Tributo a Romy Schneider

Para homenajear a la gran actriz por el aniversario 30 de su muerte, la Cinemateca de Cuba ha programado un ciclo que incluye un total de 44 películas

Autor:

Luciano Castillo

«Odio esa imagen de Sissi. Qué es lo que doy a la gente, aparte de siempre Sissi. ¿Sissi? Hace mucho que no soy Sissi, no lo fui nunca. Soy una mujer desgraciada de 42 años, y me llamo Romy Schneider». Así respondió esta actriz austriaca el 23 de abril de 1981, en una de sus últimas entrevistas, concedida a la revista Stern, a la pregunta de por qué se irritaba tanto cuando una persona se le acercaba para preguntarle entusiasmada si era Sissi.

Desde siempre trataron de encasillarla en el personaje que le otorgó popularidad internacional, sin embargo, ella reiteraba su pretensión de tranquilidad, y de odiar a la fama y la publicidad. Todo lo que sabía lo había aprendido en el cine. Siempre se quejó de no poder hallar la salida a su contradicción interna de vivir en cualquier pueblucho con Alain Delon, el amor de su vida que prácticamente la raptó de Viena y la llevó a París, pero a la vez quería hacer cine, porque amaba su profesión. Eso la condujo incluso a aparecer como extra en una fugaz secuencia de A pleno sol, protagonizada por Delon, a las órdenes de René Clément, solo por permanecer cerca de él durante el rodaje en Italia.

Romy Schneider (1938-1982) sorprendió a todos primero por la frescura juvenil con que irrumpió en la pantalla, sin otra experiencia dramática que la que circulaba por sus genes, luego por la espléndida belleza de la madurez directamente proporcional a un talento in crescendo, una auténtica rareza en la historia del cine. No por gusto trabajó a las órdenes de Orson Welles, Otto Preminger, Claude Chabrol o el muy exigente y preciosista Luchino Visconti, quien la adoraba y la dirigió en el teatro, en un episodio de Boccaccio 70 (1962) y hasta logró convencerla de volver a encarnar en Ludwig (1972) a Elizabeth de Austria pero cercana a la realidad —el mismo personaje que inspiró a la Sissi tan edulcorada que consagró a la joven Romy, pero que terminó por repugnarle—. Romina —como le llamaba— «era alguien muy interesante, pero difícil de manejar. Un par de bofetadas de vez en cuando le sentarían bien», comentó una vez el cineasta que la conceptuó como «una de las actrices más geniales de Europa».

De su filmografía consideró como el mejor de sus personajes el de Retrato de grupo con dama (1977), dirigida en Alemania por el yugoslavo Aleksandar Petrovic, aunque confesó alguna vez que en general prefería todos los papeles odiosos, como el de El trío infernal (1974), de Francis Girod, porque no tenía nada que ver con ese personaje.

Estos dos títulos figuran entre los diez que en calidad de estreno absoluto en Cuba, y programados por la Cinemateca de Cuba a lo largo del mes de julio en el cine Charles Chaplin, incluye la retrospectiva de homenaje a esta actriz por el trigésimo aniversario de su desaparición física.

Inaugurada el domingo 1ro. con César y Rosalie (1971), de Claude Sautet —cuenta además con una exposición en torno a la fotogenia de la Schneider—, el ciclo ha sido organizado en colaboración con la Embajada de Austria en La Habana y la Mediateca André Bazin de la Escuela Internacional de Cine y Televisión. Abarca un total de 44 de las 57 películas en que ella actuó, nueve de estas subtituladas expresamente al español en nuestro país.

El prestigioso fotógrafo argentino Ricardo Aronovich expresó sobre la experiencia de filmarla en Lo importante es amar (1974), del polaco Andrzej Zulawski, que le proporcionó a ella su primer premio César a la mejor actriz: «Pocas veces me ha tocado fotografiar una star, una estrella de cine de esa magnitud, que acepte que el operador la fotografíe y la ilumine como para que aparezca en la pantalla con una luz que interprete su estado de ánimo en vez de aparecer como un primer plano de Marlene Dietrich. Charlé mucho con Romy y he podido un poco, ahondar en su drama personal, en su vida, como para interpretarla y tratar de poner o reflejar no solo su estado interior sino también el que pedía su personaje y las situaciones en los dos filmes que rodé con ella. Creo que Romy era una persona a la vez muy frágil pero muy fuerte en otros sentidos y, sobre todo, muy infeliz. Fuerte en el sentido de alguien que soporta lo que le cae encima. Un personaje sumamente enternecedor. Gracias a eso, pude fotografiarla de una forma no convencional; o sea, acentuando lo trágico de las circunstancias en el filme, claro, y de su interpretación. Romy quería trabajar a cara pelada nomás, pero no se respetó del todo, simplemente pedí a la maquilladora que apenas corrigiera algunos problemas de piel».

En 1979, al concluir su trabajo para el cineasta griego Costa-Gavras en la película Clair de femme, Romy le envió este telegrama: «Costa, espero que hagamos otra película juntos en la que no me sienta traicionada. (...) Después de once semanas de trabajo en común he rodado con toda la fuerza y las tripas que te puedo ofrecer». Según el realizador: ella «tenía esa costumbre de enviar notas muy a menudo, ya fuera por escrito o mediante telegramas, con ideas o pidiendo consejos. Era un personaje muy frágil. Se convirtió en una gran actriz francesa, mucho más que austriaca o alemana, pero al mismo tiempo se encerró en ella misma e intentaba establecer relaciones de afecto».

Romy Schneider siempre llevaba consigo una nota escrita por el teatrista y cineasta Max Reinhardt dirigida a los actores, que decía: «Guarda tu infancia en el bolsillo y corre, porque eso es todo lo que tienes». A su lado ella había colocado tres signos de interrogación y al preguntarle un periodista la causa, respondió: «Porque no es tan sencillo salir corriendo, porque hasta ahora nunca lo he logrado».

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