Bajo el lente del futuro - Cultura

Bajo el lente del futuro

«Hay que pensar mucho más en los jóvenes, en que ellos piensen y actúen, en cómo apoyarlos, en qué medidas tomar para, en medio de las dificultades, seguir apostando por ellos y por sus proyectos», asegura el viceministro Fernando Rojas

Autores:

Yelanys Hernández Fusté
Lourdes M. Benítez Cereijo

¿Cómo tocará la actualización del modelo económico cubano a la cultura nacional? ¿Dónde ver sus potencialidades, sus luces, sus retos? Las interrogantes gravitan también sobre el mundo del arte.

Con un sentimiento de atesorar nuestra identidad, anclado a lo más raigal de la cubanía, y sustentado en una certidumbre que sortea los retos actuales, el sector se enrumba por el sendero que transita el país y se mira bajo el lente del futuro.

Confiado en el papel de las nuevas generaciones de artistas, Fernando Rojas, viceministro de Cultura, dialogó por espacio de una hora con nuestro diario acerca de cuestiones que atañen al arte y la cultura de la Isla.

—Hay quienes creen que para un país con múltiples necesidades básicas insatisfechas, tenemos un sistema de educación artística sobredimensionado. ¿Qué valoración tiene el Ministerio sobre el tema?

—La enseñanza artística —y quiero establecer una distancia entre enseñanza y educación—, entendida como el sistema de escuelas de arte donde se forman los profesionales, ha sido una experiencia válida de Cuba que garantiza el relevo de la vanguardia.

«Este sistema de enseñanza, que supone un proceso de selección en cuanto a exigencia, a nuestro juicio llegó para quedarse. Sin embargo, ese sistema tiene que ser más racional. Debe estar a tono con las necesidades reales del país.

«Otra cosa significa la educación artística, entendida como la que recibe cualquier ciudadano. No por gusto el Proyecto de Lineamientos al VI Congreso del Partido la menciona de manera muy clara. Y es que la Revolución siempre se ha trazado la misión de que cada individuo tenga el derecho de apreciar el arte, de ser formado como parte de un público capacitado para entender lo mejor de la cultura nacional y universal.

«Ese concepto de vincular a cada persona desde edades muy tempranas con la apreciación artística se articula con el criterio de tener un gran movimiento de aficionados, relacionado directamente con las expresiones culturales populares, barriales, locales, regionales y con nuestro patrimonio vivo.

«Si eso nos queda claro, buena parte de la vida cultural de nuestras comunidades se solucionará con esa presencia ciudadana —lo cual es consustancial con la visión que tiene la Revolución de la educación artística para todos».

—En la actualización del modelo económico cubano la cultura no seguirá contando con el mismo presupuesto que el Estado le ha asignado tradicionalmente. ¿En qué medida afectará a la enseñanza artística?

—En cada localidad debemos tener los artistas que se necesiten. Garantizaríamos el relevo de los grupos existentes en cualquiera de las manifestaciones, pues se trata de agrupaciones de alta calidad. Debemos asegurar el relevo de los instructores para preservar el servicio que ellos dan en escuelas y comunidades. No hay que pretender incrementos de ese servicio, sino preservar el existente. La enseñanza a futuros profesionales del arte tendrá que orientarse por esos imperativos.

«Estamos, como el resto de los organismos del Estado, en la obligación de articular adecuadamente la formación del profesional con las necesidades de la economía y de la sociedad. Ese ejercicio ya lo estamos haciendo.

«Habrá menos escuelas de instructores. Se está planteando concluir los cursos en una parte importante de ellas y dejar solo los centros necesarios para lograr ese relevo. También se realizarán ajustes en la matrícula de la enseñanza de las academias para lograr estos objetivos. No veo en eso una afectación al crecimiento de la masa de profesionales de la cultura, sino una optimización de esa formación».

—Los Lineamientos de la Política Económica y Social abren el camino a nuevas formas de gestión para la cultura. ¿Cuáles serían?

