Manuel Alarcón, el dios de cobre de los orientales

Mañana se cumplirán 45 años del inicio de las Series Nacionales de Béisbol. JR recuerda a uno de sus fundadores con un fragmento de la entrevista incluida en el libro Estrellas del Béisbol, de los periodistas Leonardo Padura y Raúl Arce

Autor:

Juventud Rebelde

Manuel Alarcón jugó con Orientales en la I Serie Nacional. Cuando cumplió los diez años, Manuel Alarcón Reina tuvo un sueño que lo marcaría para toda su vida. Se veía sobre un camión de volteo cargado de arena, que avanzaba por caminos desconocidos. De pronto el vehículo se detenía, accionaba el volteo y él caía sobre el montículo de arena descargada, sin soltar jamás el pequeño maletín donde guardaba su traje de pelotero. Entonces, con la rampante lucidez de los sueños que van a cumplirse, la loma de arena se convertía en el box del estadio del Cerro y Manuel Alarcón en el pitcher que lo ocupaba...

Debieron pasar diez años y muchas cosas más para que se hiciera realidad el sueño premonitorio de aquel guajirito nacido el 19 de febrero de 1941, en la finca el Aguacate, cerca del pueblo de Canabacoa, municipio Bartolomé Masó, en las faldas mismas de la Sierra Maestra. Porque tal vez la misma mañana que despertó con el recuerdo vago pero insistente del sueño más importante de su vida, el joven Alarcón debió ingerir un apresurado desayuno para dedicarse, por el resto del largo día, a ordeñar vacas, chapear cañas y cortar arroz, como le correspondía a un hijo de Manuel Alarcón Gamboa, un guajiro que no creía en sueños ni en strikes en la esquina de afuera.

—¿Cuándo empiezas a jugar pelota organizada?

—Bueno, yo empecé a jugar con el equipo de El Palo, que era el barrio donde nosotros vivíamos, pero eran juegos de placer, cosas de muchachos, pero lo que se dice pelota organizada fue cuando entré en el equipo del central Sofía, el actual Rodolfo Leyva, que participaba en un campeonato de la Liga Azucarera, al principio mismo de la Revolución. Después de eso jugué pelota intermunicipal, primero en Veguitas, luego con Manzanillo y después con el equipo de Bayamo.

—¿Finalmente, cómo llegas tú a la I Serie Nacional?

—Bueno, después de aquella primera Provincial que se jugó en Santiago, me llevaron a la selección de Orientales, para jugar en la

I Regional Oriental, que se celebró en Las Villas. Allí ganó el equipo Azucarero, y yo integré la selección de perdedores, los Orientales de la I Serie Nacional. Cuando me vi por primera vez en el estadio del Cerro, encaramado en el box, me acordé de mi sueño del camión de volteo y pensaba que había llegado a la cumbre. Entonces tenía 20 años.

Había surgido la estrella más indiscutible del nuevo béisbol cubano, el hombre que con su actuación y su espíritu, con su entrega y su coraje, estaba destinado a llenar, como ningún otro, la crónica memorable de aquella pelota libre y mejor, que desde el 14 de enero de 1962 asaltaría el cerebro y el corazón de los cubanos.

Pero Manuel Alarcón Reina estaba marcado por la fatalidad. A los 27 años, en la cúspide misma de su carrera y cuando era el rey del departamento de carreras limpias y ponches propinados, de juegos ganados, iniciados y completos, después de una serie en la que alcanzó 17 victorias y ponchó a 200 hombres, cuando era la figura número uno de la pelota cubana, su fatalidad irrumpió para acabar con una de las trayectorias más hermosas de nuestro béisbol: una hernia discal, surgida a sus espaldas como una traición, acabaría con aquel pelotero contradictorio y genial, el mismo que podía ganar un campeonato o ser suspendido durante un año por sus indisciplinas.

—¿Qué sientes cuando recuerdas los Panamericanos de Winnipeg, en el 67?

—Mucha tristeza, mucha tristeza, me acuerdo como si fuera hoy que en la rueda clasificatoria yo le gané a los americanos cuatro por tres el mismo día 26 de julio y cuando hablé por teléfono con Fidel le dije que le dedicaba el triunfo a Santiago de Cuba.

Después, en la final, que era a tres juegos, yo abrí el primero y en realidad estuve mal. Me batearon y solo lancé cuatro o cinco inning. Pero en el juego decisivo, que fue el 3 de agosto yo estaba de bala. Hasta el octavo inning me habían dado un solo hit y había ponchado a 14 hombres. Cortaba por el lomo. Pero en el octavo me empataron el juego por un passball de Lazo. Y vino entonces el noveno inning más amargo de mi vida: le di base a un bateador y el siguiente se sacrificó. Entonces le dimos la base intencional al hombre en turno, para buscar el dobleplay, pues de cualquier forma perdíamos con la de segunda. Entonces, el hombre que vino a batear me dio una línea por Sarduy, que estuvo a punto de cogerla y también a punto de forzar en tercera, porque el hombre de segunda esperó a ver si picaba o no, y así me llenaron las bases. Ahí fue cuando Isasi escondió la bola y tocó al corredor de segunda, pero el ampaya cantó quieto, a pesar de que el hombre, en vez de la base, le pisó el spike a Isasi. Gilberto Torres, que era el manager, mandó entonces a jugar por dentro, y vino el roletazo entre primera y segunda... cómo me jode acordarme de eso.

—¿Cuál fue tu mejor momento en la pelota?

—Aunque en la serie del 68 tuve mejores resultados numéricos, pues gané 17 y perdí 5 y di los 200 ponches, creo que en el 67, cuando ganamos la VI Serie, yo estaba en mi mejor forma. Ese año, me acuerdo, abrí el campeonato dándole lechada a los Industriales y lo cerré con otra lechada, en el juego decisivo, allá en el Latino.

—¿Y ese fue el día que mandaste a cerrar La Trocha y que saliera el Cocuyé?

—Yo estaba tan seguro de que le iba a ganar a Industriales y que íbamos a llevarnos por fin un campeonato, que le mandé a decir eso a los santiagueros. Y no los defraudé. Y lo que se formó en Santiago fue mucho, compadre, pero mucho.

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