La Melaza creativa de un joven cineasta

Melaza es el primer largometraje del joven guionista y director de cine Carlos Lechuga, quien la considera una película humanista, alejada del melodrama y la comedia

Autor:

Jaisy Izquierdo

Carlos Lechuga tiene 28 años y ya ha ganado un Coral. Sin embargo, cuando conversábamos en la terraza de su casa me confesó, entre sorbos de café y humareda de tabaco, que su corto Los bañistas fue creado con el fin de un sueño mayor: filmar su primer largometraje de ficción, Melaza.

Entonces me habló de los orígenes de su pasión por el cine y de cómo quedó fascinado con el mundo de las cámaras cuando era un niño y su vecino, Juan Carlos Tabío, lo llamó para que participara en su filme El elefante y la bicicleta. «Desde entonces creo que no me perdí ninguno de sus posteriores rodajes en películas como Lista de espera, Aunque estés lejos, El cuerno de la abundancia..., y fue a él a quién le enseñé también mis primeros guiones».

Lechuga, quien ha obtenido reconocimientos como guionista de las cintas Club Habana (Jorge Herrera) —premio de Guión en el Festival de Cine Pobre 2008— y Edén Perdido (Manuel Estudillo) —premio del Público en el Primer Festival de Películas para la Televisión, de Málaga—, me explica que se siente primero director y después guionista, que topó con la escritura por el persistente deseo de hacer cine, y que al descubrir que el guión es la base de toda película —y que pocos le entregan un buen guión a un chico recién graduado de Dirección en el Instituto Superior de Arte (ISA)—, decidió ir a estudiar esta materia en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), de San Antonio de los Baños.

Cursando su tercer año, y luego de haber enviado el texto de Guanajay a un festival de cine, comenzó a trabajar junto al cineasta Humberto Solás, quien se interesó por una historia urbana de personajes contemporáneos, capaz de llevarse a cabo con un bajo presupuesto económico; un proyecto que aunque se vio tronchado por la muerte de Solás, le dejó a Lechuga provechosas experiencias.

«De Solás recuerdo su entereza, su valor para, a veces solo, salir adelante y buscar una manera de hacer cine. Su humanismo y sus deseos de estar en la calle, con la gente, viviendo... De Tabío no te puedo decir más que es como un padre para mí, decirte otra cosa sería mentirte; de él aprendí acerca de la ética del director de cine y de cómo desenvolverte en este medio difícil».

Fue también allí, en las instalaciones deportivas de la EICTV, donde surgió la idea para la historia central de Los bañistas, «cuando un día un profesor de una escuela primaria llevó a sus alumnos a entrenar, en un momento en que la piscina estaba siendo vaciada. Los niños jugaban dentro, pero el agua se les iba yendo poco a poco, como una felicidad que se acaba».

Los bañistas, cuyo personaje principal fuera interpretado por Osvaldo Doimeadiós y secundado por las actuaciones de Mario Guerra, Liéter Ledesma y unos maravillosos niños que lo siguen a todas partes, fue concebido como una muestra de lo que habría de ser su ópera prima —a petición de los productores de esta—, como una especie de adelanto que promocionara Melaza, y que a la vez le permitiera a su autor probarse en el ruedo de la dirección, ya que aparte de varios guiones reconocidos apenas contaba con un corto realizado en el 2005, Cuca y el pollo.

Rápidamente Los bañistas cumplió su cometido, alzándose con el Hugo de Plata en el concurso de cortometrajes del Festival de Cine de Chicago, una primera mención en el Festival Latinoamericano de Amberes (Bélgica) y además el Coral de La Habana, con el reconocimiento de la Asociación de la Prensa Cinematográfica, que lo destacó como el mejor corto del año.

«Un Coral es con lo que sueña todo director cubano y estoy muy feliz de ya tener el mío. De hecho se lo di a mi madre, para no tenerlo en casa y vanagloriarme al verlo; así me concentro en tener otros logros futuros: más Corales...», y sonríe.

No queda más remedio que hablar de Melaza, ese proyecto que comenzó como la tesis que le daría el diploma al concluir sus estudios, y que este año se pudo filmar completamente gracias a la conjunción de Producciones de la 5ta. Avenida, creada por los también jóvenes cubanos Claudia Calviño, Inti Herrera y Alejandro Brugués; y de las foráneas Jaguar Film y 13 Production, de Panamá y Francia, respectivamente.

—¿Por qué Melaza?

—Melaza es el nombre del pueblo donde ocurre todo. El tiempo y el ritmo de la película son pausados, calmados y a veces espesos. A medida que la trama se desarrolla, los personajes son como dos moscas que vuelan alrededor de una caldera de melaza, y aunque tratan de escapar, se quedan empotrados dando vueltas y volviendo al inicio sin poder escapar.

«El azúcar fue por muchos años símbolo de Cuba, y es en los alrededores de un antiguo central donde se desarrolla la trama. A pesar de llamarse así, los espectadores no van a encontrar una película dulzona ni melodramática».

—¿Cuál es el tono que preferiste utilizar para contar esta historia?

—Es una película humanista, realista hasta cierto punto, alejada del melodrama y la comedia, los dos extremos en el que se ha situado generalmente el cine cubano para acercarse a nuestra realidad. Recurro a un tono más pausado, que te corta antes de reírte o antes de llorar. Lo entiendo más cercano al que utilizan en los documentales del Discovery Channel, para observar el comportamiento de diferentes animalitos en su ambiente natural.

«Estaba muy interesado en locaciones reales en el campo, tenía en mente un ritmo rural, no de ciudad, para lo cual finalmente emplazamos la cámara en lugares como Caimito, Güines y Santa María del Rosario. Me interesaba filmar la naturaleza por las posibilidades plásticas que me podía brindar para la imagen, y quería contar una historia de dos jóvenes de hoy en el campo, una vivencia que a menudo es remplazada por ópticas más citadinas».

—¿A qué referentes acudiste para concretar esta estética?

—Los directores que más me sirvieron de ejemplo para Melaza fueron el francés Bruno Dumont, el turco Nury Bilge Ceylan, la peruana Claudia Llosa, el brasileño Claudio Assis y películas como Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas y Naturaleza muerta.

—¿Cómo diseñaste desde el guión a los protagonistas?

—Aldo es un profesor integral que da clases de natación en una piscina vacía; y Mónica, su mujer, es la única trabajadora y administradora de un central que está en espera para recomenzar.

«Me interesaba que Mónica, interpretada por Yuliet Cruz, fuera una mujer mayor que su pareja, una mujer fuerte, pragmática, como una leona que consiguiera más los alimentos que su pareja. Aldo, más joven, defendido por Armando Miguel Gómez —el Adonis de la telenovela ¡Aquí estamos!— es, en cambio, más inocente, más en las nubes y sin fuerzas para enfrentarse a las dificultades de la vida cotidiana.

—¿Qué te pareció el rodaje de esta, tu primera película?

—La dirección te permite trabajar con un grupo mayor de personas que aportan su talento a una obra en común, a diferencia del trabajo como guionista, que es más el de un llanero solitario. La dirección es un goce mayor, y si fuera posible yo estaría filmando los 365 días del año, como Woody Allen.

Y para que no queden dudas, me dice que después que con Melaza se saque de la garganta «esa especie de deuda que todos los de mi generación tenemos con el cine social cubano, espero filmar películas más “entretenidas” o de acción, como esas de “patadas y piñazos”, que también me gustan. Deseo, igual, que mi próximo filme sea un suspense, un thriller o una película de horror, para probarme en géneros más populares y clásicos. Solo quiero hacer cine».

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