Edición, más que corregir estilos

Rinaldo Acosta, Premio Nacional de Edición 2016 conversó con JR tras recibir el lauro durante la recién finalizada Feria Internacional del Libro de La Habana

Autor:

René Camilo García Rivera

Con la profesión de Rinaldo Acosta sucede como con los árbitros de béisbol: rara vez son mencionados; salvo cuando se equivocan. Pero esta vez la injusticia es mayor, porque los umpires son actores secundarios, destinados a desaparecer de la trama del juego; mientras, los congéneres de Acosta son protagonistas, y más de una vez han salido como «bateadores emergentes» a decidir el partido… O la publicación, en este caso, porque Rinaldo Acosta es editor de libros.

Con dicción pausada —como quien sopesa cada gramo de palabra—, Acosta conversa con JR tras recibir el Premio Nacional de Edición 2016, entregado durante la recién finalizada Feria Internacional del Libro de La Habana. Habituado a la pureza del lenguaje, esquiva las «erratas» al hablar.

La imagen del editor suele ser la de un hombre solitario, ahogado entre ríos de papel, de organización metódica y con un ritmo de trabajo abrumador. Situados discretamente al borde del telón, o escondidos en algún escueto crédito del libro, rara vez tienen voz pública para su verdad. ¡Qué ironía! Quienes tanto enmiendan el tono ajeno, a veces padecen la atrofia del propio…

«Nosotros hacemos más que corregir estilos —sostiene Rinaldo Acosta—, pero eso lo sabe poca gente. En ocasiones hacemos gestión editorial: contactamos al autor, le encargamos textos, indagamos si ha escrito algo que nos interese… Nuestra labor no es solo revisar, no es solo el trabajo de mesa».

Lo dice una voz autorizada. No por el premio recibido —porque un premio no es más que una opinión compartida entre varios sujetos, que alguien anteriormente bautizó como «jurados»—, sino por los exitosos 30 años que avalan su carrera. «En ese tiempo he editado tantos libros, que a veces olvido títulos importantes», confiesa el descuido.

—Algunos afirman que la maestría en la edición está en no hacerse notar, en pasar desapercibido. ¿Cuán correcto es este criterio?

—Aunque es una tendencia, no siempre tiene que ser así. Hay obras en las que el editor antologa, redacta el prólogo, pone notas a pie de página y finalmente revisa. En ese caso sí se nota el trabajo. Pero si solo se corrige el estilo, se cotejan las citas, se verifica la coherencia, el público no puede saber el empeño que hubo detrás. Pero si nos equivocamos y el libro sale con errores, ahí cargamos la culpa.

«Aunque no se perciba a primera instancia, esta profesión tiene algo de morbo: la adrenalina de «la última línea de defensa». Si la errata burló los cercos anteriores, ahora se encuentra huidiza, en una selva de tinta, cara a cara contra sus perseguidores. No importa cuántas cace, si solo sobrevive una, el editor se sentiría derrotado. «Para que eso no ocurra hacemos cinco revisiones en equipo. Cada una tiene su función metodológica», explica Acosta.

«Leer de tres a cinco veces seguidas el mismo libro… Una vez, maravilloso; dos veces, no está mal; pero a partir de la tercera… Para ser editor, además de paciencia, se requiere coraje.

—¿Qué es lo más laborioso de su trabajo?

—El inicio. Cuando por primera vez chocas contra el texto original. Hay que ir familiarizándose con él, conociéndolo como a una persona, con sus virtudes y defectos».

—¿Y lo más delicado?

—Tratar con el autor. Se necesita tacto. Si encuentras demasiados errores, no se lo puedes exponer todo al escritor, porque se cierra y deja de ser receptivo. Y es su prerrogativa. Se puede atrincherar en el contrato que firmó, decir que la editorial ya le aceptó el texto así y que no va a cambiarle nada. Hay que manejarlo con inteligencia.

«La clave está en plantear la comunicación en términos profesionales, nunca personales. Hacerle saber que él es el creador, pero yo soy la persona encargada de pulir la obra, para que llegue al público lo mejor posible».

—¿Qué disfruta más de la edición?

—Cuando ya me familiarizo con el libro. Lo que más me satisface es la revisión de estilo, que se hace en la segunda lectura. Todo hay que rectificarlo al dedillo. Lo que sea que no estés cien por ciento seguro, debes consultar diccionarios, enciclopedias, u otras fuentes de conocimiento.

—¿Qué literatura prefiere para trabajar?

—La ensayística, sin dudas.

—Es el género más denso. ¿No lo aburre?

—Para nada. Yo también escribo ensayos. Creo que revisar tantos me ha ayudado a crear los míos.

—¿Por qué no otros como la narrativa, la poesía?

—También los he hecho. Pero a mí me gustan los libros difíciles, que me reten y me hagan pensar. He editado obras de diferentes campos, y eso me ha obligado a ampliar mis conocimientos. Disfruto eso».

—¿Y cree que los lectores concuerden con ese criterio?

—Seguramente muchos no, pero es normal. Hay que tratar de complacerlos a todos; pero no a la misma vez. Para eso hay que tener un plan bien ideado, conocer los intereses, las necesidades del consumidor.

«No se puede pensar en los lectores como una masa homogénea. A modo grosso, yo los diferencio en tres grandes categorías. Existe el de nivel “bajo” —sin un sentido peyorativo—, que está comenzando en la lectura y no tiene demasiadas expectativas culturales; el “medio”, donde está la mayor cantidad y es a quien se le presta más atención; y el “elitista”, que es un grupo de vanguardia, porque va desbrozando el camino para textos más complejos.

«Yo creo que hay que contar, sobre todo, con el lector. Eso es decisivo».

—Después de más de tres décadas, ¿qué lo sigue enamorando de su trabajo?

—Yo siempre me he sentido muy motivado para editar. Desde jovencito. Es algo que se me da natural, que me gusta. Aunque el tiempo pasa, y uno forzosamente cambia, eso ha permanecido en mí.

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