El primer loco fui yo

Con Silvio Montejo Boffill, «la bala de Caibarién», termina nuestra serie de entrevistas en homenaje a los 50 años del béisbol revolucionario

Autor:

Juventud Rebelde

Se mudó hace poco para su nuevo barrio  en Santa Clara y ya todos saben donde vive. «Montejooooo», grita nuestro fotógrafo desde abajo, antes de subir las escaleras, y él aparece en unos segundos por el balcón.

Silvio Montejo Boffill está igualito al de las fotos que he visto por montones. Sin embargo, ahora tiene 65 años y sus rodillas muestran las cicatrices de varias operaciones.

Este hombre se robó el home primero que nadie en el béisbol revolucionario y le decían «la bala de Caibarién» —allí nació— por su extraordinaria velocidad. De hecho, practicó atletismo y corrió los cien metros planos. Estuvo entre los cinco mejores del ranking nacional en algún momento de los años 60, codeándose con figuras como Enrique Figuerola y Lázaro Betancourt.

—¿Por qué se decidió por la pelota?

—Quizá porque en mi familia había tradición. Mi hermano, Manuel Montejo, jugó pelota en las Grandes Ligas. A finales de los años 50 empecé a jugar en una liga que se llamaba Los cubanitos, junto con Emilio Madrazo, Enrique Oduardo y otros muchachos. Luego pasamos a los juveniles. En esa categoría logré hacer el equipo Cuba para una serie mundial que se celebró en La Habana en 1961, donde quedamos en segundo lugar, detrás de México.

—¿Es cierto que debutó como lanzador en las series nacionales?

—Así mismo. Fue en 1964, como refuerzo de Orientales, después de pasar por el servicio militar. Pero tuve problemas en el brazo. Entonces Pedrito Pérez y Natilla Jiménez me pusieron en primera base, porque querían aprovechar mi velocidad y sabían que yo era buen bateador.

—¿Cómo «se mudó» para el jardín central?

—Un día, en Matanzas, Pedrito me pidió que jugara en esa posición. Estábamos en una serie regional central, donde participaban Azucareros, Las Villas, Henequeneros y Matanzas. En aquel momento (1966) en el equipo de Las Villas teníamos a Inocente Miranda en primera base como refuerzo, pero los jardineros eran muy malos. Así empezó todo.

—¿Cuándo nació la leyenda de Silvio Montejo en el jardín central?

—No sabría decirte. Quizá cuando llegué por primera vez al equipo Cuba, para el Campeonato Mundial de 1969 en Santo Domingo. En ese momento los jardineros fuimos Fermín Laffita, Rigoberto Rosique y yo. Al año siguiente, en los Centroamericanos de Panamá, entraron Armando Capiró y Wilfredo Sánchez. Rotábamos.

—¿Por qué mucha gente dice que el primer loco de la pelota cubana fue usted?

—Porque es verdad. Me gustaba la pelota caliente, tirarme contra las cercas, aunque en aquella época no había colchones. También robar bases. Recuerdo que entre Juan «Canillita» Díaz y yo robamos 94 bases en la temporada de 1967-1968 con Las Villas. Ese es un récord difícil de igualar.

—¿Existe algún secreto para robar bases?

—Hay que estudiar los movimientos del lanzador. Natilla nos enseñó. Él decía que cuando el pitcher tirara curvas nos fuéramos si queríamos, siempre con un out. Claro, con dos outs esa jugada no se hace y sin outs puede matar un rally.

—¿De qué depende la ubicación de los jardineros en el terreno?

—Primero hay que fijarse para dónde están pidiendo los lanzamientos. Pero también los jardineros deben guiarse por el oído, igual que los receptores. Por ejemplo, Rosique tenía tremendo sentido del batazo, desde que salía. Además, con el tiempo uno va conociendo poco a poco a los bateadores y a los lanzadores. Por eso no entiendo cómo ahora casi todos los jardineros juegan igual.

