Contrarreloj

Autor:

Juventud Rebelde

Foto: Juan Moreno, enviado especial Cartagena, 29 de julio de 2006

Amigos rebeldes:

Solemos alegrarnos cuando extinguimos cualquier fuego. Sin embargo, hay llamas que al sucumbir dejan el alma como seca, decaída.

Se los digo porque este es nuestro penúltimo día en esta ciudad que ocasionalmente habita García Márquez. Y al reparar en las fechas incandescentes ya borradas; o al reconocer que hoy se le termina a Centroamérica y el Caribe la pira de los Juegos, uno se ve invadido de un ramalazo confuso en el que habitan euforias pero también congojas.

No hace falta desparramar explicaciones. Atrás quedan los ríos de sudor de los atletas, el abrazo después de algún triunfo, la escena graciosa no divulgada, construida con picardía latina.

A espaldas del reloj, por ejemplo, quedó el episodio del reportero extraviado en sus quehaceres: mientras transmitía en vivo para su país preguntó a una extranjera cómo veía la jornada de apertura, la muchedumbre… el cielo abierto de fuegos artificiales. Y la muchacha, más desconectada aún de aquel momento al aire libre en el estadio Pedro de Heredia, disparó para todos los oyentes: «Bueno… no hay aire acondicionado, hace mucho calor, hay bastante ruido, no he encontrado agua para tomar, me molesta el audio… pero veo alegría».

Ese gozo que olfateaba hasta la mujer en Babilonia fue —lo hemos dicho ya— el que no faltó aquí. Estuvo presente aún con los aguaceros repentinos, con las temperaturas altas que resecaban la garganta, con los desajustes en los programas que en ocasiones perdieron a más de un reportero.

Congeladas para la posteridad quedaron las marcas quebradas en la piscina y en la pista, el «purito» que vivieron ciertos corresponsales mexicanos por el progreso muscular de sus atletas, las riñas sanas surgidas al calor del combate por un puesto en el podio: cuando Cuba ganó la mejor medalla en el sable femenino ante Venezuela, cuando los polistas se lanzaron pelotas, pelotitas y pelotones con los aztecas en un partido de la semifinal.

Atrás quedó la tristeza de la judoca barbadense de más de 78 kilogramos, quien cruzó el mar hasta aquí para perder a la velocidad de un avión: en un combate duró cuatro segundos antes de que la proyectaran, en el siguiente permaneció en el tatami apenas 11 instantes antes de volar. Viéndola llorar uno se preguntaba cuántas penas reposarán en ella y en muchos otros contendientes que se preparan en sus naciones tragando púas y comiendo sol.

Adelante quedará el cariño de Bernarda —nuestra timonel— que el último día, con la naturalidad que la caracteriza supo decirle al cerrar la puerta a un descolmillado vendedor ambulante, uno de los tantos de la ciudad: «Cuida’o, muchacho, que te llevo la mano, y sin dientes y sin manos sí que te va a ir mal».

No quiero despedirme sin algunos consejos: cojan por la sombra, edifiquen un poema, vivan intensamente, hagan deporte —no importa cuál.

Sé que quedaron muchas cosas por contar; otras se plasmaron en anteriores cartas («una promoción» —como dicen acá— nunca viene mal); unas terceras no las diremos por pudor.

Vendrán nuevas citas y nuevos fuegos iluminarán las nubes de otra ciudad. Nos veremos, con el mejor abrazo, en la Patria.

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