Bailar: lo que más amo

Ganador del Premio Ramiro Guerra, Esteban Santiago Aguilar Domínguez prefiere ahora mismo seguir  centrado en la danza y tomarse el tiempo necesario para que su regreso a la creación lo continúe llenando de orgullo

 

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Ganador del prestigioso Premio Ramiro Guerra que otorga la Asociación Hermanos Saíz, Esteban Santiago Aguilar Domínguez se sabe dichoso por haber nacido en el seno de una familia de artistas. «Mi madre, Esther Domínguez Pineda, fue bailarina y en la actualidad es una reconocida profesora; mi abuelo, pianista; tengo un tío periodista y escritor... Desde pequeñito me encantaba bailar, no podía parar de moverme, me venía bien cualquier música e imitaba a Michael Jackson, mi ídolo de aquellos tiempos...», cuenta con orgullo a JR este joven bailarín, profesor y coreógrafo.

«Mi mamá me llevaba constantemente a la Escuela de Arte y yo me ponía a ver sus clases. Así me fue cautivando este mundo de una manera que no pude zafarme, ni tampoco quería. Decidí seguir por ese camino que me hacía feliz. 

«Fue una suerte inmensa también que mi madre fundara, en Guantánamo, Danza Fragmentada, dirigida por Ladislao Navarro. Muy pronto esta compañía creó una academia infanto-juvenil con la intención de estar más cerca de la comunidad. Esa fue mi primera escuela. Ingresé en un taller desde los inicios. Ya hoy es un proyecto sólido, que funciona perfectamente desde hace 25 años».

—No deja de sorprenderme que no aprobaras los exámenes para entrar a la Escuela de Arte...

—Así sucede a veces. La vida te pone a prueba para que te convenzas de si en verdad estás escuchando a tu corazón. Soy prácticamente autodidacta, me hice bailarín porque era lo que quería, y por todo lo que me aportó la academia de Danza Fragmentada.

«Luego, cuando se crearon las Escuelas de Instructores de Arte en el año 2000, intenté aprovechar esa oportunidad con el propósito de hacerme artista, pero me desilusioné un poco; entré confundido, creí que por esa vía realizaría mi sueño, pero enseguida supe que se trataba, sobre todo, de formarme como maestro, y no era lo que a mí me interesaba, de modo que dejé la carrera.

«Continué mis estudios en un preuniversitario en la ciudad y me acerqué mucho más a la compañía Danza Fragmentada, para la cual audicioné cuando tenía 17. Dos años más tarde me evaluaron y otorgaron el segundo nivel, equivalente a la categoría de primer solista. Fue entonces que me dediqué a crear con total seriedad, pues en realidad la coreografía me deslumbró desde la misma academia.

«Concursos como Solamente solo, Danzandos, Danza Callejera... fueron espacios donde pude mostrar mi quehacer y crecer como coreógrafo con piezas como El ángel de las pequeñas cosas, Un hombre sin historia, Título grotesco para una escena brutal, Crónicas de hombres con abanicos, Tres instantes de un momento, Estúpido, Beso colgado del juego, The road is back to you... Con algunas de ellas obtuve premios que me dieron muchas alegrías y cierto nombre dentro de la coreografía joven guantanamera».

—También posibilitó que en 2014 Owen Beovides, entonces decano de la Facultad de Arte Danzario del Instituto Superior de Arte (ISA), te propusiera trabajar en la Universidad de las Artes...

—Efectivamente, como creador dentro de Isadanza, la compañía que representa a dicha facultad. Me pareció espectacular poder ampliar mis horizontes. Estuve por espacio de casi dos años y medio en ese proyecto participando en diferentes eventos, creando espacios fijos y nuevas propuestas a pesar de que no existían muchas condiciones.

«Como participante del Encuentro Internacional de Danza en Paisajes Urbanos La Habana Vieja: Ciudad en Movimiento, en la edición de hace dos años donde     Isadanza interpretaba algunas de mis obras, me encontré con Osnel Delgado, un bailarín y coreógrafo a quien siempre admiré mucho. Conversando con él supe que andaba buscando nuevos integrantes para Malpaso, compañía que conduce junto a Fernando Sáez y Daile Carrazana. “Si te interesa puedes pasar”, me dijo en plan de amigos y por supuesto que me interesaba, ¡y mucho! Me llegué a la sede para observar las clases y ver más de cerca el trabajo que ya conocía. Empecé a ir y a ir hasta que me quedé.

