Chicago, la camisa de once varas

Con la puesta en escena de Chicago, Tony Díaz y su grupo Mefisto reafirman su interés por el teatro musical, una modalidad teatral muy popular y muy exigente

Autor:

Osvaldo Cano

La inveterada y notoria avidez de nuestro público por el teatro musical se pudo confirmar, una vez más, con el reciente estreno de Chicago. Tony Díaz y su grupo Mefisto optan nuevamente por incursionar en un género cuya rica historia y diálogo con el gran público gravitan hoy en el terreno de la nostalgia. La sala Tito Junco del Complejo Cultural Bertolt Brecht resultó el sitio escogido para llevar a las tablas la conocida historia fabulada por Bob Fosse con la colaboración de Fredd Ebb y John Kander como letrista y compositor musical, respectivamente.

Convertida en toda una leyenda en Broadway, Chicago aborda con simpatía y desprejuicio la historia de dos ¿cándidas? y hermosas mujeres devenidas asesinas. Tomando como punto de partida los reportajes que hiciera Maurine Dallas Watkins para el Chicago Tribune en los años 20 del pasado siglo, Fosse, Ebb y Kander elaboran una pieza que constituye un clásico del género. La intensidad de las historias de amor llevadas a la ficción, el contraste entre el tono alegre y despreocupado del vodevil y la terrible realidad que toma como punto de partida, la calidad de las letras y la música, la denuncia social implícita tanto en los motivos que empujaron a las protagonistas a transgredir uno de los tabúes esenciales de nuestra especie, como en el tratamiento de los mecanismos del sistema judicial norteamericano, dotan al texto de eficaces ganchos capaces de acaparar la atención y el interés de amplios sectores de público.

Con la puesta en escena de Chicago, Tony Díaz reafirma su interés por una modalidad teatral muy popular y muy exigente con los intérpretes. Tal y como había hecho al encarar la puesta en escena de Cabaret, el experimentado director no se amilana ante el reto de asumir un montaje complejo, cosa esta que se agrava hoy día debido a la falta de entrenamiento de los actores, la escasez de referentes que sirvan de brújula en este sentido, e incluso de recintos adecuados para su materialización. Pese a tales contingencias, Díaz y su tropa son capaces de salir por la puerta ancha gracias al dinamismo de las soluciones aportadas, el buen nivel actoral, la coherente utilización del espacio, la preparación danzaria y musical previa al montaje y la atinada selección del elenco.

Es preciso destacar algo que pudiera parecer una paradoja: me refiero al carácter minimalista del espectáculo. El director —quien se hace cargo de las luces—, junto a Meyling Álvarez, en rol de diseñadora de escenografía y vestuario, conciben una escena desprovista casi por completo de decorados en la cual los atuendos, las coreografías, la faena de los intérpretes y una inteligente concepción del espacio escénico que nos ubica a todos en el recinto de la peculiar prisión, asumen el protagonismo. En la calidad y el balance que se aprecia en esta propuesta interviene además el talento de un coreógrafo como Iván Tenorio y la dirección musical de Efraín Ríos y David Guerra.

Como ya había apuntado, es justo consignar el hecho de que la labor de los actores se erige como uno de los pilares fundamentales de Chicago. La tropa de Mefisto, que ha venido incursionando en el musical en montajes como Cabaret o Huevos, comienza a levantar boga demostrando su versatilidad e histrionismo. El hecho de que Maylú Hernández se incorpore al elenco constituye una verdadera ganancia tanto por su entrenamiento en el género, como por sus potencialidades. Hernández asume el rol principal con una mezcla de pericia y desenfado, demostrando poseer no solo destreza para el canto y el baile, sino también que es capaz de encarnar con creencia y soltura a una criatura voluble y urgida de protagonismo. La joven Araina Begue no se queda a la zaga y defiende con vigor y solvencia a la otra figura central. Pese a poseer menos experiencia y entrenamiento en el musical, Begue sostiene todo el tiempo el duelo con su contraparte demostrando a su vez afinación y aptitudes para el baile.

El primer actor Carlos Pérez Peña vuelve a dar evidencia de su talento al incorporar al apocado y manipulable Amos Hart. Leidis Díaz sorprende gratamente por la intensidad de su labor, la capacidad para destacar aristas que singularizan a la carcelera y la fuerza interna que se aprecia en su accionar. Rayssel Cruz expone con veracidad la real naturaleza de un inescrupuloso y hábil abogado, personaje esencial a la hora de desentrañar la velada denuncia que emana de la pieza. El resto del elenco, así como el cuerpo de baile, contribuyen a sostener el ritmo y las cotas de calidad pautadas por los protagonistas.

Con el estreno de Chicago, Díaz da un firme paso adelante en su propósito de volver a colocar al musical en un sitio de preferencia, sin lacerar su calidad. Tal y como reza el adagio popular, al encarar un texto que habita en el plano de la leyenda tanto por sus montajes en Broadway como por su versión cinematográfica, el líder de Mefisto se metió en camisa de once varas y supo salir airoso de ella.

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