Roberto Baggio falló en la final del Mundial de Estados Unidos 1994 el penal que le dio el cuarto título a Brasil Autor: BeSoccer Publicado: 21/05/2026 | 11:12 am
La promesa había nacido veinticuatro años antes, en el regazo de un niño que no levantaba tres palmos del suelo. En 1970, mientras la Brasil de Pelé tejía una de las mayores humillaciones jamás vistas en una final —aquel 4-1 que dejó a Italia hecha pedazos—, un pequeño llamado Robbi se abrazó a la pierna de su padre y, entre lágrimas ajenas, soltó una sentencia que el destino guardó en un cajón: «Tranquilo, papá, venceré a Brasil, yo ganaré una Copa del Mundo para ti». El fútbol, que tiene la memoria de un elefante y la ironía de un dios caprichoso, se encargó de poner a aquel mismo niño, ya convertido en el mejor futbolista del planeta, frente al espejo de su propia profecía. Era el 17 de julio de 1994. El Rose Bowl de Los Ángeles ardía bajo un calor que superaba los treinta grados, y Roberto Baggio, el Divino Codino que había cargado sobre sus hombros a toda una selección —con goles milagrosos ante Nigeria, con un doblete antológico ante Bulgaria—, se plantaba en el punto de los once metros para mantener vivo el sueño.
Pero aquella calurosa tarde, el balón decidió ser pájaro en vez de proyectil. Baggio tomó carrera con la determinación de quien ya había vencido a todos sus demonios; sabía que Taffarel se lanzaría a un costado, así que buscó el centro, a media altura, como dicta la lógica de los cobradores serenos. Sin embargo, el esférico, poseído por una fuerza inexplicable —que los brasileños atribuyeron a Ayrton Senna empujándolo desde el cielo—, ascendió tres metros por encima del larguero y se perdió en la soleada tarde californiana. En ese preciso instante, mientras los jugadores de Brasil estallaban en una celebración que inundaba el césped de amarillo, Italia entera se convirtió en una sola habitación a oscuras, y el silencio invadió todas las casas de Italia. Cada plaza, cada bar, cada cocina familiar quedó suspendida en un vacío de estupor, como si el país hubiera contenido el aliento hasta el borde del desmayo.
Y sobre el punto de penalti, en el epicentro del silencio universal, quedó la estampa más desoladora que haya dado el deporte. Roberto Baggio miraba hacia el suelo con los brazos en jarra, inmóvil, como si aquel prodigio de la pelota hubiese perdido el alma en el vuelo del balón. No era una simple imagen de derrota, sino el retrato mismo de la tragedia griega trasladada al césped: el héroe que, tras sostener el mundo sobre sus hombros, se desploma justo en la última baldosa del camino. En sus ojos podía leerse la tristeza infinita, la representación de un sueño frustrado, la promesa rota de un niño que un día le juró a su padre algo que nunca le pudo dar. Los brasileños corrían a abrazarse mientras Baggio permanecía allí, solo entre veintidós, convertido sin saberlo en el protagonista de una frase que Italia comenzaría a pronunciar con el tiempo: «Sócrates murió envenenado, pero Baggio murió de pie». Su confesión, años después, helaría la sangre de cualquier aficionado: «Sentí que me moría por dentro. Si hubiera tenido un cuchillo, me habría apuñalado. Ese día podría haberme suicidado y no habría sentido nada».
Lo más cruel de aquella herida es que nunca terminó de cicatrizar. «Es una herida que nunca se cierra», repetiría el italiano con los años, «todavía sueño con aquel penal; si pudiera borrar una imagen de mi vida, sería esa». Durante más de cinco años, nadie pudo consolarlo del todo: ni el abrazo del cuerpo técnico, ni el cariño de una afición que lo idolatraba, ni siquiera el refugio del budismo, esa filosofía que abrazó buscando una paz que el fútbol le había arrebatado. La culpa, como un veneno de efecto retardado, se le instaló en el alma: «Sentí la culpa de todos los italianos. Quería desaparecer. Fue una vergüenza infinita, una de esas cosas que se quedan contigo aunque pasen los años». Porque Baggio no falló un penal cualquiera; falló el penal que condensaba todas las derrotas anteriores, todos los casi de cuartos, todas las finales perdidas de una selección acostumbrada al sufrimiento, y lo hizo justo él, el Divino, el que había caminado sobre las aguas durante todo el torneo para naufragar en la orilla definitiva.
Han pasado más de tres décadas desde aquella noche en Pasadena y todavía hoy, cuando un aficionado italiano cierra los ojos y evoca el vuelo de aquel balón hacia las nubes, puede sentir el escalofrío de un país entero callando al unísono. Pero también, con el paso del tiempo, aprendió a ver en aquella figura solitaria del Rose Bowl algo más que una derrota: la dignidad de un hombre que, incluso roto por dentro, se mantuvo en pie. Porque hay derrotas que, como las cicatrices de un guerrero, cuentan la historia de quien luchó hasta el último aliento, y Baggio, aquel chico de la coleta que le prometió una copa a su padre, nos enseñó que incluso los dioses del fútbol pueden llorar, pero solo los verdaderos campeones saben hacerlo sin arrodillarse.
