Buenos días, Isel - Cultura

Buenos días, Isel

«Entonces supe que mi hijo se estaba haciendo adulto, esa dolorosa metamorfosis en que tan necesitado está el ser humano de cariño y comprensión...»

Autor:

Enrique Núñez Rodríguez

No recuerdo qué fue lo que provocó aquella discusión con mi hijo. Por suerte los padres, y creo que también los hijos, tenemos la facultad innata de borrar los malos recuerdos y quedarnos, siempre, con lo que tuvo de bondad y amor el más ácido y doloroso de todos los diferendos paterno-filiales.  Algo tendrá que ver con eso ese músculo tan llevado y traído por los poetas que nos late al sur de la garganta, según la tierna ubicación geográfica  que le asignara, el memorable poema de Carilda Oliver Labra.

Lo cierto es que la discusión llegó a un punto tal que me faltaron las razones y levanté la mano para pegarle.

La reacción de aquel niño de 15 años no pudo ser más sorpresiva: cerró los puños como para defenderse de la inminente agresión.

Reaccioné en la forma que me pareció más lógica. Yo no podía pegarle. Aunque mi indignación me impulsaba a descargar sobre él la rabia que había provocado con su terquedad, algo frenaba mis instintos. Tal vez una cuestión de educación formal o, con más certeza, una honda ternura que me impedía golpear aquello que era parte de mi propia vida. Mi decisión fue, quizá, más brutal que la de un golpe físico.  Le grité indignado:

—¡Vete de mi casa!

Y salí del cuarto con un bestial portazo.

Ya afuera esperé angustiado la salida de mi hijo, con la secreta esperanza de que me rogara que le permitiera quedarse en casa. A los 15 años, nadie pide perdón después de haber sido agredido. Y los ruidos que me llegaban del cuarto me indicaban, claramente, que estaba recogiendo sus cosas para marcharse. Más de una vez sentí la tentación de abrir aquella puerta y pedirle perdón. Recordé las discusiones con mi padre y comprendí que la vida me cobraba con toda dureza, las ligerezas de mi propia adolescencia, cuando mi padre tenía que escribir sus regaños y consejos, porque jamás podíamos ponernos de acuerdo en las discusiones. Con los años me arrepentí una y mil veces de aquella actitud, y la vida me convirtió un poco en el padre de mi padre. A los 80 años el adolescente era él, protestando siempre por mis regaños. El almanaque no perdona, pensé.

Los ruidos del cuarto, violentos al principio, se fueron atenuando. Un acorde de guitarra, inarmónico y solitario, aquel que me disminuía el dolor de su ausencia, cuando por alguna razón se alejaba de casa. Compañera guitarra, llegué a llamarle un día.

Ya estaba decidido a rogarle que no se marchara, cuando la puerta de su cuarto se abrió. No salió con el maletín o la mochila. Traía en sus manos la guitarra. Su voz fue entonces como un ruego:

—Oye esto, papi.

Y se me sentó en las piernas para entonar una larguísima canción, de la que recuerdo algunos párrafos que me sorprendieron por su aliento poético y, sobre todo, por su ternura. Le escuché decir:

—Hace tres horas vi por última vez tu rostro. La luna ya no está donde la dejamos, y me duele el cuerpo.

Una bella historia de amor se fue adueñando de la casa.  Era un amor imposible. Desgarrado. Triste. Una frase, que hace muy poco volví a escuchar, se me clavó como una saeta.  Contaba un bello sueño, en el que recorría con su amada un bosque inmenso, y entonces la voz de mi hijo se quebró para decir:

—Despertar con miedo es terrible, Isel. Es terrible contar los pasos hasta mi casa.

—¡Su casa!

Entonces supe que mi hijo se estaba haciendo adulto, esa dolorosa metamorfosis en que tan necesitado está el ser humano de cariño y comprensión. No quiero contar, por hombre, como dijo Federico García Lorca en circunstancias muy distintas, las lágrimas que me tragué mientras mi hijo seguía cantando aquella historia que terminaba saludando al futuro con una frase llena de melancólica esperanza:

—Buenos días, Isel.

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