—Un crecimiento imprescindible del aporte económico de los bienes y servicios que se producen. Hay potencialidades por aprovechar en el campo de la economía de la cultura y en el incremento de utilidades que pueden obtenerse dentro del país —ya sea en el llamado mercado de frontera para los turistas, en instalaciones que prestan servicios en divisas, como en la obtención de ingresos en moneda nacional.

«Existen actividades que actualmente son subsidiadas porque tienen precios demasiado módicos. Por ejemplo, en la esfera del libro hemos trabajado para que ese producto pague su costo. Quizá estamos en condiciones de pensar en obtener mayores niveles de ganancia en la actividad cultural, manteniendo los precios asequibles.

«Tal vez una parte de los servicios que prestamos no tengan que ser gratuitos o a precios muy módicos. Existen actividades, espectáculos y productos que, dado su nivel o su poder de convocatoria, no necesariamente haya que ofertarlos a bajos precios. Una manera de exigirnos es que valoricemos adecuadamente esos servicios.

«Posibilidades de producir tenemos. Muestra de lo que se puede rendir económicamente son la Feria Internacional de Artesanía y Arte en La Rampa. Las producciones artesanales e industriales que allí se comercializan las debemos diversificar y asegurar que partan de un esquema que pague sus gastos, a la vez que nos permita tener determinadas ganancias.

«A nivel organizativo eso implicará que determinadas unidades que hoy trabajan solo con el presupuesto se transformen en empresas; incluso que, sin dejar de ser presupuestadas, sean entidades que aporten ingresos. Habrá un crecimiento del sector empresarial en la cultura y, por lo tanto, más exigencia.

«Al mismo tiempo, esto debe hacerse con mucho cuidado para no perjudicar los esenciales servicios culturales que permiten garantizar la continuidad de la enseñanza y educación artísticas en la población.

«Es un error suponer que el esfuerzo por hacer algo económicamente rentable está reñido con su calidad. Tendríamos que esforzarnos por lo contrario, por lograr que esa búsqueda de beneficios económicos esté de manera orgánica asociada a una mejoría en la calidad en los servicios y productos.

«Habrá siempre que invertir en preservar la vanguardia intelectual. No puede ser que un criterio economicista injustificado nos conduzca a que los escritores y artistas sientan que su trabajo está insuficientemente protegido.

«Se impone analizar cómo nos relacionaremos con determinadas esferas del trabajo por cuenta propia, que puedan estar asociadas con la actividad cultural. Son cuestiones sobre las que hay que reflexionar, pero siempre partiendo del enorme esfuerzo que va a significar mantener el nivel de la creación y la formación del público, a la par de la eficiencia».

—¿Cómo articular una política que integre los propósitos de la cultura nacional con las iniciativas que se gestan al margen de las instituciones?

—En la vanguardia, así como en su producción, están presentes las instituciones culturales. Tendremos que estudiar cómo se regulará el vínculo del Estado, en el ámbito de las entidades artísticas, con estos nuevos actores. ¿Qué obligaciones tendrían, en términos de preservación del patrimonio cultural y la conservación de la calidad y la oferta, esos vendedores o artesanos que trabajan en una relación con los órganos locales?

«Estas son cuestiones polémicas, a las que nos estamos enfrentando, en muchos casos, por primera vez. Todas las instituciones poco a poco tendrán que ir estableciendo esas pautas de interacción. Ello tiene que ver con un nuevo tipo de cultura jurídica, en la que tenemos que trabajar mucho».

—Este fue un año de importantes presentaciones de artistas extranjeros en la Isla. ¿Tiene una estrategia el Ministerio de Cultura para lograr un incremento al respecto?

—Perseveraremos en que la relación del público nacional con lo mejor del arte foráneo siga creciendo, con independencia de la necesidad de ser más estrictos en los gastos.

