Imperio de trivialidad, sordidez y afectación

La Televisión Cubana debería elevar más sus estándares de calidad al comenzar a transmitir un audiovisual de la industria cultural, mucho más en las telenovelas

Autor:

Joel del Río

Como si no hubiera sido suficiente con los evidentes matices reaccionarios, simplones y populistas de Dos caras, he aquí que la Televisión Cubana «castiga» a quienes esperamos productos más edificantes en el género telenovela, con otra zafiedad misántropa, disfrazada de glamour y entretenimiento fácil, y escrita por el mismo autor: Aguinaldo Silva. A la televisora O Globo le alcanza la plata para pagar una manufactura atractiva, muy profesional, y a los mejores actores y actrices de Brasil, y mediante telenovelas como Imperio continuar alimentando en el espectador la idea de que es inamovible el sistema de castas y privilegios, por más que pueda ocurrir, a veces, que algún indigente descubra una mina de diamantes y se haga rico, y tal ascenso solo sirva para que se vuelva cada vez peor persona.

Y tal es la historia que cuenta esta telenovela: José Alfredo (Alexandre Nero) descubre un yacimiento de diamantes, pasan los años, se transforma en un tipo duro, grosero y astuto, y logra fundar una famosa red de joyerías, además de una familia disfuncional con María Marta (Lilia Cabral), aristócrata sin un centavo pero con la infaltable pose de superioridad. Y desde aquí se descubre uno de los mayores problemas de Imperio: apenas ofrece reposo moral para el espectador.

El protagonista es en el fondo, muy en el fondo, un hombre bueno, pero su esposa es una arpía; su hijo mayor, un tipo sin carácter que solo piensa en sustituirlo en su puesto de mandamás; y el menor ha decidido lastimar a la familia cortejando a la joven amante del padre. La muchacha neutra, tonta, sin carácter, tiene unos progenitores que no pasan de ser bestezuelas inmundas que el guion quiere hacer pasar por cómicos. Igualmente debiera provocarnos risa la tía sanguijuela de la pobre bastarda protagonista, cuyo exnovio ha devenido, de pronto, sicópata y asesino potencial.

Y así, de secuencia en secuencia, de grupo en grupo, si el guionista nos diera chance a pensar con tanto enredo de sainete, pudiéramos darnos cuenta de que la mayor parte de los personajes carece de sentido, coherencia y profundidad, mientras que sobran los villanos y antagonistas clichés, de cartón, de mentiritas. De ese modo, el guion y el editor nos llevan desde un desborde de miseria al próximo derroche de monstruosidad, porque total, al final, con tres o cuatro empujones totalmente injustificados, la mayoría de los malos será escarmentada, si antes no se ha redimido.

Entre las «perlas» de la corona (que a mí me aburren en lugar de entretenerme), están, además de los mencionados en el párrafo anterior, un ganapán de Internet, peón del morbo, que repta por la web envenenando la opinión pública con chismes que a nadie debieran importarle; un marido que desaloja a su esposa y a su hijo pequeño, además de explotar sin misericordia a un pintor demente con la ayuda de una abogada tan mala que parece de mentira; un mentiroso y adúltero consuetudinario que va por la vida casándose y dejando a las esposas tiradas, sin previo aviso. Y este Don Juan sin gracia también se supone que resulte chistoso con sus alusiones a la Viagra y la convivencia de las dos exesposas.

Pongamos por caso que Aguinaldo Silva ha decidido, como Moliere, fustigar la ambición, la mentira y la pretenciosidad, y que intenta, como el célebre dramaturgo galo, «corregir las costumbres riendo», pero Imperio apenas provoca alguna sonrisa con sus tristes y ordinarias caricaturas. Tal vez la única que funciona, en términos de humor, es la de Xana (Ailton Graca), el dueño del salón de belleza del barrio: un hombrón imponente que se pinta las cejas, imita a Donna Summer, puede noquear a cualquier impertinente, y se muestra generoso y espontáneo.

Solo que el personaje de Xana es pura caricatura, máscara, disfraz despampanante, y el guionista suele masculinizarlo cuando le conviene, y deja atrás su homosexualidad como si se tratara de un ligero estado gripal. Porque los otros homosexuales de la telenovela ya evidencian bastantes características negativas como para cargar a Xana con dobleces y oscuridades. Claudio es el hipócrita con su doble vida que intenta mantener, al mismo tiempo, esposa fiel y amante varón, hasta que se atraviesa Teo Pereira, un verdadero dechado de vicios, a punto tal que hasta su amaneramiento parece falso, patético.

Y las discordancias en el diseño de los personajes unidimensionales y monocordes, o las exageraciones intragables del libreto, están acompañadas por ciertas ridículas intervenciones de un misticismo ¿totémico? En este caso hay una piedra preciosa providencial y vitalista que intenta disfrazar de cuento de hadas los poderes del protagonista, y el musicalizador decidió subrayar el tema de la gema con atribuciones espirituales mediante Lucy in the Sky with Diamonds.

Y no es que me moleste, a nadie o casi nadie le puede molestar una hermosa canción de los Beatles, pero ocurre que las bandas sonoras de las telenovelas brasileñas de éxito (e Imperio lo es, nos guste o nos pese) suelen utilizarse para promover la música y la cultura nacional, y aquí jugaron al seguro con un valor extranjero de universal aceptación. La cantante brasileña Rita Lee tiene una versión excelente, pero prefirieron algo que sonara como los Beatles, sin serlo.

Al fin y al cabo, visto desde el ángulo de la heroína, la trama no puede tener más olor a vetusto y ya visto: personaje virtuoso y sacrificado que recupera su estatus negado o extraviado (estilo El derecho de nacer o Piel de asno) y semejante antigüedad requiere de un baño de modernidad para ser aceptado. Y Aguinaldo Silva no solo se inspiró en decenas de relatos clásicos —tampoco falta un ramalazo del shakespereano Rey Lear—, sino que repitió numerosas situaciones de sus novelas anteriores: Suave veneno (1999), Dos caras (2008) y Fina estampa (2012), porque el imperativo de conseguir el éxito a toda costa acaba con la imaginación de cualquier creador compulsado, por la fama y el público, a estar montado siempre en el papel de Scheherazada.

También en Internet aparecen numerosos foros donde se cataloga esta telenovela como la más trivial y forzada de los últimos tiempos, y los internautas se quejan de los muchos descomedimientos con los que el guion se desligó de toda posibilidad verista, e incluso de apelaciones emotivas importantes.

Entre varias otras «cañonas» se cuenta la sustitución de una importante actriz por otra (con la absurda explicación de que el personaje se hizo una cirugía plástica), y varias otras circunstancias que se acumulan hacia el final, de modo que tendría que contarlo para ponerlo en evidencia, y valoro lo suficiente la estimación de mis lectores como para no querer perderla contándoles el epílogo. Solo lo invito a detectar las incongruencias, y en el camino al descubrimiento seguramente disfrutará más todavía de las actuaciones, por ejemplo, de Leandra Leal (Cristina), Marjorie Estiano (Doña Cora) y Lilia Cabral, quienes lograron humanizar los toscos arquetipos con que las disfrazaron.

El espectador puede disfrutar también de las bellas locaciones, los planos aéreos y panorámicos, el look cinematográfico, la grandilocuencia visual que a veces consigue ocultar el vacío de credibilidad mínima, aunque se trate de la tan manoseada lógica telenovelera y melodramática, pero de algo que nos permita convencernos de que no estamos en presencia de una burla a la inteligencia tejida a lo largo de una choricera de capítulos, cuyo balance seguro es la pérdida de tiempo.

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