Cine africano por lo alto

Una espléndida semana de cine del «cercano» continente se podrá apreciar hasta el domingo en el cine Charles Chaplin de la capital y en salas de otras 11 provincias del país

Autor:

Jaisy Izquierdo

De África, ese gran continente que se presenta a la imaginación como un desierto interminable o una selva inaccesible, sabemos poco. Mucho menos de su cine. ¿Es posible que en medio de la pobreza, las secuelas del colonialismo y las telarañas étnicas, haya surgido una cinematografía propia con creadores que levanten la cámara para apostar ante el mundo por sus historias negras, salidas de la magia de su cultura, acompasadas por sus ritmos cadenciosos, o plenas de las problemáticas contemporáneas que les atañen?

Es la Semana de Cine Africano, que transcurrirá hasta el domingo en el cine Chaplin de la capital y en otras 11 provincias de la Isla, una buena oportunidad para descubrirlo. Y disfrutarlo, de la mano además de sus propios protagonistas, cineastas y productores que han venido para presentar personalmente al público cubano sus obras, cintas estas que vienen avaladas por un gran número de significativos premios en festivales de todo el orbe.

Suman 15 las películas que integran la selección, encabezada por la que tuvo a su cargo la inauguración de esta significativa jornada, El hombre que grita, del chadiano Mahamat Saleh Haroun, quien con esta obra ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes 2010, cuando hacía 13 años una obra audiovisual africana no entraba en la competición.

Como diría el poeta martiniqués Aimé Cesaire, «un hombre que grita no es un oso que baila», una esencia que se impregna a través de una pequeña historia familiar para develar con ella la tragedia de Chad y su guerra civil. Haroun, que cuenta entre sus filmes Bye-Bye Africa, Kalala y Daratt, relata el conflicto de Adam, un sexagenario desempleado que podría perder además su más valioso tesoro, su hijo, a quien como a otros jóvenes, los rebeldes amenazan con alistar a la fuerza en sus tropas.

Apostando por el drama como género efectivo para denunciar las realidades, encontramos Bamako, de Abderrahmane Sissako, quien acude a la ficción para cumplir uno de los tantos sueños de los pobres: llevar ante los tribunales al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional, acusados por africanos que testimonian de la explotación y situación de exterminio que están sufriendo por su causa.

Cabe destacar que este filme se grabó en el patio de la casa del director, en Mali, y contó con las actuaciones de muchas personas originarias del pueblo. Esa locación es el centro de la historia, y se convierte en una sala de juicio donde los vecinos prestan declaraciones sobre los problemas de un continente oprimido, las consecuencias de la globalización y la intromisión internacional; a la vez que nos permite atisbar entre sus habituales prácticas culturales en las que se entremezclan casamientos, las separaciones y tareas domésticas.

La cita con el cine del continente negro también propone los colores rosa del romance de una manera muy particular, en filmes como Finyé (El viento), Il va pleuvoir sur Conakry (Lloverá sobre Conakry) y El precio del perdón. De la mano del prestigioso cineasta de Mali, Souleymane Cissé —primer realizador africano premiado en Cannes, en 1987, por su largometraje Yeelen—; encontramos en Finyé la historia de amor de dos adolescentes rebeldes, ambientada en una ciudad actual, donde dos estudiantes descubren la pasión junto al encarcelamiento, el sufrimiento físico y la humillación.

Si Il va pleuvoir sur Conakry (Cheick Fantamady, Guinea) sumerge a sus protagonistas en una lluvia de tradiciones que complicarán la relación amorosa, El precio del perdón no se queda atrás y recurre a la neblina, una tangible y otra mayor de supersticiones, convocadas ambas por el senegalés Mansour Sora Wade, para envolver este relato entre espíritus y celos, donde dos amigos, Yatma y Mbanick, compiten por seducir a Maxoye. Una experiencia que le favoreció con los premios del Amiens Film Festival, del Festival de Fribourg, y el de Milán, entre otros lauros.

