant garde cubana toda.

Vanguardia plena (que no snob o petulante), pos-modernidad creadora; energía multiplicada que abarcan la composición, la ejecución, la dirección, es este CD, señalado con un 1407, el número de un apartamento que a partir de ahora es también un cálido rincón donde se refugia el mejor sonido contemporáneo cubano.

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