Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El precio del silencio

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

SE sintió acorralada, sin fuerzas para seguir adelante y peor, sin comprender. Buscó la salida más simple, aunque no la más fácil, y falló en el intento, por suerte. Quitarse la vida no puede ser nunca la solución, y menos cuando se trata de salvar otra vida.

Sin embargo, la historia es más larga y compleja. No es ella la que sufre los maltratos de su esposo, los gritos, la desatención y en no pocas ocasiones, los rezagos de un exceso de alcohol. Ella es la que padece desde lejos, desde la impotencia que le genera ver a la hermana en esa situación, sin querer dejarse ayudar.

Él se siente dueño, y por tanto, seguro. Su pareja calla, soporta, teme. La hermana le asegura que no se quedará de brazos cruzados y que acudirá a la policía para terminar de una vez con ese ciclo fatal de violencia. Pero ante las autoridades es la víctima quien no puede ocultar la verdad, y lo hace. Lo hace por miedo, porque tiembla al imaginar qué pasará después.

Los días pasan, las escenas violentas se repiten y a él no le basta con hacer valer su opinión, con golpes si es preciso, en su casa. Se siente más fuerte al amenazar a la cuñada, al asegurarle que la desaparece del mapa si vuelve a instar a su esposa a denunciarlo, si intenta meterse de nuevo en el medio de la relación que llevan. Incluso puede acabar con la vida de las dos, le advierte. Víctima de las amenazas, esta mujer que sufre casi en carne propia lo que le sucede a su hermana, decide callar también para evitar que entonces sea su marido quien tome como suyo este problema. Pero callar la hace explotar, y se aturde, y se siente presa de sí misma, y casi muere.

Violencia, poder, miedo. Todo se conjuga y otra vez escucho una historia que no debería repetirse. ¿Con qué derecho y bajo qué preceptos una persona maltrata a otra? ¿Hasta cuándo la que sufre preferirá callar?

Hay quien ama, a pesar de todo, y cuando oye las disculpas y los lamentos vuelve a confiar, hasta que sucede de nuevo, y otra vez la convencen de que la culpa es del alcohol o del mal genio o de ella misma, que no hizo aquello o esto o lo otro. Hay quien ya no ama, pero cree que a sus hijos no les convendría vivir sin su padre, o que pasarían más trabajo si abandonan ese techo seguro, o la vida cómoda…

Las razones pueden ser miles, y no juzgo a quien las tenga. Pero no es posible que se viva en sumisión, o envuelta en temores, o en una bonanza material que tiene como precio soportar todo. ¿Por qué? ¿Cuán poco es el amor propio de quien permite que la ultrajen físicamente y emocionalmente? ¿Por qué creen que intentando olvidar lo que un día sucedió es suficiente para que no se repita?

Entre marido y mujer nadie debe inmiscuirse, dice un conocido refrán, pero la familia también sufre, y los amigos, los vecinos. Se preocupan y a veces quieren ser los que tomen al toro por los cuernos para solucionar el problema, pero no es así.

La víctima, la misma víctima debe quererse a sí misma y comprender que existen los caminos para llegar a la solución, y que además existen las personas que le extienden sus manos para llegar.

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