El auténtico universo de Teresa

La creadora espirituana Teresa de Jesús es reconocida por su arte, ajeno a influencias y estilos, como una de las artistas naif más puras de este territorio en la actualidad

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Llovía tanto aquella tarde de mayo, que Teresa de Jesús solo atinó a sentarse en un taburete, pegado a la pared del portal trasero de su casa, y a fijar la vista en el lomerío que escolta a Quemadito viejo, un escaso caserío desparramado al borde de la carretera que lleva al municipio espirituano de Fomento.

Estuvo allí como quien espera un milagro, porque los huesos se acomodaron lo suficiente para no querer dejar de descansar. Cuando San Pedro quiso, el agua se detuvo y, entonces, poco a poco, la tarde comenzó a espabilarse.

Junto a las gallinas y el perro, las primeras en llegar fueron las hormigas que, sin grandes esfuerzos, construyeron profundos huequitos en la tierra empapada que bordeaba el portal. Pero cada hoyo era diferente, no solo en tamaño, sino en colores.

Teresa, a pesar de su embeleso, no dejó escapar ese paisaje bucólico y también hizo suyos aquellos fangos rojos, amarillos y blancos, que más tarde transformó en verdaderas obras de arte.

«Alguien me dijo que eso era barro. Es como un regalo de la naturaleza, porque antes tenía que ir a buscarlo lejos», dice, mientras funde los colores en un pedazo de tela de algodón, que un día fue una sábana.

Esta trinitaria de nacimiento había comenzado desde hacía mucho a domar los elementos naturales a sus anchas para convertirlos en creaciones muy propias, todas nacidas de su espontaneidad, ingenuidad e intuición. Sus uñas carcomidas delatan que ni las raíces más ásperas, las hojas de plátano secas o el carbón han podido resistirse a su imaginación.

«De niña fui muy tímida y retraída. Prácticamente ni hablaba. Tuve miedo de morir sin poder expresar todo lo que sentía. Entonces me di a la tarea de buscar cuál era el camino idóneo y creo que lo encontré en el arte», rememora, al tiempo que recuerda aquel día en que le prometió a su madre que cambiaría para siempre.

Entonces, tomó todo lo que tenía a su alcance, y cuanta idea le pasó por la cabeza la llevó a disímiles soportes. Lloró cientos de veces cuando las vasijas hechas con barro se rompían tras varias jornadas al sol y luego de recibir calor en la pequeña hornilla donde cocinaba. Hasta que le explicaron que necesitaba un horno, parapetó como pudo un tanque viejo en el patio y aprendió a darle el color exacto y la sombra necesaria. Hoy son pocas las obras que no ven la luz.

«A mucha gente no le gusta lo que hago porque no son figuras comunes. Sencillamente me sale lo que pienso», confiesa, mientras recorre con su dedo índice la silueta de una bailarina con escasos rasgos faciales.

En ese constante descubrimiento, llegó a mezclar sobre la tela el barro y a confeccionar así cuadros muy auténticos. Entre los tantos que integran su colección, resguarda con recelo los dedicados a Fidel Castro. Llegaron con el dolor del 25 de noviembre de 2016 y con el beneplácito de ser, como ella misma reconoce, una de las agradecidas de la canción de Raúl Torres.

Teresa de Jesús entró al mundo del arte a tientas y con el peso de los años. Mas, su mundo interior era demasiado intenso para seguir supeditado a la pena del qué dirán.

«Al principio creían que era una “vieja loca”. Nunca es tarde para exteriorizar los sueños. Cuando se logra, se siente una gran satisfacción porque lo único que no se puede es lo que no se hace», añade ella, quien con su arte, ajeno a influencias y estilos, es reconocida en la actualidad como una de las artistas naif más puras de este territorio.

Con esa máxima y mientras los días pasan, de la profundidad de los pliegues de las manos de Teresa de Jesús se revelan sentimientos, ideas, pensamientos que inundan la sala de su hogar, donde quien pregunta por la artista de Quemadito viejo se despide con un auténtico regalo de su universo.

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