Las batallas se ganan en el corazón

«Envía tu fuego hasta el final»: eso significa Abracadabra, vocablo que nombra la última obra de La Colmenita, dedicada a los Cinco Héroes cubanos presos en Estados Unidos. De esta llama y otras esencias, conversó JR con «Tin» Cremata, director de la compañía, y Llanisca y Anniet, dos de sus educadoras

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Pido perdón a los mayores por hacer esta entrevista para los niños. Tengo una razón muy fuerte: el inspirador de estas líneas es un pequeño bullicioso. Viajó de chiquito al país de Nunca Jamás y allá bebió una poción mágica para no crecer por dentro. Tengo otra excusa: aunque en los documentos oficiales —que tanto gustan a los adultos— lo llamen Carlos Alberto Cremata Malberti, director de La Colmenita, su verdadero nombre es Tin. Así de diminuto y lluvioso, como lo bautizó su hermano Juanqui.

Hay un motivo de mayor peso: nuestra conversación transcurrió a bordo del asteroide B-612, donde habita la flor más bella del mundo y humean tres volcanes para calentar el desayuno. Además, como Tin es un pandillero nato se buscó de compinches a Llanisca, guionista de Abracadabra, y a Anniet, la ecologista; ambas educadoras del taller Crecer con Martí, donde se conspira por la poesía y la bondad. Para justificar totalmente mi empeño, les confieso que la chispa motivadora del encuentro fueron cinco amantes de los principitos a quienes les han impedido verlos.

Si todas estas excusas no fuesen suficientes, entonces rectifico la introducción: esta entrevista nace para las personas mayores de bien, que serán, algún día, todos los niños.

—¿Por qué ocurrirá que «las personas mayores jamás comprenden nada por sí solas»1?

Tin: Porque a veces no se entregan, no buscan distinguir lo puro. A mí me aburren algunos adultos lo que no puedes imaginar. Hay una anécdota de estos días que me refuerza esa creencia. Abracadabra, esta obra por los Cinco que más que una obra es una oportunidad de ser útil, se preestrenó en el centro Martin Luther King, y fue impactante. Se generó una química especial con el público. Ese día a Federico, el más chiquitico de los participantes, todas las personas del auditorio lo acariciaron, lo pasaron por encima del grupo, lo abrazaron… Él salió muy triste de allí, diciéndole a la madre que no quería estar más en La Colmenita.

«Cuando la mamá le pregunta por qué, si todo había quedado perfecto, respondió: “¿Por qué a mí y a los otros niños no?”. Él se había entregado a jugar. No quería que lo mimaran ni le hicieran más caso que a los demás. Eso me alumbró para no hacerles tanto caso a los mayores».

—«Es una ocupación muy linda. Es verdaderamente útil porque es linda», dijo El Principito del oficio del Farolero. ¿Para qué sirve la belleza?

Tin: El arte busca eso, la belleza. Y como ves, en las obras combinamos actuación, música grabada y en vivo, máscaras, juegos… porque al final uno quiere llegar al corazón de las personas, donde se ganan todas las batallas. Y si es de una forma hermosa, mejor. En Abracadabra el corazón mayor que buscamos es el de la opinión pública, que puede mover las rejas.

«Yo estoy dentro del tema de los Cinco de forma visceral. Siento que muchos estamos vivos gracias a ellos. Veamos, por ejemplo, el caso de Fabio di Celmo: Fabio era un turista italiano. Todos los seres humanos hemos sido turistas alguna vez. Estaba —como ha dicho el terrorista Posada Carriles— «en el momento y el lugar equivocados». Todos los seres humanos estamos, todos los días, en el momento y lugar equivocados para quienes matan.

«En aquel lobby que explotó podía haber estado yo, o tú, o las dos hijas de Obama, o Paul McCartney, o nuestros hijos. Cuando uno comprende que le toca realmente, es cuando llega a conmoverse en lo más hondo. Y defender la causa desde la belleza es imprescindible para hermanar, para movilizar».

—«Para los reyes, el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos». «Para los vanidosos, los otros hombres son sus admiradores». ¿Qué son los demás para los niños que, como ustedes, juegan a hacer teatro?

Llanisca: Desde La Colmenita el fin es conectarse siempre con otro ser humano, que está abierto a que lo salves y tal vez ni lo sabe. Creo que la gente asiste al teatro sin tener claro hasta dónde va a implicarse, hasta dónde lo va a sacudir. Y el grupo siempre va más allá.

«Aquí cada niño y cada adulto saben que ese ser que está al frente puede ser encantado. Es mucha fe en el otro. Incluso aquellos que uno vea más serios, más secos, más duros, pueden vivir mucho dentro de sí. Y eso los pequeños y Tin lo saben. Es un gran atrevimiento para romper los límites de la otra persona, siempre en función del bien».

Tin: Muchas veces la misión de un teatrista es convertir al público en súbdito de su arte. Y somos los grandes vanidosos: salimos con esa cosa de adultos a decir: Voy a conquistar, lo logré hoy, no lo logré, me los eché en un bolsillo. Eso es inherente al teatro. Pero con esta obra yo siento que vamos transitando de ese querer brillar a pensar en cosas superiores, en servir, desde cualquier plano… Es como si el actor se despojara de la piel de actor, para ponerse el vestuario de misionero, de acción por la patria.

