Promesa cumplida

Coronado campeón olímpico volvió otra vez a casa este cienfueguero, ídolo de todos

Autor:

Glenda Boza Ibarra

Ciudad Electronuclear, Cienfuegos.— Atrapar a Robeisy, es casi imposible. Típico de un muchacho de 22 años de edad, con dos oros olímpicos ya en su palmarés: no para en su casa durante las vacaciones.

Cuando él regresa a la Ciudad Electronuclear (CEN) con una medalla al cuello, se arma la fiesta durante días, literalmente. Y cómo no disfrutar de su propio agasajo.

Cuenta su primer entrenador, Jorge Luis Fermín Rodríguez, que Robeisy era «la candela en el aula», y por eso su maestra pensó en el boxeo para calmar un poco esa intranquilidad. «Desde que lo vi sabía que iba a ser grande. Al principio se me escapaba para el fútbol y la pelota, pero poco a poco le fui inculcando ese amor por el boxeo, hasta que pasó al equipo nacional», nos cuenta.

Cuando se fue a La Habana en 2008 era todavía un adolescente, pero regresó hecho un hombre de Londres 2012, al derrotar al mongol Tugstsogt Nyambayar en la final de los 52 kilogramos.

«Esa misma noche mi entrenador me explicó que obtener ese título era más responsabilidad, pues ya no me veían como el Robeisy jovencito, sino el campeón olímpico y en eso se fijan todos: los rivales, los árbitros, el público, y a veces hasta te puede perjudicar».

Era una premonición. El cuatrienio olímpico que siguió después fue un desastre para él. «No tuve la madurez suficiente para esto. Con 18 años la fama y la juventud me cayeron encima, y al no poder superarlo me desbalanceó», reconoce con vergüenza.

«La sanción de 2013 fue merecida. Me ayudó a recapacitar y luego, en 2014, empecé bien, pero entonces me lesioné la mano izquierda y tuve que dejar de entrenar, lo cual me impidió realizar varias peleas de la Serie Mundial y el Campeonato Mundial, que daban clasificaciones a los Juegos Olímpicos.

«Continué mi preparación física, pero no podía hacer la técnico-táctica, y por eso perdí algunos combates. Aun así entrené y gané el Playa Girón, y entonces mis entrenadores y el colectivo técnico me dieron mucho aliento para que tratara de clasificar a Río».

Con todos los boletos en el resto de las divisiones asegurados, solo faltaba su clasificación en los 56 kilogramos para completar la escuadra cubana que nos representaría en la cita carioca. Un primer intento fallido, y cuando solo restaban dos…, logró el cupo.

«Los Juegos Olímpicos son lo más fuerte del deporte mundial y quien va es porque obtuvo una clasificación en competencia. Son pocos los de bajo nivel y me enfoqué en cada rival. Como mi entrenador me dice “cada pelea es una medalla de oro, hay que ganarla sí o sí y centrarse en el adversario”, no pensé en las cosas adversas que tenía, porque no me iban a ayudar, sino me enfoqué en lo contrario. Si ya una vez fui campeón olímpico, por qué no podía serlo otra vez. Entonces entrené al máximo de lo posible».

Aunque las Olimpiadas en Brasil le servirían para ratificarse como campeón, no sería en su misma división, porque esta vez competiría con cuatro kilogramos más que en Londres.

«Mi cambio de peso no fue un problema. Además, la Serie Mundial me ayudó en mi preparación, pues hay muchos rivales fuertes, y verlos desarrollarse sobre el ring te deja también experiencia con posibles boxeadores a enfrentar».

Robeisy nunca ha esquivado el intercambio, le gusta. Como un disciplinado pupilo, aplica los consejos de su primer entrenador, quien siempre le inculcó que saliera decidido al combate y que fuera él quien diera primero. «La combatividad es muy importante en este deporte… y cubrirse mucho», le aconsejaba siempre.

Tales lecciones iniciales de Fermín seguro fueron aplicadas en su pelea final contra el estadounidense Shakur Stevenson, una de las más difíciles de sus últimos años —según confesó minutos más tarde—, e igualmente la medalla del boxeo que mantuvo más en vilo al pueblo cubano.

«Fue la más difícil, incluyendo la del marroquí Mohamed Hamout, que también fue fuerte. Pero en esta no era solo por la pelea, sino por la decisión de un asalto para cada uno. Que decidiera el tercero y fuera la final además, me provocó más presión. Tenía que darlo todo en los últimos tres minutos, y salí a tratar de que él trabajara lo menos posible; y gané», sentenció.

