Cine cubano seguirá probando fuerzas

El 1ro. de diciembre se inaugura el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, con la concurrencia de 562 obras procedentes de 46 países

 

Autor:

Joel del Río

Difícil de manejar el hecho de que estamos en las postrimerías de 2011, y por tanto se impone, en la prensa cultural, la referencia a nuestro mayor evento audiovisual. El 1ro. de diciembre, como debe saber todo cinéfilo cubano medianamente informado, se inaugura la edición 33 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana,con la proyección de la comedia argentina Un cuento chino, protagonizada por Ricardo Darín (El secreto de sus ojos, El hijo de la novia). Y aunque tengo mis reservas sobre la tendencia al «datismo» intrascendente, y a la «cifrología» triunfalista, hace falta festejar la concurrencia de 562 obras procedentes de 46 países, de las cuales se eligieron 120 en concurso en las seis categorías que confieren premios Coral.

Los países con mayor representación en cuanto al conjunto de largos de ficción, cortos, mediometrajes, documentales y animados son Argentina (232), Brasil (250) y Cuba (145). Porque año tras año, desde 1979 hasta ahora, el Festival representa un filtro natural para la cinematografía de la Isla. El evento suele seleccionar lo mejor de la producción nacional para la confrontación con sus homólogos latinoamericanos, y de esta manera los premios Corales, en sus diversas etapas, han contrapunteado con la evolución de la cinematografía nacional a través del reconocimiento a filmes tan indiscutibles como Maluala, Un hombre de éxito, Fresa y chocolate o Suite Habana.

Este año, compiten, en largometrajes de ficción, esa visión dura, áspera sobre la familia cubana que domina el cuarto largometraje de Juan Carlos Cremata, Chamaco; la sátira de zombis y de ciertos aspectos de la realidad nacional que presenta Juan de los Muertos, segundo largo de Alejandro Brugués; el opus romántico-minimalista de Enrique Álvarez, Marina, y también Fábula, segunda incursión en la reflexión de ribetes sociales, con vasos comunicantes al melodrama que dirige Lester Hamlet (Casa vieja).

En el segmento de ópera prima solo clasificó la popular y eficaz Habanastation, de Ian Padrón, que muy bien pudo estar acompañada por Vinci, de Eduardo del Llano, audaz empeño por escenificar una fábula histórica colmada de resonancias contemporáneas, como también se extraña la presencia de La piscina, largometraje de sesgo experimental, debut de Carlos M. Quintela, y que mucho hubiera contribuido a dinamizar y extender ese panorama de lo más renovador y valioso del cine cubano que suele ofrecer el Festival.

En un momento cuando nadie puede decir que estemos en pleno apogeo productivo, ni que nos sobren los filmes arriesgados, y de interés estético, tal vez debiera predominar una visión más inclusiva que se aparte de la endogamia. Conste que no estoy abogando por el favoritismo chovinista ni tampoco por la democratización expedita en cuanto a la admisión de los productos culturales hechos en Cuba, pero este año aparecen varios títulos que muy bien pudieron formar parte de las nóminas del concurso, sin desdorar en un ápice su calidad ni su comprensible selectividad.

En cuanto a la competencia documental aparecen solo dos obras, cuando el enorme panorama que significa la sección Hecho en Cuba presenta un puñado de títulos que muy dignamente contenderían con los seleccionados, si hubieran sido elegidos. De todas maneras, hay que ver el dueto que nos representa: Ausencia, de Armando Capó, y Estonia, realizada por el brasileño Lucas Bonolo, con producción de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. A esta institución, que celebra, dentro y fuera de los marcos festivaleros, sus 25 años de aportes al audiovisual iberoamericano, se dedica una retrospectiva especial de homenaje, con películas realizadas por estudiantes y egresados. Porque de esas aulas salieron el cubano Juan Carlos Cremata (el director de Viva Cuba, que se exhibe en esta muestra especial de homenaje); el español Jaime Rosales (La soledad); el guatemalteco Rafael Rosal, actual director de la Escuela y autor del documental Las Cruces... Poblado próximo, y la venezolana Mariana Rondón (Postales de Leningrado) por solo mencionar unos cuantos títulos y autores. Además, en el concurso de largometrajes, la competencia principal del evento, aparecen otros de sus egresados, como los cubanos ya mencionados Juan Carlos Cremata y Alejandro Brugués, además de la ecuatoriana Tania Hermida (En el nombre de la hija) y la peruana Marité Ugás (El chico que miente), entre otros.

