Nunca se alcanza el completo dominio de la profesión

Eduardo Blas Yasells Ferrer, a quien acaba de conferírsele el premio nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida, sostiene que «todas las cosas hay que decirlas, con responsabilidad»

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Nos recibe en su casa, con ese andar pausado y hablar suave que lo define, pero que «no le resta firmeza a este profesional de una lealtad a toda prueba, quien ha hecho prensa en todas las épocas con una obra importantísima que merece el estudio por las nuevas generaciones», como refleja el acta del Jurado. Almuerza cuando llegamos, se apura y enseguida está con nosotros como habíamos pactado. Es la rutina propia de un «jubilado» que no se considera como tal.

Frente a una de las puertas que da a la sala del hogar nos ubicamos. Y para sorpresa de este reportero, en una de las paredes avistadas descuella la réplica del machete de Máximo Gómez, máximo reconocimiento que otorga las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y también un cuadro que contiene un collage de imágenes que lo muestran en todo su quehacer. Son fotos de sus años en la revista Verde Olivo, y entre tantas estampas gráficas de valor resalta aquella que consagró para la posteridad el momento en que fue saludado por Fidel.

Junto a nosotros está Eduardo Blas Yasells Ferrer, a pocas horas de haberse dado a conocer el altísimo galardón que se le ha conferido por su intenso itinerario profesional en un ejercicio al que ha sido todo entrega: el Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida.

Pese a sus 80 años, su figura evidencia la corpulencia del periodista que se estrenó en medio del plomo y de la muerte que rondaba su natal Santiago de Cuba, en una época convulsa de desmanes que había que combatir. Cuenta con orgullo que en la misma mañana del 10 de marzo de 1952, en que se produjo el Golpe de Estado, él llegó hasta cerca del cuartel Moncada para pedir armas. Y lo hizo porque ya llevaba bien hondo las ideas de Martí, que habían calado a través de su temprana avidez por el conocimiento.

«Desde pequeño sentía afición por la lectura y la locución. Oía mucho la radio e iba al fondo del patio de la casa a leer en voz alta los diarios y las Bohemia que caían en mis manos. Todo eso influyó en que mi vocación fuera mayor por el periodismo que por la medicina, una carrera que también me gustaba.

«Con solo 18 años de edad cree junto a Josué País, Belarmino Castilla y otros compañeros de lucha la revista Taína, que se caracterizaba por un amplio perfil editorial de información, orientación y entretenimiento. Era mensual y circulaba entre el alumnado y los profesores. La dirigí hasta que el Servicio de Inteligencia Militar allanó nuestros domicilios, ocupó pertenencias de la publicación e impidió su salida».

—¿Y qué era aquello que publicaban supuestamente tan peligroso?

—Bueno, no siempre era tan peligroso. Pero la agenda de la publicación era eminentemente política, antimperialista, progresista y contra el gobierno de Batista. Y eso era suficiente para que no nos quitaran el ojo de encima.

«En julio de 1954 publicamos un diálogo de profundas esencias políticas con Melba Hernández y Haydée Santamaría.  Y abordamos sin medias tintas la campaña contra el proyecto estadounidense Canal Vía Cuba, que pretendía dividir a la nación en dos.

«Logramos entrevistar, además, a muchos artistas, entre ellos a la vedette Emilia Dago y al célebre trovador Sindo Garay. Yo tenía en aquel entonces 18 años y Sindo, 86».

—En la época prerrevolucionaria usted fue detenido y juzgado varias veces...

—Fueron tiempos muy difíciles. En octubre de 1954 me llevaron a los tribunales de urgencia por transportar armas, y en 1955 estuve nuevamente por un hecho que no cometí: ponerle una bomba a un cabo del ejército batistiano. Por suerte, fui absuelto en ambas ocasiones.

«Después del levantamiento armado del 30 de noviembre en Santiago de Cuba pasé a la clandestinidad. Vine en mayo del año siguiente para La Habana y otra vez me detuvieron. Luego de 20 días bajo interrogatorio fui trasladado a la cárcel de Boniato. Allí estuve cinco meses.

«Al salir de prisión, en viaje rumbo a la capital, volví a ser apresado. Me dejaron en el cuartel de la guardia rural donde fui golpeado. Al liberarme, en un lamentable estado físico y con una linfangitis aguda en la pierna izquierda, mis padres y los abogados gestionaron mi salida a Jamaica con visa de estudiante. Allí hice con mis compañeros un boletín. Poco tiempo más tarde estuve exiliado en Venezuela, donde me vinculé a la sección del Movimiento 26 de Julio en Caracas, hasta que regresé a Cuba. El 2 de enero de 1959 ya estaba de vuelta aquí.

