Matamoroson por dentro

Este Festival debe congeniar aun más en sus propuestas el gusto popular con la vigencia del repertorio de Miguel Matamoros y los puntos de vista de los cultores contemporáneos

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Santiago de Cuba seduce por su manera única de hacer el son. Estudiosos y músicos coinciden en que es en la urbe oriental, como sentenciara Miguel Matamoros en una de sus canciones, donde se «cocina» el género en su matiz más auténtico, sin que esta afirmación niegue los aportes, cadencias y formas de interpretar de otras zonas geográficas del país, también sustanciales para la evolución de un estilo que identifica a la Mayor de las Antillas en el mundo.

Uno de los espacios que por muchos años se ha dedicado a justipreciar los valores del son montuno y ha propiciado encuentros entre sus cultores, ha sido precisamente el Festival Matamoroson. Quienes pensaron en crear un evento con tales características no dudaron en seleccionar a la ciudad cuna de grandes soneros, como el propio Matamoros y la legendaria agrupación Chepín Chovén.

He asistido a las tres últimas ediciones del evento y tengo que reconocer que la más reciente tuvo más lunares que luces en su proyección. El Festival no «arrancó» bien, y ello se palpó desde la gala inaugural en el teatro Heredia. Ciertamente, la velada sí mostró el talento de los artistas participantes: el dominicano José Alberto Justiniano —más conocido en los escenarios como el Canario—, Adalberto Álvarez y su Son, el Septeto Santiaguero y el grupo villaclareño Ellas Son, entre otros.

Sin embargo, un diseño escenográfico poco funcional «alejó» a los artistas del público asistente. Tres sets fueron ubicados en la escena y solo el del centro permitía una visibilidad mucho mejor para el auditorio, algo que debió corregirse antes de la misma gala.

Los mayores percances que observamos en el evento y que de limarlos a tiempo hubieran podido contribuir a su mejor organización, fueron los cambios intempestivos en el cronograma. Lo anterior hizo «aguas» los soportes para promocionar a los músicos participantes en el Festival, porque nos encontramos con programas desactualizados o cuyas actualizaciones no llegaron a promocionarse, por ser de «última hora», lo cual pudo influir en la inexistencia de un público multitudinario, como pasó con el concierto de Pupy y los que son son, el miércoles pasado, en el anfiteatro Mariana Grajales.

Se echó de menos la programación de un mayor número de conciertos gratuitos en plazas públicas. Si bien la actualización del modelo económico cubano implica un reordenamiento también en el sector cultural, el Matamoroson enarbola un género de genuina esencia popular. De ahí que solo se disfrutaron de ese modo la colorida actuación de los Van Van, el domingo, en la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, como parte de su gira nacional y para cerrar con broche de oro el certamen, así como las presentaciones en la Plaza de Marte el fin de semana.

Sentimos la ausencia en el evento teórico de una conexión mucho mayor con estudiantes de la manifestación, aprovechando así la presencia en la ciudad de destacados soneros. La preparación de conferencias prácticas con estos cultores, quienes sin duda enriquecerían con sus vivencias estas clases, pudiera resultar sustancial en la formación de los futuros profesionales de la región.

Pese a los grises de esta última entrega del Festival, Santiago de Cuba es la cuna del son, el sitio que hace tan solo dos años, durante la pasada edición del Matamoroson, fuera el escogido para declarar el género Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación Cubana.

Con el ánimo de asistir nuevamente, pienso que este espacio santiaguero debe congeniar aun más en sus propuestas el gusto popular con la vigencia del repertorio de Miguel Matamoros —desde cuyo nombre el Festival proyecta su línea estética— y los puntos de vista de los cultores contemporáneos. También es vital incluir en sus segmentos teóricos la amplia gama de miradas de los estudios actuales sobre el estilo.

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