Abogan por mayor respeto y reconocimiento para los árbitros del béisbol - Deporte

Abogan por mayor respeto y reconocimiento para los árbitros del béisbol

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Hay necesidad de renovar el envejecido arbitraje cubano con profesionales cuyo nivel se corresponda con el de sus antecesores

El béisbol, ya se sabe, es el deporte nacional en Cuba porque forma parte de la cultura del pueblo. Y los fanáticos, que se cuentan por millones, dirigen su atención hacia los peloteros. Pero en el terreno hay otro equipo uniformado, los árbitros, en quienes nadie repara salvo cuando se produce una jugada reñida. Entonces estalla la polémica.

«¡Cuchilleros!» «¿Están ciegos?» «¿A qué hora les dan la merienda?» Con el estadio Latinoamericano casi desierto, pues no jugaban los Industriales, sino Metros, estos y otros insultos retumbaban en la noche. Sin embargo, los jueces no se inmutaban. Por el contrario, en culto a la ética de su labor, respondían con suma profesionalidad y tolerancia.

Por el sondeo que hicimos entre los aficionados, detectamos que muchos asumen el ofender a los árbitros como parte de la idiosincrasia del cubano. No obstante, algunos reconocieron que hay gente que va al estadio a buscar problemas en lugar de diversión.

«Debemos ser ecuánimes y no hacerle caso al público porque la mayoría va al estadio a gritar. Si me equivoco una vez tengo que sobreponerme y evitar que vuelva a suceder, lo importante es concentrarse en el terreno, y estar pendiente de cada jugada», aseguró a JR Wilfredo Hernández, quien dirige el grupo 8 de arbitraje en la presente Serie Nacional.

Cierto es que hay equivocaciones costosas, sobre todo en aquellos juegos muy apretados y decisivos. Los propios árbitros lo reconocen y alegan no tener cámara lenta para ser exactos en las decisiones, como sucede en México, Estados Unidos y Japón, donde cuentan con un equipo de apoyo encargado de grabar todos los juegos para detectar los errores y corregirlos en caso de ser necesario.

En cuanto a la opción de revocar una decisión, aunque el error sea reconocido en el terreno, existe una norma del arbitraje en Cuba que lo impide.

No obstante, después de cada partido, todo el equipo se reúne para analizar el trabajo reciente, y por lo general suelen ser receptivos a los señalamientos, según testimonio de los propios jueces.

Empíricos y suficientes

A Wilfredo Hernández le sobra experiencia. Esta actitud ha contribuido considerablemente a elevar el nivel de los árbitros cubanos, sobre todo si conocemos que la mayoría de los que hoy ostentan calificación internacional tienen una formación prácticamente empírica.

Antes del año 2001, en Cuba no existía escuela alguna de arbitraje, así que los más experimentados jueces de la Isla provenían mayormente de grupos de aficionados al béisbol, o de una carrera vinculada a la cultura física. Su inclinación por el deporte les permitía pasar cursos de corta duración para participar en la Serie Nacional.

«Yo fui jugador del equipo Azucareros, de Las Villas. Después de una intervención quirúrgica en el maxilar dejé de competir, pero quería seguir en el béisbol y comencé mi primer curso de arbitraje en Las Tunas, durante el año 1981. Entonces no había escuelas, sino un adiestramiento todos los años. Empezábamos por las series provinciales, pero obtuve el mejor expediente en mi curso y me invitaron a la nacional. Los profesores, entonces, eran árbitros reconocidos», rememora Wilfredo Hernández.

Pero mucho ha llovido desde entonces y ya 12 oficiales cubanos pertenecen a la Federación Internacional de Béisbol. Y dos de ellos representarán a la Mayor de las Antillas en el torneo de los Juegos Olímpicos de Beijing. Se trata en este caso de Nelson Díaz y Juan José Cuevas.

Sin embargo,  hay necesidad de renovar el envejecido arbitraje cubano, y esto debe hacerse con profesionales cuyo nivel se corresponda con el de sus antecesores. Con ese fin, en el año 2001 se creó en Villa Clara la escuela de formación de árbitros Manuel de la Paz.

Para ingresar al centro docente era necesario tener menos de 35 años y haber superado el preuniversitario. Cada provincia realizaba una selección en los cursos zonales y enviaba a los más capacitados para instruirse en Villa Clara, donde cursaban cuatro años de estudio. Actualmente, el sistema académico mantiene sus normas, aunque los directivos consideran la posibilidad de exigir en la captación un nivel universitario.

La instrucción impartida en la escuela Manuel de la Paz propicia un equilibrio entre la teoría y la práctica, pues durante tres años se dedican al aprendizaje de reglas del béisbol y del propio arbitraje, así como algunas normas de educación formal. A ello se une el estudio de idiomas, lo cual favorece que los jueces cubanos sean reconocidos internacionalmente.

Una vez instituido el centro, todas las provincias del país han visto las puertas abiertas para formar sus propios árbitros. De este modo, las series regionales no precisan de la participación de jueces nacionales, sino que pueden proveerse de los jóvenes egresados de la escuela. Y este es un excelente espacio para completar y «pulir» la preparación de un árbitro, según el criterio de Wilfredo Hernández. «Mientras no cuenten con varios años de experiencia en el terreno, los árbitros no deben iniciarse en la Serie Nacional», nos dice categórico.

«Muchos de estos jóvenes tienen calidad para trabajar, pero el arbitraje exige mucha experiencia. A ellos no los llevan a juegos difíciles, ni los ubican en home, pero les permiten aplicar lo aprendido en partidos de menor complejidad, y en la medida en que pasan los años, les exigen más responsabilidades», explica.

Un mérito de la escuela consiste, además, en obviar prejuicios que limitan el desarrollo íntegro de las féminas para desempeñar una profesión como esta. Prueba de ello es Yanet Moreno, la única mujer árbitro en nuestro país, quien es graduada del recinto villaclareño hace tres años.

«Durante mucho tiempo estuve jugando softball, y tres o cuatro años después de dejarlo empecé en el béisbol. Esto fue hasta que pusieron límite de edad. Entonces ya yo actuaba como árbitro de softball en los torneos de los trabajadores y me propusieron entrar a la escuela», cuenta Yanet, de 32 años. Ella, por cierto, no se siente incómoda por estar rodeada de hombres.

«Al principio, los peloteros se impresionaron por ver a una mujer en el terreno. Era algo fuera de lo normal, pero ya se han adaptado y me respetan», dice Yanet.

En fin, no importa si hombres, mujeres, jóvenes o experimentados. Los árbitros merecen el reconocimiento de atletas, entrenadores y de la afición. Sin ellos no habría béisbol. Y no puede ser bajo su nivel si es alto el de los peloteros. La cuenta no daría. Lo que pasa es que ellos terminan siendo como los suegros, cuyos méritos callamos la mayoría de las veces. Pero los defectos...

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