—¿Hay diferencias entre aquella pelota y la de hoy?

—Ahora se batea más. Recuerdo que el difunto José Antonio Huelga decía: «A mí el que pese menos de 140 libras no me da jonrón». Seguramente influyen la pelota y el bate, pero también el pitcheo es más flojo. Natilla tenía un grupo de lanzadores para los equipos fuertes: Huelga, Macías, Legón, y otros. El resto trabajaba frente a los demás conjuntos y sabía que no podían perder.

—¿Por qué se retira Montejo?

—Me retiré cuando me empezó a costar trabajo hacer mis cosas en el terreno. Ya estaba cansado. Quizá si hubiera sido un pelotero más pasivo todavía estuviera jugando. Pero también había que darle su oportunidad a los muchachos nuevos. Aquí no se puede vivir con el nombre. En aquel momento (1977) entraron Juan Mesa y Víctor Mesa. Me mandaron un tiempo para primera base, pero no tenía sentido.

—¿Cómo le ha ido después del retiro?

—He tenido una vida muy sana. Estuve en Nicaragua como entrenador y después en Venezuela.

—¿Ha dirigido algún equipo en Cuba?

—No me gusta. La disciplina conmigo es muy importante y quizá no me adaptaría a los muchachos de hoy. Trabajé con Juan Mesa en algunas series provinciales, pero hasta ahí. Siempre me gustaron los managers recios.

«Recuerdo la vez que le rompí un récord de triples a Pedro Chávez, pero Natilla me había mandado a esperar porque estábamos debajo en el marcador. Todo el mundo salió a felicitarme y él me dijo: te vas para el banco, para que la próxima vez cojas bien las señas».

—¿No ha intentado trabajar con las categorías pequeñas?

—Lo hice un tiempo, pero me faltó paciencia. A veces uno les exige muchas cosas a los niños, como si fueran grandes. Además, se necesita visión para discriminar a los talentos.

—¿Se le quedó algo por hacer en el terreno?

—Al menos robarme el home tres veces más. Lo hice solo en una ocasión. Fue en un juego frente a Constructores. Después íbamos para Guantánamo y Jesús Oviedo, el manager, me dijo: si te robas el home no vas a Baracoa. Muchacho, salí como una flecha. Tenía que quitarme aquel viaje en la última serie del campeonato. Por cierto, estaba lanzando Marquetti.

—¿Qué consejo le daría a los peloteros jóvenes?

—Defender su uniforme. El atleta que no se entregue por su provincia, o juegue «a media máquina», no tiene derecho a estar en el equipo Cuba.

«Nosotros jugábamos para ganar. Por ejemplo, si teníamos hombre en segunda y venía a batear Emilio Madrazo, él trataba de empujar la bola hacia la banda derecha; no le importaba ser out, sino avanzar al corredor. Eso se llama jugar para el equipo. Ahora hay mucho individualismo y nadie puede decir lo contrario».

—¿Lo expulsaron de algún juego?

—Nunca. Metía mis berrinches sin pasarme de rosca. Claro, entonces los árbitros no provocaban, sino se retiraban o daban la espalda cuando el pelotero iba a perder la cabeza. Ahora muchos «ampayas» encaran a los atletas y eso está mal.

—¿Usted cree que ha bajado el nivel de la pelota cubana?

—Un poco. Hay que buscar más calidad. La Liga de Desarrollo es muy importante, pero a la par con la serie nacional. La pelota tiene que ser un sube y baja. Si te mandan para abajo por poco rendimiento enseguida quieres volver a subir y pondrás más interés. También debemos buscar topes internacionales de nivel.

—¿Por qué no gana Villa Clara?

—(Se ríe) Al majá, si está en el suelo, dale en la cabeza. Ahora Villa Clara no sabe rematar. En la serie especial de los diez millones, Las Villas tenía que ganar nueve juegos para ser campeón y los ganamos todos. Pero eran otros tiempos.

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