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Galiano

Galiano es una de las calles más importantes de la ciudad. Sigue siendo la vía comercial por excelencia y lugar donde se ubican importantes centros culturales y recreativos. En su cruce con San Rafael da vida a la famosa «esquina del pecado», donde se medía el pulso de la ciudad. Aunque Jorge Mañach en sus célebres Estampas de San Cristóbal (1926) confesó que no acertaba a definir Galiano, calificó su encuentro con San Rafael como un «vía crucis de los sentidos… por donde, a la hora “del cierre”, en que la villa se esponja empapada de crepúsculo, discurre quebradamente el mujerío inefable de la ciudad».

En su esquina con Neptuno se hallan el vistoso Teatro América y la Casa de la Música de Centro Habana, y en la manzana que forma con las calles Reina, Águila y Dragones, donde hasta el triunfo de la Revolución se erigió la Plaza del Vapor, llamada también Mercado de Tacón, se encuentra el parque del Curita en recuerdo de Sergio González, el valeroso combatiente clandestino, jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, asesinado por sicarios de la dictadura batistiana, en marzo de 1958. Durante nueve años, Sergio  se preparó para el sacerdocio en los seminarios de San Basileo el Magno, de Santiago de Cuba, y San Carlos y San Ambrosio, de La Habana. De ahí su sobrenombre. Le llamaban con cariño el Curita. Ese parque es, desde hace años, un importante entronque del transporte urbano y un abejeo de gente a toda hora.

También fue un importante nudo del transporte urbano la esquina de Galiano y Trocadero, llamada «de las transferencias» porque durante los 35 años iniciales del siglo XX fue uno de los sitios donde el viajero, papelito en mano —la transferencia— esperaba pacientemente hacer el cambio de tranvía, como refiere Eduardo Robreño en su libro Cualquier tiempo pasado fue… y precisa que por el lugar cruzaban las principales rutas y algunas, como la de Luyanó-Malecón, lo hacía inexplicablemente por las mismas paralelas en el viaje de ida como en el de vuelta, dando lugar a confusiones entre los pasajeros.

Refiere el autor de Como lo pienso… lo digo que en dicha esquina se ubicaba la redacción del periódico El Día, órgano del Partido Conservador; edificio que ocupó después el diario El País, publicación que, se dice, revolucionó el periodismo de entonces gracias al dinamismo que supo imprimirle su director, Rafael Conte, uno de los periodistas más brillantes de todos los tiempos, autor de una columna cuyo título sintetiza su estilo: «Con la punta del bate». En una época en que el radio no transmitía los juegos de pelota, la fanaticada se arremolinaba en la esquina de Galiano y Trocadero para seguir las incidencias de los desafíos que, con voz gangosa, anunciaba desde el balcón de El País «un morenito refistolero al que le decían Herrerita», según recordaba el ya aludido Robreño.

Por cierto, cuando la crisis de los años 30, Alfredo Hornedo, el propietario del periódico, abrió allí una cocina popular para aliviar el hambre de los más menesterosos. Al trasladarse El País, en 1941, para a un edificio propio en la Calzada de Reina —inmueble que, me escriben los lectores, ha sido depredado a conciencia— el viejo caserón de Trocadero, que fuera el palacio de la Condesa de Buena Vista, albergó el Juzgado Correccional de la Sección Tercera. Frente se hallaba el edificio de la redacción de la revista Bohemia, que abrió sus puertas en 1908.

Otros establecimientos de la esquina eran la juguetería Confeti, propiedad del genial dibujante Conrado W. Massaguer, y el bar donde, en la trastienda, Enrique de la Osa y Carlos Lechuga se reunían con sus colaboradores para planear los materiales que aparecerían en la sección En Cuba de la siguiente edición de Bohemia. Estaba además un comercio de los llamados entonces «de línea blanca» —refrigeradores, aires acondicionados, entre otros—, que llevaba el nombre de Chez Matalón por el apellido de su propietario, un ingenuo argentino que inexplicablemente caía siempre en las bromas que desde un teléfono público le tendía el caricaturista Arroyito y que, luego de un intercambio de palabras gruesas, lo ponían a punto de irse a las manos con los propietarios de los dos comercios que flanqueaban el suyo.

Mucho cambió esa esquina con el transcurrir de los años. La circulación de Galiano es ahora en una sola dirección y Trocadero es solo en subida. El edificio de Bohemia fue demolido. Tampoco existen El Día ni El País, ni el bate de Rafael Conte.  Ni Matalón y las bromas de Arroyito. Ni hay tampoco allí juguetería de Massaguer que valga. Y hasta las transferencias dejaron de existir desde hace décadas. Sospecho que los lectores más jóvenes desconocen qué quiere decir el escribidor con eso de transferencias.

Mientras el precio del pasaje se mantuvo en ocho centavos, existió la transferencia. Si el pasajero debía proseguir viaje, porque la guagua que había tomado no llegaba a donde él lo necesitaba, pedía una transferencia que, por dos centavos adicionales, le permitía seguir su recorrido en un ómnibus de la misma empresa. El comprobante de la transferencia era más largo que el del pasaje y el conductor antes de entregarlo, con un ponchador, le marcaba la hora y el lugar donde el pasajero haría el cambio de ómnibus.