—Los días, meses y años primeros de la Revolución fueron de muchas rupturas y fundaciones. ¿Cuánto atesora Yasells de toda aquella vorágine creadora?

—Bien temprano me incorporé como alfabetizador a una tropa del Comandante Camilo Cienfuegos y, posteriormente, por mi labor periodística, fui llamado a integrar el equipo gestor de Verde Olivo, órgano del Ejército Rebelde. Muchos éramos jóvenes surgidos de ese Ejército y de la lucha clandestina.

«Verde Olivo, uno de mis mayores orgullos profesionales,   fue una iniciativa de Fidel, Raúl, Camilo y el Che. Nació para defender el joven proceso que se estaba dando en Cuba, en medio de una brutal guerra mediática desatada dentro y fuera del país. Durante 20 años me desempeñé como reportero, redactor de mesa, jefe de redacción, subdirector y director. En ese medio tuve la posibilidad de trabajar con el Che, el más asiduo colaborador y crítico sagaz de la revista. En menos de seis  años escribió en ella más de 70 trabajos de diversos estilos y géneros. Fueron importantes todas sus enseñanzas en el apego a la verdad como principio ético del periodismo al servicio de la Revolución».

Yasells Ferrer ha dejado también su impronta en la escuela de corresponsales de guerra de las FAR y en la de Periodismo de la Universidad de La Habana —mucho antes de que se creara la actual Facultad de Comunicación— y en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, centros en los que llegó a ser director. En 1963 estuvo entre los fundadores de la Unión de Periodistas de Cuba, y atesora el Premio de la Dignidad, que con carácter excepcional entrega esta organización gremial a profesionales con «una trayectoria de vida extraordinaria al servicio del periodismo y de la Patria, se han convertido en paradigmas».

Fue el hombre que integró la delegación cubana presidida por Fidel a la Cumbre de los No Alineados en Argel, y que reportó desde Portugal cuando se produjo en 1975 la Revolución de los Claveles. De su labor infatigable han salido también obras testimoniales e investigativas de nuestra historia nacional, como Alarma de combate y Sencillamente anónimos.

—Usted ha sido uno de los grandes cronistas del pueblo cubano sobre hechos como la lucha contra bandidos, Girón, la Crisis de Octubre, y otros escenarios. Su ejercicio ha estado siempre entre el deber y el riesgo...

—Las anécdotas pudieran ser muchas, pero solo compartiré una: junto al fotógrafo Sergio Canales y el chofer Argelio Mirabal Yazles reporté para Verde Olivo desde las arenas de Playa Girón. Días difíciles aquellos de abril de 1961. Recuerdo que tuvimos que hacerle frente a un avión que venía volando bajito y nos vimos obligados a tirarnos para la cuneta. Yo no sabía si allí había minas, después me dijeron que eran ametralladoras. Pusimos en peligro nuestras vidas, pero el miedo siempre se declina frente al compromiso de cumplir la misión.

—Hablando de misiones, ¿cuáles usted considera que son hoy las grandes encomiendas de la prensa cubana?

—En estos momentos, aunque hay cierta conciencia, el síndrome del secretismo nos sigue invadiendo. Eso es algo que hay que romper y hacer comprender a los que tienen que dar la información y todavía se atrincheran con ella. Es un derecho, y muy necesario en los tiempos actuales. Además, hay que alejar el lenguaje propagandístico de nuestros medios. Y no es que esté en contra de la propaganda, pero nuestros trabajos deben ser más fluidos, reflexivos, oportunos e interesantes, porque hoy la gente está muy informada.

«Todas las cosas hay que decirlas, con responsabilidad, sin hacerle juego al enemigo. No olvidemos que existe una parte de la población que todavía no encuentra lo que necesita en los medios. En el contexto que vivimos la prensa tiene que ser más veraz, creativa, apostar por el debate y la polémica. El periodismo y la prensa nuestra no pueden estar rezagados.

«La nueva generación del gremio tiene que comprender que nunca se alcanza el completo dominio de la profesión. Esta es una carrera como la del cirujano: se está aprendiendo constantemente, es un sacerdocio. Creo que hay que  dominar todos los géneros y saber que nada es ajeno a un periodista».

Eduardo señala la foto en que Fidel lo saluda durante el aniversario 15 de la revista Verde Olivo.

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