En el concurso de guiones inéditos, que confiere uno de los premios principales, en tanto significa el financiamiento parcial de la futura película, figuran los nuevos proyectos de Daniel Díaz Torres (que coescribe con Alejandro Hernández El buen demonio); Arturo Arango y Xenia Rivery (quienes crearon juntos Al borde del río) y Patricia Ramos (Enriqueta, o los últimos días de un hombre). Además, presentan credenciales en el guión de largometraje Abel Arcos con Los fanáticos y Zuzel Monné con La pared de las palabras. Así se llaman las películas cubanas que serán mañana motivo de comentarios, objeto de entusiasmo o detracción, pero lo mejor que pudiéramos desearles sería el arribo a la pantalla.

Cuando me refería en el titular al cine cubano que compite en el Festival me pareció significar que se trata de la llamada tercera generación, aquella integrada por quienes debutaron en el largo de ficción durante los años 90 y primera década del siglo XXI (Arturo Sotto, Juan Carlos Cremata, Enrique Álvarez o Ian Padrón, entre otros). Esta tercera ola de debutantes llegó a nuestros medios luego de que se consagrara la segunda generación, también llamada intermedia (Pastor Vega, Octavio Cortázar, Fernando Pérez, Juan Carlos Tabío, Orlando Rojas) que continuó de alguna manera el legado de los fundadores. Precisamente la primera generación del cine cubano la integraron Tomás Gutiérrez Alea, Julio García Espinosa, Humberto Solás, Manuel Octavio Gómez y Enrique Pineda Barnet, los fundadores, quienes colocaron las piedras angulares del cine cubano clásico. A ellos se dedican otros resquicios del evento.

Aparte de la competencia, el Festival le rinde homenaje al cineasta cubano Humberto Solás, a propósito de que al interior del evento se ubica la fecha que hubiera sido el 70 cumpleaños del cineasta creador de Lucía, Un día de noviembre, Cecilia y Un hombre de éxito. Por este motivo se exhibe la versión íntegra de la subestimada El siglo de las luces, un filme excepcional concebido cual serie televisiva que integran tres capítulos: Los fuegos de la Revolución, La sangre de los pueblos y Explosión en la catedral. Entre los homenajes-retrospectiva también se cuenta el segmento consagrado a siete de los mejores largometrajes de ficción inspirados en relatos o guiones de Gabriel García Márquez, una antología que incluye filmes cubanos —como la incursión irónico-romántica de Tomás Gutiérrez Alea titulada Cartas del parque— o con notable participación del ICAIC como La viuda de Montiel, Tiempo de morir y Edipo Alcalde.

En términos de opinión personal, creo en la absoluta oportunidad y pertinencia del homenaje a Gabriel García Márquez puesto que llega justo cuando acabo de concluir un libro dedicado a sus aportes al cine. Muchos críticos fuimos incapaces de justipreciar, en su momento, las películas inspiradas en relatos del escritor colombiano, y nos dejamos llevar por el habitual prejuicio de comparar los grandes o pequeños logros de las películas con la estatura descomunal de los originales literarios. Mucho de interés artístico y legitimidad cultural destaca en algunas de estas adaptaciones literarias, y sin embargo, ante ellas predominaba el socorrido estigma de que «el libro es mejor» y soslayamos ciertos méritos de cineastas eminentes, enfrentados al reto gigantesco de re-crear narraciones avaladas por su universal trascendencia.

Habrá que volver a escribir para los lectores de JR. Que el año se acaba y el Festival empieza. Será preciso, tal vez, ofrecer coordenadas, incentivar expectativas, hablar de que el argentino Carlos Sorín intenta los caminos de Hitchcock en El gato desaparece, y el brasileño Karim Ainouz lleva al cine el texto de una canción de Buarque en El abismo plateado..., además de 14 muestras colaterales con estrenos de España, Italia, Francia, Noruega, Alemania, Polonia... Y un Panorama Internacional donde se confunden los nombres de Zhang Yimou y Lars Von Trier. Apenas puede uno controlar la impaciencia. Y que se acabe el año, si de todos modos debe acabarse.

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