«Fernando, Carrazana y Osnel me dieron de corazón la bienvenida porque enseguida comprobaron mi interés, mi constancia. Obviamente no me tuve más alternativa que elegir, porque el tiempo no alcanzaba para llevar el ISA y las clases que impartía en la ENA. Opté por la compañía, pues me interesaba explotar mi faceta de bailarín. Hasta hoy me siento superfeliz de haber tomado esa decisión».

—Al final de todas formas el magisterio vino a ti...

—Fíjate que no era un problema de que la pedagogía no me atrajera; es que quería, por encima de todo, ser bailarín. De hecho, me sentí muy cómodo desde que comencé a ejercer como profesor. Me gustó en cuanto comencé a desarrollar esa otra vertiente en Guantánamo, cuando la compañía me dio la oportunidad de ser profesor de la academia de la cual fui fundador. Todos me ayudaron mucho: mi propia madre, Ladislao, los otros maestros y bailarines de mayor experiencia. Me dieron la mano y las herramientas para poder transitar con responsabilidad por ese camino. Luego me contrataron en la Escuela de Arte, que constituyó otra experiencia muy enriquecedora, como mismo sucedió cuando me convocaron en la de Santiago de Cuba. Todo lo que aprendí durante 14 años como bailarín y como profesor me sirvió a la hora de aceptar el reto de formar parte del claustro de la Escuela Nacional de Arte (ENA) y del ISA. 

«Es indiscutible que para mí resulta muy placentero enseñar, pero no podía perder ese regalo que me estaba ofreciendo la vida de bailar, sobre todo cuando estoy consciente de que todavía resta mucho por dar, debía aprovechar mi juventud, mi fortaleza física, las condiciones que aún mantengo. Ello explica por qué determiné alejarme por un tiempo de la creación y la pedagogía, para entregarme de a lleno a lo que más amo: bailar».

—¿No extrañas coreografiar?

—Lo extraño un mundo porque hace rato que no trabajo con estudiantes ni hago ningún montaje. Estoy lleno de ganas y de ideas, que son un montón, pero las he escrito para cuando llegue el momento. Ahora me he enfocado realmente en Malpaso, una compañía muy demandante, por sus presentaciones, giras internacionales, constantes y exigentes procesos de creación en los que intervienen importantes coreógrafos invitados...

«Por supuesto que en Malpaso tenemos esa posibilidad de crear, contamos con toda la libertad y el espacio para ello, pero he preferido centrarme en la danza y tomarme el tiempo necesario para cuando regrese a la creación sea con una propuesta de calidad, que incluso pueda entrar dentro del repertorio de la compañía como sucedió recientemente con las obras de Abel Rojo (El piso a cuestas) y Beatriz García (Ser)».

—¿Cómo has asimilado estos dos años como bailarín «puro»?

—Ha sido duro porque en ese tiempo en que permanecí en el ISA como creador de Isadanza e impartiendo clases en la ENA, dedicándome más a los estudiantes, me mantuve concentrado sobre todo en los demás. Cierto que montaba y bailaba, porque no podía evitarlo, me encanta bailar mis propias piezas, necesito también estar..., pero no es lo mismo.

«Justo por lo anterior perdí un poco de entrenamiento físico, así que cuando entré en Malpaso estaba desentrenado. “Empezar” fue, como un choque para mi cuerpo, ya acomodado a otro tipo de labor, y reconozco que me costó bastante volver a similar ese rigor, recibir esa gran carga de entrenamiento diario con las fuertes clases de ballet clásico, alguna que otra de ballet contemporáneo, los talleres que imparten los coreógrafos, los montajes..., pero lo he ido logrando poco a poco, con la ayuda de mis compañeros con los que hemos conformado una gran familia.

«Y esto último ha sido esencial: en esta compañía enseguida respiré la camaradería, la solidaridad, el apoyo de los unos a los otros, porque me hizo sentirme en casa de nuevo, como mismo me pasaba en Danza Fragmentada. Es genial cuando te aseguran que vas bien. No me siento satisfecho del todo, pero disfruto cada segundo en que puedo seguir dándole forma a mi mayor sueño».

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