La situación está bajo control

José Luis Serrano Serrano no simpatiza con los oráculos que dictaminan la precariedad de la poesía cubana actual. Para él, no hay de qué alarmarse

Autor:

Héctor Carballo Hechavarría

HOLGUÍN.— Ejerce una «extravagante» ocupación que, para tratarse de un poeta, algunos la consideran más emparentada con la muerte que con la existencia misma: funcionario para la investigación de accidentes laborales mortales, en uno de los departamentos de la Oficina Nacional de Inspección del Trabajo (ONIT) radicada en la Ciudad de los Parques.

Sin embargo, para el propio José Luis Serrano Serrano (Estancia Lejos, San Felipe de Uñas, Holguín, 1971), uno de los más prolíficos y laureados decimistas holguineros en los últimos tiempos, para hacer poesía es imprescindible poseer antes un «oficio real», del cual nutrirse de la realidad, pues esta «solo en apariencia, transcurre desligada de la creación literaria».

Serrano es uno de esos «raros» seres con quienes, al conversar sobre las cuestiones más terrenales, tal pareciera que lo estuviésemos leyendo. Todos los últimos miércoles de cada mes pudimos encontrarle puntualmente a las seis de la tarde en la sede holguinera de la UNEAC, a donde convoca su peña literaria Palma Sola.

—¿Cuánto le aporta tu oficio a tu creación artística?

—Mi trabajo no se encuentra para nada reñido con la literatura. Todo lo contrario. Mi relación profesional con la muerte me ha proporcionado un cúmulo de certidumbres en torno a la fragilidad del ser humano. Sabes que antes de dar un paso debes «identificar y evaluar» determinados riesgos. Aprendes que hay que asumir algunos peligros, siempre que así lo justifique un adecuado «análisis de costos y beneficios». Elementos a tener muy en cuenta en materia de creación artística.

Mi tarea es elucidar las fallas. No busco a un culpable. Eso le toca a «otro departamento». Me interesan las causas. Por eso estoy obligado a ser terriblemente aristotélico. Las causalidades, las fenomenologías, son mi comida. Cotidianamente tengo que enfrentarme a situaciones muy objetivas. Esto, paradójicamente, me coloca en una posición privilegiada a la hora de captar lo poético.

—¿Será tu poesía, además, algún tipo de «ingeniería literaria», porque quien la crea, además, es un ingeniero electroenergético?

—Ciertamente he dedicado 20 años, la mitad de mi vida, a experimentar dentro de las leyes de la «mecánica clásica». El soneto y la décima han sido mis corceles de batalla durante dos décadas. Muy pocos enigmas me faltan por develar al respecto. Octosílabos y endecasílabos son parte de mi sistema linfático. Es un hecho que en sonetos y décimas se ha escrito y escribe buena parte de nuestra mejor poesía. Basta con echar una ojeada a los libros premiados en el tristemente extinto Premio Iberoamericano Cucalambé. Personalmente, me he propuesto borrar las fronteras entre verso libre y escritura silábica. Dicho sea de paso, muchos de quienes creen escribir en verso libre en realidad practican una métrica defectuosa. Nada que ver con el verso libre. A Carlos Augusto Alfonso le va muy bien con sus endecasílabos y alejandrinos, pero hay quienes, huyendo de los metros y las rimas, caen de cabeza en el sonsonete polimétrico o la cantinela afásica.

—¿Cuánto hay ahora mismo de la AHS en ti, o viceversa?

—Desde diciembre de 2006 pertenezco a la dirección nacional de la AHS (Asociación Hermanos Saíz), una circunstancia que me ha permitido conocer muy de cerca cómo se gestan y desarrollan las políticas culturales en nuestro país. He participado de dicho proceso, lo cual te hace percibir los fenómenos culturales desde una perspectiva diferente, mucho más abarcadora, enriquecida por el conocimiento cabal de nuestras posibilidades y limitaciones. Concuerdo en que, como organización, nos corresponde salvaguardar las conquistas espirituales de la nación. Es en este terreno donde debemos concentrar nuestros mayores esfuerzos.

—¿Qué nuevos retos te impone ser el presidente de la filial holguinera de la Fundación Nicolás Guillén, desde agosto de 2010?

—Acepté por dos motivos. Uno: Nicolás es un poeta digno de reverencia. Dos: Su obra, por variadas razones, ha dejado de inquietar a los jóvenes artistas cubanos. Nuestro principal desafío está en «redireccionar» el modo en que se percibe a Guillén. Tenemos que establecer nuevos «hipervínculos» con su obra. Es cierto que algunas zonas de su creación se encuentran seriamente dañadas por el devenir. Hay, esto debemos admitirlo, un Guillén efímero y un Guillén esencial, pero no podemos permitir que aproximaciones turísticas, folclorizantes, nos ofrezcan «visitas dirigidas y de sano esparcimiento por la guilleneana comarca». Es nuestra responsabilidad impedir que el desgano y la mediocridad medien el acceso de los jóvenes al fecundo territorio que constituye la obra de Nicolás Guillén dentro de la literatura cubana y universal.

—¿Cómo valoras la salud de la actual creación poética en Cuba?

—No simpatizo con los oráculos que dictaminan la precariedad de la poesía cubana actual. Como en cualquier otra época y lugar, producimos buena y mala literatura. El hecho de que esta última haya alcanzado cierta preponderancia no debe alarmarnos. Hemos atravesado un período de relativa bonanza editorial y esto tiene sus «daños colaterales». Estéticas endebles parecen doblegar a otras mucho más arriesgadas y trascendentes. Libros olvidables triunfan. Autores menores son llamados a representarnos en eventos mayores. Pero, repito, no hay de qué alarmarse. La situación se encuentra bajo control. El tiempo, el implacable, dirá la última palabra.

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