El rito como juego; el juego como teatro

El juego abre nuevas acciones a las relaciones del conocimiento en un todo orgánico. La escuela y los sistemas educativos estáticos heredados de concepciones dogmáticas destruyen esa unidad, dando lugar de modo progresivo a una ruptura entre lo que se estudia, lo que se sabe y lo que se hace

Autor:

Armando Morales

Sociólogos, sicólogos y pedagogos, entre otros especializados estudiosos del universo infantil, se han dedicado a profundizar en las exigencias vitales de esos pequeños seres que nos acompañan diariamente y a los cuales les atribuimos el valor de hombres del futuro, cuando podríamos argumentar, cambiando el sentido protagónico de la frase, que los hombres no son más que niños del pasado.

El devenir histórico de la humanidad ha ido situando, desde posiciones más lúcidas, las diversas actitudes, intereses y posibilidades de la infancia, muy diferenciadas a las del adulto. El crítico italiano Enzo Petrini ha señalado: «En el niño, ante todo, existe una dominante ley fundamental, la ley del juego».

La dinámica lúdica es vitalmente esencial. Jugar para el niño, también para el adulto, es una forma de activar la mente y el cuerpo en una acción conjunta enmarcada en actitudes y peripecias que exige la máxima utilización de la inteligencia, y donde se combinan y prueban el pensamiento y la fantasía. ¿Cómo podríamos los adultos aceptar que, precisamente, el juego es la actividad socio-formativa imprescindible en el desarrollo individual del niño?

El juego abre nuevas acciones a las relaciones del conocimiento en un todo orgánico. La escuela y los sistemas educativos estáticos heredados de concepciones dogmáticas destruyen esa unidad, dando lugar de modo progresivo a una ruptura entre lo que se estudia, lo que se sabe y lo que se hace… A través de esta metódica destrucción, el ser, que debiera apropiase de su propio destino, queda privado de toda voluntad, de creatividad personal y de defensa frente a una sociedad adulta, dominante y en muchos casos agresiva.

Cuando menciono la palabra juego no pienso en el de pelota u otros deportivos, sino en uno no clasificado, portador de una libertad libre en la que se participa con toda el alma, pero que puede abandonarse a voluntad en cualquier momento. El juego en el niño no es una tarea impuesta con una evaluación y resultados finales del alto rendimiento.

No obstante su impronta libérrima, el juego es y crea orden. Esto lo sitúa o aproxima al campo estético. Muchas palabras referidas a los juegos están relacionadas con el arte o pertenecen a su dominio. Tensión, equilibrio, contraste, variación, obstáculo, contrarios, desenlace, liberación, etcétera, conforman un vocabulario compartido entre juego y arte. Lo lúdico se manifiesta como primera forma de exploración y experimentación creativa de la infancia.

El juego no es sinónimo de juguete, ya sea comercial o educativo, pues este tipo de entretenimiento no sacia la curiosidad o la capacidad de crear con ellos. Existen infinitos materiales y objetos, supuestamente inservibles, que pueden llegar a ser motivos de juego llenos de interés y emoción al descubrir en ellos una naturaleza otra, gracias a la actividad que realizan y donde conviven creatividad, relación, concentración…

El espectáculo lúdico funciona como un espejo: el niño, pura energía comunicante, se pierde para volver a encontrarse en un cuerpo colectivo. Simulacro y disfraz de una identidad deseada y compartida en la que se agrupan los miembros participantes. Acción de roles múltiples o intercambiables, del juego infantil al teatro, donde las posibles fronteras se disuelven unas en otras. Otro tanto sucede con la representación ritual, germen de la humana actividad escénica.

Obviamente, en el juego el niño no busca una consciente espectacularidad, ni intenta iniciar los primeros pasos hacia una futura carrera teatral especializada. El juego, simplemente, desarrolla capacidades y actitudes que están en el humano niño: sensoriales, creativas, críticas, imaginativas expresadas y vividas según su edad y condiciones.

El teatro dirigido a los niños debiera ayudar a entrar y salir de la ficción a la realidad, y de esta de nuevo a la ficción. El teatro orientado hacia un sector tan significativo para la sociedad como lo es la infancia, no debe —debiera—, renunciar a sus específicas e insustituibles cualidades expresivas que singularizan el ritual escénico. Convertir el arte teatral en estéril marco narrativo de una historia y de sus personajes, es minimizar la capacidad transgresora y creadora del teatro.