«Nunca se nos ocurriría cobrar el acceso del público al Teatro Mella, para ver a Wynston Marsalis o Arturo O´Farrill, a los precios que se pagan en Nueva York. Sin embargo, esto no quiere decir que la entrada al Mella tenga que ser siempre a diez pesos. No se puede aplicar aquí el esquema que se articula en una capital occidental capitalista, en el cual le es imposible al ciudadano común asistir a un espectáculo de ballet. Esa lógica significaría, en nuestro contexto, enajenar de ese tipo de espectáculos a la mayor parte de la población; pero tampoco puede ser prácticamente un regalo.

«Las instituciones culturales que organizan los grandes eventos (del libro, cine, plástica, música, etc.) tienen puestas su mirada en buscar oportunidades para nuestro pueblo, y, por lo tanto, hay que congratularse de eso».

—Los últimos 12 meses han sido también un período inédito por el número de presentaciones de cubanos en Estados Unidos. ¿Cómo explicar ese fenómeno en medio de la política de bloqueo que mantiene el país norteño contra la Isla?

—Se va disipando determinada ilusión que se hizo mucha gente de un cambio real en la política de la presente administración norteamericana hacia la Isla.

«El andamiaje del bloqueo y la agresión está intacto. Ellos parten del llamado Carril II —el primero es el de la agresión—, que es el llamado “contacto pueblo a pueblo”, y que se basa en tratar de influir a través de la cultura en nuestros ciudadanos, para hacerlos más proclives a una actitud contraria a la Revolución.

«De manera selectiva se ha otorgado un mayor número de visas a artistas cubanos para viajar a Estados Unidos, y en menor medida han autorizado que vengan a la Isla los norteamericanos. Quizá a algunos les interesa más tener al creador cubano allí, porque lo considera más manipulable.

«Esa estrategia no la aplican con los académicos, porque consideran que estos tienen más capacidad para influir y debatir que la que pudiera tener el artista.

«Los nuestros han estado por encima de la visión elemental del Carril II, y han logrado manejarse adecuadamente en medio de las presiones, a la par que se han relacionado con un público que muchas veces no es más que un rehén de la política de la mafia cubanoamericana.

«No se puede negar que se ha dado a conocer mejor nuestra cultura. Empero, para un intercambio cultural tendrían que desaparecer todas las limitaciones. Y hay infinidad de estas: el otorgamiento de licencias a los que viajan acá; proyectos que no podemos poner en marcha por demoras de esos documentos; actividades comerciales que no pueden realizarse; visas concedidas a artistas cubanos al día siguiente de iniciarse la actividad en la que iban a participar…

«Sin embargo, seguiremos trabajando para que tenga lugar ese embrión de lo que podría ser, si desaparece la agresión, un verdadero intercambio cultural entre ambos países».

—Se han formado cientos de miles de instructores de arte; sin embargo en los reportes de la Comisión Central de Recreación y en estudios realizados con los jóvenes todavía hay insatisfacciones en el tema de la recreación. ¿Qué falta para satisfacer las expectativas culturales de los cubanos?

—No creo que el instructor vaya a resolver el problema. Él, como muchos otros profesionales, contribuye a la recreación del pueblo, ya que está en las escuelas y comunidades.

«Lograr esa combinación de lo recreativo y lo lúdico con lo educativo, es una oportunidad que otros no tienen. Por supuesto, todavía hay muchas dificultades en la preparación de los brigadistas y existen otras cuestiones por resolver.

«Con las decisiones que el país está tomado para hacer despegar definitivamente nuestra economía, habrá que ver qué paliativos se utilizan: si exigirle más al instructor, potenciar más la cultura popular, el movimiento de artistas aficionados…

«La idea de la recreación que tiene el joven cubano promedio está asociada a un determinado tipo de instalación, un espacio cerrado con determinada comodidad, seguridad, al precio que pueda pagar, con un nivel de consumo gastronómico asequible, donde pueda escuchar música y en el que departa con su pareja y amigos.

«Ese es el tipo de lugar que, desgraciadamente, en una visión estereotipada de la falta de recreación, muchas veces los jóvenes asocian al CUPET o a la cafetería en divisas de la localidad. Uno de los grandes desafíos de nuestra política sería sustituir esa imagen en sus demandas de consumo. Para ello lo primero que hay que hacer es lograr que ese tipo de instalación exista. Creo, modestamente, que la actualización del modelo económico cubano es un camino a la existencia de ese espacio recreativo en el país».

