El equipo del difunto

Autor:

Raúl Arce

Algunos aficionados se declaran fanáticos «hasta la muerte». Foto: Calixto N. Llanes No es nada personal, pero un largo extrainnings del play off me permitió el tiempo suficiente para «desempolvar» de la Internet este despacho de ANSA: «Los fanáticos del béisbol podrán ser enterrados en un féretro con los colores y la insignia de su equipo favorito, gracias a una iniciativa que imita a otras similares, ya aplicadas en el fútbol».

Le propongo, lector, una abstracción, la de convertir esta información, tan delicada por su trasfondo, en pura broma. Como si al dormitar, cuando el juego que nos trae la pequeña pantalla está de un solo lado, comenzáramos de pronto a soñar en el sillón.

Así, mi amigo Benigno Isaac podría hacer las paces con sus peloteros preferidos, prodigándoles, en otra dimensión, el homenaje que no ha logrado brindarles en esta.

Según el despacho, una empresa de pompas fúnebres alcanzó el acuerdo con el béisbol profesional norteamericano.

¿Te imaginas, Emilio Oliva? Con esa oportunidad, las ansias por otro título para los tuyos no te quitarían el sueño como hasta hoy.

El acuerdo de los funerarios prevé, incluso, que los féretros lleven una leyenda en la que se reconoce que el difunto «fue un fanático, durante toda su vida» del equipo y de esta disciplina. Como inscribir en la lápida —por si las cosas no salen este año a pedir de boca— que «Hugo Tamargo expiró pensando en los suyos».

En mi delirio, no me atrevía a mencionar a selección alguna por su nombre, solo a Metropolitanos. Entonces, cara a cara con el furibundo Juan Alfonso, en sueños le sugería un ataúd de mortaja rojiblanca, para reposar envuelto con el distintivo de los muchachos a quienes dedica todas las energías de su garganta.

Hasta ahora —y sigo leyendo dormido la nota de Internet— lo más lejos a que habían llegado los aficionados, en algún que otro país, era a dejar sentada su voluntad de que sus cenizas fuesen esparcidas en el estadio donde juega habitualmente el club de sus amores.

Para otros de mis amigos, semejante decisión implicaría una previa reservación de boletos de tren. Porque al club de sus amores suelen verlo y aplaudirlo en la distancia, dos veces al año, en un terreno que no es el propio.

Y ahora, ¿qué ocurre? ¡Ya!; el pregón del vendedor de aromatizantes, en plena acera de mi casa de Centro Habana, me arrebató aquel sueño.

Pido disculpas a mis conocidos; a aquel porque deberá esperar un año más; al otro, porque lo suyo es un asunto de paciencia.

Y a algunos otros, si es que con los resultados de la víspera vieron escapar sus últimas esperanzas en el play off. Fue pura broma.

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