De ida y vuelta

Galiano debe su nombre a don Martín Galiano, ministro interventor en las obras de fortificaciones de la ciudad, quien construyó un puente, que llevó su apellido, sobre la Zanja Real que recorría la actual calle de este nombre y surtía de agua a la ciudad.  Luego, en 1839, se construyó otro puente que permitía el paso del ferrocarril que salía de la Estación de Villanueva, que se encontraba en parte de los terrenos donde hoy se ubica el Capitolio.  Hasta 1842, Galiano estuvo cerrada en la calle San Miguel por una manzana de casas. Desde ahí hasta San Lázaro, Galiano no era Galiano, sino Montesinos, posiblemente un vecino o comerciante del lugar. En 1917 recibió el nombre oficial de Avenida de Italia, que no ha sido revocado.

En la esquina de Zanja existió un baño público. También una academia de baile. Y en un caserón de media esquina, un teatro chino que, decía Alejo Carpentier, aseguraba a su público «una de las más admirables fábricas de ensueño que pueda imaginarse» y donde una función podía extenderse durante cinco horas sin intermedio ni actos y, más allá del idioma, la trama de la obra representada se hacía comprensible para quien conociera su simbólica admirable. De Galiano y Zanja salía el tren eléctrico que llevaba a la playa de Marianao.

Por las calles que se abocaban a lo que sería el Malecón corrían cloacas, en forma de zanjas, que desaguaban en el mar. Las más anchas pasaban por Industria y por Galiano. En esta calzada, la cloaca estaba cubierta hasta Trocadero y, a partir de ahí, seguía su curso descubierta salvo en el cruce con San Lázaro. Desde San Miguel hacia el mar, Galiano fue rellenada para extenderla hasta la costa. Se pavimentó y se construyeron mejores casas, con portales. Lo que la convirtió en una de las más hermosas de la capital. La imagen de la virgen de Monserrat, que se venera en la iglesia de Monserrate —Galiano y Concordia— es copia de la original, en Barcelona. En ese templo contrajeron matrimonio los padres de José Martí. También Carlos J. Finlay y Adelaida Shine Blanck. Curiosamente, ese mismo día recibe su fe bautismal Antonia Bruna Martí y Pérez, hermana del Apóstol. Más tarde es bautizada allí Dolores Martí Pérez. Y años después José Francisco Martí Zayas Bazán. Vecino ilustre de esta calzada fue el mayor general Máximo Gómez. Una casa que le obsequió el pueblo de La Habana.

Sí. ¡Es tío! ¡Es tío Pepe!

Corre la madrugada del 21 de mayo de 1895 y tres hombres caminan de prisa por Galiano hacia la calle Zanja, donde se halla la redacción del periódico La Caricatura. En las horas precedentes ha circulado en la ciudad el rumor  de la muerte de Martí y se pudo saber que a La Caricatura había llegado un negativo remitido por el fotógrafo Higinio Martínez, corresponsal del periódico en el campo de guerra, que llevaba una nota en la que se leía: «Se dice que es Martí».

Su familia se desespera. Quiere corroborar cuanto antes, de ser posible antes de que apareciera publicada la foto, si el muerto era, en definitiva, su pariente. Doña Leonor, la madre,  no cesa de llorar, y Manuel García, su cuñado, aunque duda de que sea cierta, quiere corroborar la noticia. Con Leonor Martí tiene dos hijos, Manolo y Mario, y en compañía de este, pese a lo intempestivo de la hora, se atreve a tocar a la puerta de su antiguo vecino y casero Federico Villoch que, con sus crónicas sustituyó a Julián del Casal en La Caricatura.

Nadie mejor que él para abrirle las puertas del diario que, con motivo del suceso, saldría con 60 000 ejemplares al día siguiente. El director los hace pasar de inmediato al archivo y allí saca de un paquete el negativo en cuestión que ya había sido trasladado a la piedra litográfica, lo coloca ante un bombillo eléctrico amarillento y deslustrado e invita a los visitantes a que lo revisen. Aparece un hombre tendido en una parihuela, abierta la camisa, intacta la cabeza, deprimida la barbilla y la frente ancha como la ladera de una montaña.

—Sí, ¡Es tío! ¡Es tío Pepe!, exclama el sobrino y rompe en sollozos. La noticia es dolorosamente cierta.

—Ahora se acaba esto —dice uno de los empleados del periódico que asiste a la escena.

—¡Ni lo piensen! —ruge uno de los maquinistas que conoció a Martí en Tampa—. Ahora es cuando hay que «meter palante» con más fuerza.

Un acontecimiento

Digna de mención es la inauguración en la calle Galiano del cine teatro América, el 29 de marzo de 1941. Instalación emblemática de una ciudad moderna. Paralelamente se inauguraba el edificio Rodríguez Vázquez donde se enclava. Una edificación de diez pisos, y otros dos en la torre, y 67 apartamentos para alquilar. Hace recordar el Rockefeller Center, de Nueva York.

 

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