El derecho a sangrar por la herida

La escritora y profesora Mirta Yáñez cuenta a JR el significado y las motivaciones de su recién publicada segunda novela, Sangra por la herida

Autor:

Míriam Rodríguez Betancourt

Mirta Yáñez (si quiere simpatizarle, esfuércese en pronunciar bien su apellido) siempre recuerda que fui yo quien le hizo la primera entrevista, allá en los lejanos 70,  por su primer libro de poemas Las visitas, y publicada en el periódico docente Despegue de la Escuela de Periodismo, leída entonces por sus condiscípulos y amigos de la Colina y de otros círculos, con expectación semejante a la que sigue despertando hoy cualquier escrito —y dicho— de su autoría cuando se cuentan por decenas sus textos, entre novelas, cuentos, ensayos, poesía, testimonios, artículos, conferencias, prólogos...; un currículo apabullante al que parece ignorar cuando se queja de que podía haber escrito más.

Si su libro inicial nos motivó a conversar aquella vez, cómo no hacerlo ahora recién publicada su segunda novela, Sangra por la herida, y tratar de averiguar también si con ella termina un viejo conflicto confesado: la contradicción entre la paciencia necesaria para el género y el ritmo personal suyo tan rápido. Pero por ahí no comenzamos, como era previsible en su caso:

—¿Qué libro tuyo salvarías de un incendio? ¿Por qué?

—Ya lo salvé. De hecho, se me desató un «incendio» mientras terminaba la novela Sangra por la herida, pero me propuse terminarla, y publicarla, a pesar de las candeladas. Porque la siento como una especie de epitafio personal, ¡un epitafio de 220 páginas! Dentro de la novela un personaje inscribe su propia lápida: «Al fin en todas las listas negras».

—A los 63 años cumplidos, con tantos golpes que te ha dado la vida, ¿sigues definiéndote como alguien incómodo, inconforme, rebelde? ¿Volverías a transitar el mismo camino a pesar de los pesares?

—Empiezo por el final: volvería a transitar el mismo camino. Y como estamos hablando de esencias, de posturas éticas, de tener una lengua demasiado larga —como decía mi mamá Nena—, no me cabe la menor duda de que volvería a recibir los mismos golpes, lo cual no es lo mismo que tropezar con la misma piedra. Aunque sí, a veces hay piedras tan testarudas en su malevolencia que no queda más remedio que volver a darles una patada.

«Permanecer fiel a un estilo, ser consecuente con uno mismo, es lo menos que se puede defender a la hora de estar llegando a la edad mítica de una canción de los Beatles: los 64. Y cuidarse, pues, como me gusta decir... de los malos quedamos pocos».

—Uno de tus temas más recurrentes, o de tus más permanentes luchas, ha sido la de reivindicar el papel de la mujer, más concretamente, de la mujer escritora, en el escenario cultural cubano. ¿Consideras que esa batalla ya ha sido ganada?

—La realidad está demostrando que no. Se ha ganado en el sentido de que las escritoras publican, ganan premios, sus nombres no pueden obviarse impunemente, pero las arcaicas posturas se resisten a desaparecer. Se repliegan por un tiempo, pero vuelven por sus fueros. El del machismo corriente, como califico a los ridículos «másculos» que persisten en ello. Te pongo un ejemplo: cuando se confeccionó Estatuas de sal prácticamente no aparecían mujeres como jurados de los géneros considerados «serios». Y uno de los argumentos era que «no había narradoras». Esa antología de 1996 fue una contundente respuesta a tal falacia. Durante algunos años, al menos se velaba por la presencia de alguna escritora. Mas, al menor descuido, la discriminación vuelve a la carga. Solo hay que observar los últimos listados de los jurados de algunos concursos y otras hierbas de las actividades en torno al acto de la creación. Por cierto, hay algunos caballeros que se han convertido en «jurados perpetuos»... ¿cuál será la razón?

—En una entrevista decías que la novela que estabas escribiendo entonces trataba sobre «la confusión de la historia en el destino de mi generación». Asumiendo que se trata de Sangra por la herida, ¿es este libro un ajuste de cuentas o un exorcismo?

—El acto de la creación no debe nacer de un ajuste de cuentas. Y no creo que sea muy favorecedor tampoco como exorcismo. Eso queda más bien para el acto de la lectura. Lo que yo pretendo más bien es la reivindicación del derecho a sangrar por la herida...

«Fíjate que el título es ambivalente: puede tomarse como una descripción en tercera persona sin sujeto visible, pero para mí es una petición imperativa, aunque le he suprimido los signos de admiración: ¡sangra por la herida!».

—Si tuvieras que volver a las aulas universitarias, ¿enseñarías Literatura del mismo modo que lo hiciste durante más de diez años?

—¡Santa Sor Juana Inés, líbrame de volver a enseñar Literatura! Pero, si volviera a dar clases nunca podría hacerlo del mismo modo. En primer lugar porque uno no se baña dos veces en el mismo río de la lectura y de la interpretación; en segundo lugar, se supone que la experiencia de todos estos años me sirva al menos para controlar mi famoso «miedo escénico»; y en tercero porque recordarás que en mis tiempos de profesora nos torturaban con aquellos «planes metodológicos» que insistían en que uno volviera a dar la misma asignatura de manera exacta, año tras año, bajo severos patrones que, te cuento aquí, a lo cortico, yo mandaba al diablo.

—¿Asumiste enseguida las tecnologías digitales para tu oficio de escritora o sigues prefiriendo «la fiesta sobre el papel», como decía Galeano?

—Yo tuve una de las primeras computadoras que llegó a La Habana, ¿no te acuerdas del sonado escándalo en el aeropuerto de Rancho Boyeros porque no me dejaban entrarla? Tú me lo preguntas y te respondo: defendí y defiendo a sangre y fuego el derecho a usar la tecnología digital, en todas sus variantes. Ahora bien, la lectura sigue siendo para mí la gran fiesta sobre el papel. Y ese momento en que la impresora se digna a soltar la hoja con un texto acabado de escribir... ah, ese es el instante para el que vale la pena seguir insistiendo en mantenerse vivo.

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