Agente decisivo en la formación de la personalidad del niño, el rito del teatro, como juego y sin barreras impositivas, lo acerca a la expresión oral, la dicción, extiende la riqueza de su vocabulario, sincroniza la palabra y el gesto. Podrían añadirse otros aportes: la música, el canto y la danza; el espectro expresivo de las artes visuales, vestuario, máscaras, arquitectura, espacio, color, etc., que le permiten descubrir coordenadas y pautas necesarias en su relación con los adultos, con otros niños y, lo más importante, consigo mismo.

El escenario, campo o espacio donde el niño juega, es el lugar donde confluyen diversos sistemas reales y fantásticos, ¡como en el teatro! El juego funciona a manera de un todo único al reorganizar las imágenes de un mundo vivido o imaginado, y en cierto sentido, magnificado. El escenario mental que estos «teatristas» construyen a partir del juego es, tal vez, el verdadero teatro, porque lo hace coexistir con su «doble», quien representa con lo representado. En este juego de definiciones, el niño, en una sola identidad, participa como actor y como espectador.

Es de suma importancia introducir al teatro desde la infancia. Una educación teatral complementa la programación teatral de lo más calificado de las producciones artísticas ofrecidas al niño. Esta introducción valorativa constituye, además, un instrumento crítico valiosísimo en su desarrollo individual. Sería ingenuo, por no decir primario, dirigirse a los niños como si fueran inocentes espectadores. En el teatro pensado para ellos la improvisación no se improvisa.

En el teatro para niños, más que en ninguna otra manifestación escénica, si es importante lo que se cuenta, también lo es, y mucho, cómo se cuenta; cómo se teatraliza lo contado. Rescatar los recursos expresivos de la teatralidad en la representación resulta factor de primer orden para que el espectador, al igual que en sus juegos, «entre y salga». Así distinguiría mejor la realidad de la ficción y podría cuestionar su pensamiento y reorientar su particular argumentación entre las diversas opiniones provocadas por el discurso de la puesta en escena.

Es importante señalar la «traición a la expresión» como recurrente característica del teatro de nuestros días dirigido a los niños. Esta traición convierte al teatro en un mero instrumento secundario, dócil e informativo al servicio de otras artes, sobre todo las narrativas y las visuales. El principio de asimilación puede convertir un arte, sencillamente, en subordinado de otro, perdiendo su verdadera identidad y autonomía expresiva.

Cuando el espectáculo teatral está fuera de la referencia educativa directa, es decir, que no huele a lección repetitiva, que no hay que aprender o memorizar, la apropiación de los recursos estructurales y las dinámicas de la escena son muy significativas. La aproximación del teatro a los juegos y el sentido espontáneo improvisatorio, a manera de extensión dimensionada de los códigos del rito escénico, alcanzaría a reorientar tanto la dramaturgia textual como la espectacular. Se trata de fusionar una estética teatral insertada en el universo de la infancia a partir de revolucionar lo que hasta ahora se le ofrece en los envejecidos moldes de un teatro que no les pertenece, pues no siempre toma en cuenta los particulares intereses de sus espectadores.

El mayor problema del arte dirigido al público infantil es que los dramaturgos, el director artístico, los intérpretes, los diseñadores…, son adultos y como adultos mantienen una actitud de superioridad, de relación de poder, de distancia frente al niño. El adulto es por lo general mudo en su relación con el niño. Y es mudo porque es sordo a sus reclamos y, como es incapaz de escucharlo, es incapaz de decirles.

La actitud cultivada y abierta del creador daría respuesta a un trabajo de iniciación y de continuidad de la expresión artística. Trabajo paciente y riguroso, si aspiramos a que nuestros hombres, niños del futuro, se impregnen del arte y aprendan a necesitarlo y ¿por qué no? a cuestionarlo. Para los niños, el teatro que se les ofrece, por lo general, les resulta aburrido o al menos ajeno, debido a su imagen «adulta». De esta opinión pudieran salvarse los títeres… pero eso es otro asunto.

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