«Lo descubrimos con el superpúblico de la carpa del Luther King. Cuando aquella gente que lleva 12 años luchando en Comités de Solidaridad, pasando tal vez más penurias que nosotros para emprender su ayuda, ve la obra y se estremece, entonces eso nos deja ese sabor mágico y una cantidad de enseñanzas impresionante. Igual que el encuentro con los familiares. Cuánto aprendimos con ellos. Cada vez más siento que estoy en algo que no es mi profesión, que no es teatro aunque la envoltura sea teatro. Y eso nos permite crecer».

—Siempre «hay amigos por descubrir y muchas cosas por hacer», dijo la zorra, y en ustedes es una constante. ¿Cuándo descubrieron —en lo más hondo— a los cinco amigos a los que les dedican Abracadabra?

Tin: Precisamente con la obra. Obviamente los conocía, admiraba su causa, me unía al sentir del país. Pero conocerlos, saberlos allá en lo profundo, ahora. Es, como me dijo Llani, no solo ver la puerta, sino atravesarla y quedarse dentro. ¿Por qué toda una nación se moviliza con ellos? ¿Qué pasa con estos hombres?

Llanisca: Tuve la suerte de estudiar y trabajar como profesora en la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, donde estudió también Irmita, la hija de René, una muchacha encantadora. Como muchos, me solidarizaba con su caso. Después fui a trabajar al Ministerio de Cultura. Allí, en la Red de Redes en Defensa de la Humanidad, me dan la tarea de atender el tema. Y me puse a leer en serio.

«Me recuerdo llorando sola en la casa al comprender la tremenda injusticia, y ver los alegatos, y los textos de Weinglass, el abogado, tan esclarecedores, y los del profesor Fernández Bulté. Empecé entonces a tratar de hacer varias cosas, pero nada tuvo una salida concreta.

«De hecho, ese fue mi enlace con La Colmenita. Otro compañero y yo vinimos a tratar de coordinar algo que hiciera el grupo por los Cinco. Y de la impresión que me causó aquel primer contacto con el panal fue que nació este lazo».

Tin: Quince días después decidí confiarle a Llani el taller de mis sueños: crecer con Martí, para que los niños se acercaran al Maestro no solo en sus letras, en su historia, en su poesía, sino en su esencia, en la raíz humana que significa abrazar lo bueno para siempre. Entonces Abracadabra, que es una esencia, nace de una tarea. Mira cómo todo se concatena en la vida, cómo hay enlaces maravillosos, hilos mágicos.

—«No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos». ¿Creen que todos —en Cuba y fuera— los estén viendo a ellos con el corazón? ¿Qué faltaría para hacerlo?

Tin: Tenemos un riesgo, y es que esta obra, que nació del corazón, y con él anda, se convierta en algo rutinario. Pero no podemos anteponer el pesimismo. Eso sería otra vez pensar como persona mayor.

Anniet: Lo primero es humanizar, llevar a lo humano lo que a veces se ha distanciado. Y con eso no se pueden seguir recetas, no se puede hacer corte y pega.

Tin: Sí, pero lo que no debíamos era esperar más para poner la obra. Y si por el camino sale un enfoque de corta y pega, pues a transformarlo con sentimiento. Les cuento una anécdota buenísima: una joven que vio la obra en los ensayos llegó a su casa replanteándose cosas de la vida. Y al otro día pidió en su centro de trabajo hacer un matutino. En ese espacio, que para algunos resulta uno de los más rutinizados por la formalidad, ella habló de la puesta. ¿Por qué no podemos rescatar los matutinos? El riesgo está, pero también la oportunidad de ser útiles.

Anniet: Por lo que hemos visto con el público, la obra te remueve, te da ganas de hacer cosas. Ahora debemos canalizar todas estas energías. Y unirnos.

Tin: Las autoridades del país nos han apoyado, nos han dicho: vamos a extender la obra, porque el alcance del teatro siempre es limitado. Yo me siento como niño con juguete nuevo. El combate es hoy, no mañana.

Llanisca: Es que a veces no conectamos a los Cinco con la historia linda de este pueblo, con lo que fue escribiendo Cuba a pura sangre. Con Algo más que soñar, con En silencio ha tenido que ser, con la mística inmensa de los cubanos anónimos. Y eso está ahí. A veces pienso que hay que limpiarse un poco de análisis intelectual y confiar más en los sentidos, abrirse para entender.

—«Nada en el universo sigue siendo igual si en algún lugar, no se sabe dónde, una oveja que no conocemos se ha comido una rosa»… ¿Cómo se imaginan el día después que ellos vengan, con los dibujos de bozales que le pondremos a tantas ovejas?

Anniet: Como cuando uno recibe en casa a un familiar muy cercano que lleva mucho tiempo esperando. Y uno está tan feliz que no tiene nada planificado, o que olvida todos los planes. En esos minutos solo interesa abrazar y amar mucho a esa persona que llegó.

Llanisca: Yo quisiera que estuviesen con su familia sin que nadie les tocara la puerta. El pueblo que los ha acompañado tanto, los cubanos, estaremos felices así.

Tin: Ellos no quieren grandes homenajes. Creo que fue en una carta de René, donde le dice a su hija Ivette algo así como que si un pueblo entero se moviliza por cinco hombres, no es la grandeza de los cinco lo que más importa, sino la grandeza de ese pueblo. De cualquier forma ese día La Colmenita armará una descarga gigante con la música de Van Van.

1Todas las frases entrecomilladas en las preguntas pertenecen al libro El Principito, de Antoine de Saint Exupèry.

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