Y nadie puede entender lo que en aquel momento sintió Robeisy, cuando lo anunciaron ganador en la esquina azul; tanto así que no pudo contener la emoción.

«Fueron cuatro años no muy fructíferos para mi carrera y al final, el ser el último en clasificar me ayudó a llegar en buena forma a Río, pues me mantuve el año entero peleando. Me emocioné cuando me colocaron la medalla. Tantos tropiezos en un ciclo en el cual pude añadir más medallas a mi aval, y no lo hice; y finalmente lograr esa, otra vez,... para qué contarte. De ahí vinieron las lágrimas».

Por demás, a él no le gusta ser el favorito en ninguna competencia, prefiere llegar de a poco. «Soy de los atletas y personas que no le gustan que lo estén elogiando, porque cuando no cumples con las expectativas aparecen las críticas y los problemas. Prefiero estar en la sombra y que luego me vean como campeón. Conozco mi calidad boxística, a la mayoría de los rivales a nivel mundial, los resultados que han tenido, las veces que hemos peleado y no me pongo a pensar en otras cosas.

«Teníamos un equipo para respetar y queríamos lograr una medalla en cada división, pero no pudo ser. Me mantuve en la sombra ganando mis combates poco a poco. Unos no me vieron como ganador y otros me dijeron que sí podía.

Robeisy se convirtió en bicampeón olímpico.

«Mi familia, amigos, hermana, mi novia, todo el tiempo me decían “tú sí puedes” y lo hice también por mi niña Renata, quien cuando llamé a Cuba después de la primera pelea me dijo que me había visto, y me preguntó que por qué estaba tan despeinado si había ganado. Son cosas que me animan a seguir trabajando, y de ahí salió el título», agrega.

Además de la alegría de repetir su medalla olímpica, Robeisy tuvo un breve encuentro con Floyd Mayweather, uno de los boxeadores profesionales más encumbrados de los últimos tiempos.

«Lo vi en la instalación y quise hacerme una foto con él. Me sorprendió cuando me dijo que había visto uno de mis enfrentamientos y le había gustado. Hablamos de boxeo y me dio algunos consejos para las próximas peleas».

Por ser tan joven todavía, podría pensar entonces en igualar a Teófilo Stevenson o Félix Savón —con tres títulos olímpicos—, pero él prefiere ir despacio, y de a poco también lograr el título mundial que le falta entre los trofeos y medallas de casa.

«Ahora solamente pienso en disfrutar al máximo este triunfo con mi familia, mi pueblo y mi niña. Después deseo entrar a la escuela cuando me llamen para seguir entrenando día a día, pensar en la competencia y vencer cada batalla. Si llego a Tokio 2020, bienvenido. Veremos qué pasa, son cuatro años en los cuales pueden pasar muchas cosas».

Inatrapable todavía, lo mismo lo encuentras jugando dominó con los amigos, que durmiendo hasta el mediodía, pero siempre en la CEN, aunque desde hace algún tiempo su familia disfrute de una casa en la ciudad de Cienfuegos.

Tanta gente, su gente de la comunidad, se reúne frente al apartamento de sus padres, suben y bajan las escaleras, lo saludan, lo interrogan, lo esperan otra vez hasta altas horas de la madrugada… y a él le alegra verlos.

«Este pedacito de tierra me vio nacer y crecer, mis verdaderos amigos están aquí, el pueblo siempre me ha apoyado, me alienta para que siga conquistando triunfos. Desde un principio, antes de tener medalla segura, pedí que me hicieran el recibimiento aquí, porque tenía confianza en que podía llegar y traerles una medalla».

Y aquella noche de miércoles, cuando regresó bicampeón olímpico a casa, fue como un déjà vu de Londres 2012.

La CEN íntegra se reunió durante horas en los bajos de su edificio, y cuando preguntabas por qué tanto barullo, la gente decía: ya viene Robeisy.

Hace cuatro años dijo que al subir al cuadrilátero pensaba mucho en su gente, y trataría de obtener más triunfos sobre el ring para llevar más alegría a este sureño poblado.

Apenas unos meses atrás, cuando todavía no tenía asegurada su presencia en Río de Janeiro, volvía a repetirles: les pido que esperen siempre mis mejores resultados. Lo voy a hacer por ellos. Vivo orgulloso de ser cubano y cienfueguero, y más que nada, de la CEN.

Y cumplió su promesa, coronado campeón olímpico volvió otra vez, a casa, el ídolo de todos.

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