—Mucho se dice de la amplia popularidad de las ferias internacionales del Libro, de Artesanía y Cubadisco; los festivales del Nuevo Cine Latinoamericano, Internacional de Ballet e importantes exposiciones de la plástica. ¿Existe satisfacción con el sedimento cultural que deja en la gente este tipo de eventos?

—Lo estamos. Ahí hay una expresión del impacto que nosotros quisiéramos que tuviera la creación de vanguardia en el público. Pero ese no es el hacer diario. Efectivamente, deja un sedimento, pero si no se cultiva después que el evento termina, se manifiesta un retroceso en el gusto.

—Los jóvenes artistas plantean recurrentemente preocupaciones por la expansión de lo banal, en detrimento de los mejores valores culturales. ¿Podrá encontrarse una fórmula que deshaga esa especie de maleficio?

—Hay una regresión en el gusto y también en la crítica. Dependes de la educación y de los aparatos críticos para formar al espectador que rechaza ese tipo de producto cultural.

«Hay mucha complacencia en la crítica. El talento del crítico consiste precisamente en ser un orientador sin producir un panfleto. Ese retroceso hay que resolverlo con la ayuda de los grandes medios, y no de los especializados. No es allí adonde va la gran masa de espectadores a orientarse. Hemos hecho algún que otro encuentro o seminario, pero apenas estamos en la constatación del problema y tenemos mucho por hacer, los medios y nosotros».

—¿Cómo se pueden defender la cultura y la identidad nacionales frente a un mundo cada vez más informatizado, interconectado, sacudido por el desarrollo tecnológico y también por la piratería?

—Un gran artista puede sentir que la piratería lo daña. No le quito razón. Es un asunto complejo, porque nosotros tenemos que velar por el creador y por la cultura. Y se supone que para custodiar a esta última, no hay que hacerles ningún favor a las transnacionales.

«Ahí estamos frente a un problema, en el cual al individuo que vive de su trabajo puede afectarle la copia pirateada de su obra y a la vez eso forma parte de un sistema que beneficia a las transnacionales.

«Habría que cambiar todo el sistema del derecho de autor y reconocer entonces los derechos colectivos, proteger a las culturas populares y garantizar de verdad que la gente pudiera acceder a la cultura.

«En cuanto a las nuevas tecnologías, que ya no son tan nuevas, la esencia consiste en tener una actitud cultural y ética frente a estas».

—¿Cómo proyectar entonces el trabajo en 2011?

—Va a ser un año muy tenso. De menos asignaciones presupuestarias, sin discusión. Un período en el que tienen que crecer los ingresos. Ese será el camino para preservar la cultura.

«Van a ser 12 meses de transformaciones institucionales importantes: entidades presupuestadas que se convierten en empresas, descentralización de gestión, reducción importante del personal burocrático…

«Tiene que ser el año en que se consoliden nuestra relación con la vanguardia artística, el aporte de esta a la cultura nacional y su relación con el público.

«Deberá ser una etapa en la que hagamos todo lo posible por preservar nuestros principales eventos y que queden con más calidad, por mantener el nivel de la programación cultural alcanzado, así como por hacer mayor énfasis en la comunidad y en los aficionados, en la labor de los instructores y en elevar la calidad de la enseñanza.

«Seguiremos relacionándonos con lo mejor de la cultura universal. Nuestros artistas tendrán —de hecho eso económicamente va a ser útil—, más presencia fuera de nuestro país y tendremos una importante participación de artistas y escritores extranjeros en la Isla.

«Esperamos un crecimiento de nuestra relación con las nuevas tecnologías, y una utilización más creativa de estas en función de la cultura. Hay que pensar mucho más en los jóvenes, en que ellos piensen y actúen, en cómo apoyarlos y en qué medidas tomar para, en medio de las dificultades, seguir apostando por ellos y por sus proyectos».

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