Steinmeier en el vestíbulo del infierno

Autor:

Luis Luque Álvarez

Foto: Reuters «Peor el remedio que la enfermedad», anuncian los mayores cada vez que alguien, pretendiendo enmendar una falta, comete una más grave. Y así le pasó días atrás al ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Franz Walter Steinmeier, que al intentar justificarse, terminó adentrándose aún más en la ciénaga.

El asunto viene sonando hace meses: Murat Kurnaz, un ciudadano turco nacido y residente en Bremen, Alemania, fue secuestrado por fuerzas de EE.UU. en Paquistán y trasladado a la ilegal base naval de Guantánamo en febrero de 2002, acusado de vínculos con los talibanes. En aquel limbo recibió su dosis de tortura física y psicológica, y cuando el Pentágono se convenció de que era inocente, comunicaron a Berlín que lo devolverían, pero el gobierno germano se negó a recibirlo, por lo que debió permanecer en ese infierno hasta agosto de 2006.

Según el testimonio del ex detenido, por hablar con otros prisioneros, «ellos (los militares estadounidenses) te podían golpear, amarrarte y dejarte tendido por 12 horas». La privación del sueño y de alimentos, los cambios súbitos de temperatura y la práctica de asfixiar al reo hasta desmayarlo, también fueron referidos.

¿Dónde entra Steinmeier en este potaje? En que, como ministro de la Cancillería Federal y coordinador de los servicios de inteligencia en ese período, estaba perfectamente al tanto de dicho calvario y no movió un solo dedo para que terminara.

Ahora está en curso una investigación parlamentaria para determinar a fondo la implicación de Steinmeier. Pero lo que ha asombrado sideralmente a la opinión pública es su más reciente declaración a la revista Der Spiegel: «Hoy no tomaría una decisión distinta».

O sea, a pesar de que no había pruebas para señalar con el índice a Kurnaz, el jefe de la diplomacia germana da por buenas la captura ilegal y las torturas que sufrió el ciudadano turco-alemán. No tomar «una decisión distinta» es decir: «¡Qué bien estuvo todo! No había que hacer nada...».

Casi al principiar su viaje por el infierno, Dante observó en el vestíbulo a unas almas que se mordían entre sí, reñían y se mezclaban en un decadente torbellino. No tenían permitida siquiera la entrada al averno. Y el poeta Virgilio informa al florentino: «Es la suerte ignominiosa/ de las míseras almas que vivieron/ sin infamia ni aplauso, vida ociosa».

Se trataba de sujetos que, pudiendo hacer el bien, no lo hicieron. Era suya la oportunidad de dar una mano al prójimo, sin embargo prefirieron cruzarse de brazos. «Que el otro se hunda; yo, tranquilo». Por eso, Dante los deja en el vestíbulo. Por su indiferencia culpable.

Y de ella tiene bastante Steinmeier. Con su reafirmación, contradice incluso a su jefa, la canciller federal Ángela Merkel, quien ha pedido a Washington el cierre de la prisión en Guantánamo. ¿Cómo es posible que indirectamente su titular de Exteriores deje sentado, al aprobar el suplicio de Kurnaz, que es necesario un mecanismo de este tipo en previsión de posibles «amenazas a la seguridad»? ¿Guantánamo no, pero Guantánamo sí?

Además, en el caso del secuestrado, su inocencia quedó comprobada, ¡pero después de haber padecido una prisión que no merecía! ¿Es esta quizá la extraña forma en que Alemania aboga por el respeto a los derechos humanos? ¿Acaso «todos tienen derecho a la presunción de inocencia... menos este turco»?

Fue correcto no hacer nada, opina Steinmeier. Por eso, precisamente, no hay quien lo mueva del vestíbulo...

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