Lo último que se pierde es la memoria

Las pinturas abstractas de Reynier Ferrer remiten a esos lugares, experiencias o detalles, que pueblan nuestra identidad cultural

Autor:

Jaisy Izquierdo

Cuando se trata de pinceles, Reynier Ferrer no puede evitar que la Isla que habita se le cuele por algún resquicio de sus cuadros. Sus pinturas abstractas, a pesar de no presentarnos los paisajes que conocen de sobra nuestros ojos, nos remiten a esos lugares, experiencias o detalles, que pueblan nuestra identidad cultural.

No está solo Reynier en este empeño. Le acompaña su tío Edmundo Desnoes, el escritor de las conocidas Memorias del subdesarrollo. Juntos traspasan sus dimensiones geográficas, sus diferencias generacionales y sus diversos mapas personales para hacer confluir sus creaciones, esas emanaciones del alma que necesitamos compartir, y que en la expo Con la memoria, se vuelven conversación amistosa, convite de ideas, rejuego del entendimiento.

Cuenta Reynier que conoció a su tío abuelo por medio de una correspondencia electrónica, que con el tiempo se convirtió en una estrecha comunicación intelectual. «Un día Edmundo me propuso la idea de una colaboración, un intercambio entre dos universos artísticos, la literatura y la pintura. Yo pintaría a partir de sus frases, algunas de ellas extraídas de su novela Memorias del subdesarrollo, y él pondría título a otras imágenes creadas por mí. Intentaríamos, de ese modo, pintar la palabra y escribir la imagen».

«Me pareció una idea mágica, con ángel, y me volqué intensamente, con la palabra dando vueltas en mi interior, a hacer emerger de la tela todas esas resonancias que me transmitían los títulos», confiesa el joven pintor, quien desde el 2004 es graduado de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, y es miembro de la Asociación Hermanos Saíz.

Desde las paredes de la sala del Centro Cultural ICAIC, textos y fabulaciones plásticas se dan la mano indisolublemente para confirmarnos que, por ejemplo, Lo que no mata engorda, El que no vive herido, está muerto; Todos nos columpiamos sobre la tela de una araña, o que, aunque Parece gusano, es mariposa.

Metáforas estas que escapan del pincel y de la pluma, y que pertenecen a nuestro acervo criollo, a ese hálito insular del que nos nutrimos todos. Y que, por supuesto, no debemos, ni aunque quisiéramos podríamos, olvidar.

Nuestras memorias, las colectivas o personales, podrían esconderse entre los lienzos. Así lo intuye Desnoes, quien asegura a JR que «la obra de Rey se desprendió, ante mis ojos, del árbol del expresionismo abstracto para insertarse en la realidad de nuestra Isla. Hizo carne el contexto de lo que pasa en las calles y habitaciones de La Habana».

El propio Ferrer admite que en su pintura están «mi niñez, mi adolescencia, todo lo que ha marcado mi vida de forma abrupta, mi madre, mi abuela. Estas experiencias codificadas, a modo de símbolos, son las energías que entran y salen de las telas. Me interesa que los espacios queden abiertos, que la imagen no muera, que no sea definitiva. Esa ambivalencia es uno de los encantos de la pintura abstracta».

Es por ello, acaso, que el espectador puede husmear con comodidad en este diálogo, y convertirlo en coloquio, sumándole sus propias vivencias despertadas bajo el influjo de las 19 piezas. Estas quedarían así, abarrotadas por las más locas, lógicas, aberrantes, desenfrenadas interpretaciones, y no quedaríamos exentos de ver, por ejemplo, ante Soledad en medio del bullicio, al Sergio inmortalizado por Titón, hablando consigo mismo entre la multitud.

Porque se trata de hablar Con la memoria o, mejor, de hacer hablar, para que las palabras no se las trague el viento, ni menos el silencio, pues en ellas van resguardadas, para la posteridad, nuestra raza, nuestra historia, nuestros recuerdos.

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