Arte en el Bazar

Quienes deseen un «refrigerio» para la vista en medio de la algarabía de La Cabaña, no dejen de visitar el pabellón de los maestros artesanos de la India, que se encuentra al lado de la sala Rabindranath Tagore, justo al frente de la plaza donde resuena cada noche el Cañonazo

Autor:

Jaisy Izquierdo

Quienes deseen un «refrigerio» para la vista en medio de la algarabía de La Cabaña, no dejen de visitar el pabellón de los maestros artesanos de la India, que se encuentra al lado de la sala Rabindranath Tagore, justo al frente de la plaza donde resuena cada noche el Cañonazo.

Entrar allí sitúa en contacto directo con las riquezas milenarias que de generación en generación han llegado a nuestro tiempo en ese arte de trabajar la orfebrería, la cerámica y los productos textiles, con un sello tan particular que, de manera certera, se podría reconocer sin muchos titubeos.

El colorido que no teme a la mezcla de vivas tonalidades, la pedrería, la cuidada ornamentación amante de los temas florales o engalanada con tintes de su profusa mitología ancestral; todo ello conviviendo en la superficie de un jarrón, un incensario, en los tapetes y tapices que cuelgan de la pared, o en las mamparas que desde un rincón nos aseguran que por lienzo es posible tomar hasta la madera de la cual están hechas.

Foto: Roberto Ruiz.

Y sus creadores, los maestros artesanos, también están allí. Laboriosos, se sientan sobre sus piernas cruzadas, y uno los puede ver bordando en el paño de blanco algodón, la estampida de hojas que besan el cáliz de una flor de loto; o rodeado otro de pequeños joyeros que él asegura fabricó con papier maché. No obstante, mis ojos incrédulos continúan la porfía de dilucidar si aquellas cajitas doradas, joyas en sí mismas, están realizadas con algún listón esmaltado, o son de reluciente metal.

Un tintinear incesante llama, desde el final de la sala, a ser testigo de los secretos de la orfebrería. Un hosco banquito le sirve de mesa al artífice para apoyar la vasija que, buril en mano, lacera. En tanto sus pies descalzos, cual firmes manos, agarran el pequeño banco, la humilde «mesita de trabajo» que ayuda a brotar las más hermosas y elaboradas decoraciones. Atrapa mi interés un plato de piezas móviles que conforman un calendario lunar, mientras a su lado descansan meticulosamente ordenadas las herramientas que hicieron posible su surcada textura, que alinea las constelaciones y las mareas.

No obstante, para que la palabra bazar, derivada de un vocablo persa que significa «el lugar de los precios», cobre su verdadero sentido de centro de comercio, los visitantes deberán dejar atrás las murallas de La Cabaña y encaminarse hacia el Morro, donde podrán adquirir prendas de vestir, calzado, bolsos, productos cosméticos, adornos y bisutería. En aquel lugar, próximo al faro que mira hacia tierras lejanas, la cercanía de la cultura del valle del Indo también viene a inundar con su arte estas jornadas dedicadas a la lectura.

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