La mirada a la mujer en medio de un contexto social tan ajeno al nuestro, y que está permeada en cierto sentido por un destino trágico, es una de las razones para adentrarnos en el mundo de féminas como Ramata (2009) o Kounandi (2004), que se convierten en las protagonistas desde el título.

Protagonizada por la modelo Katoucha Niane, que trágicamente falleció poco después del rodaje de Ramata, la cinta del congolés Léandre-Alain Baker adapta la novela del mismo título del escritor senegalés Abasse Ndione, que ha sido clasificada por la crítica especializada como una especie de Madame Bovary a la africana. Ramata Kaba, mujer hermosa y rica, marcada por la ablación que sufrió cuando era niña, ha de vivir una apasionada relación con un hombre menor que ella, a espaldas del que ha sido su esposo por más de 30 años.

Marcada igualmente por huellas físicas que trastornaron su desarrollo, unido al rechazo de su pueblo, Kounandi (el realizador de la cinta de 2003 es Apolline Traore, de Senegal), vive el amor hasta el límite de dar su vida para salvar al hombre que ama.

Y así, con la fuerza épica nos topamos con un personaje como  Sarraounia, reina del pueblo de los Aznas, buena con el arco y renombrada hechicera, quien decidió seguir luchando contra los colonizadores franceses mientras los demás soberanos ya habían abandonado la lucha. El filme, escrito y dirigido por el nigeriano Med Hondo, le hizo merecedor del primer premio del Festival Panafricain du Cinéma de Ouagadougou (FESPACO), el de mayor importancia del continente.

A otra majestad, la reina del pop africano, se acerca también desde el documental Unsung heroines, donde M. Beatrix Mugishagwe, de Tanzania, realza a la mujer africana a la vez que inspira a la lucha contra la discriminación de género, la corrupción y la pobreza.

A los que gustan de viajar por el tiempo a través de personajes reales, podrán trasladarse hasta los cruentos años del apartheid con Drum, dirigida por el sudafricano Zola Maseko, y que debe su nombre al de una revista negra de la época, la cual pronto se convirtió en una verdadera arma mediática. El argumento se centra en el periodista Henry Nxumalo, quien desde la resistencia cultural denunció las condiciones en que vivían y trabajaban los negros, a pesar del acoso de las autoridades, durante esos años de segregación.

Si Drum es la historia de Sudáfrica, El héroe (Zézé Gamboa, Angola, 2005) es la historia de Angola, de Luanda, y sus habitantes que, tras 40 años de guerra, sufren aún sus consecuencias.

Con un toque de humor Pièces d’identités (Documentos de identificación), del congolés Mweze Ngangura, prefiere hablar sobre identidad e inmigración, y para ello acude a la increíble historia de Mani Kongo, un rey africano que se traslada hasta Bélgica para reencontrarse con su hija, que vive allí desde hace años.

Completan la lista el drama familiar La ausencia (Mama Keita, Senegal-Francia), donde un joven está a punto de perder a su abuela; y Ali Zaoua, príncipe de Casablanca, una cinta cuyos papeles principales recaen en cuatro niños de la calle, que encarnan a Ali, Kwita, Omar y Boubker. No en vano, el director, Nabil Ayouch, trabajó durante dos años acompañando a trabajadores sociales de la ONG Bayti, que atiende a los niños de la calle en Casablanca.  De ahí surgió la idea de filmar esta aventura de cuatro amigos. Ali, uno de ellos, morirá mientras los otros decidirán enterrarlo como un príncipe.

Así, para satisfacer la curiosidad y viajar en un safari fílmico entre temáticas diversas e historias singulares, nos llegan estas citas con el cine africano, convocadas por la Muestra Itinerante de Cine del Caribe, con las que redescubriremos, en el Año de la Afrodescendencia, una raíz sin la cual no fuéramos lo que hoy somos.

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