La salud cubana celebra 45 años de internacionalismo - Internacionales

La salud cubana celebra 45 años de internacionalismo

Tres de los miembros de la primera misión médica que viajó a Argelia en 1963 cuentan a JR sus experiencias

Autor:

Pablo Resik Habib, de 77 años, esactualmente profesor de la Escuela Nacional de Salud. Irene Beausoleil Delgado (63 años) es investigadora delCentro de Inmunología Molecular. Valeria Domínguez Alfonso, enfermera retirada de 68 años.

Corría el año 1962, y nuestro país sufría un gran déficit de médicos: 1 500 habían emigrado fundamentalmente hacia Estados Unidos luego de 1959, y otros tantos habían solicitado su salida del país. Sin embargo, la Revolución no arrancaba sin mirar a su lado.

Por ello, durante la inauguración del Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón, donde se formarían los nuevos profesionales de la salud bajo una concepción social y humana de la medicina que tanto necesitaba el país, Fidel hizo un llamado a brindar ayuda médica a Argelia, país que recientemente salía de una guerra contra el colonialismo francés. La mayoría de sus médicos eran franceses y habían emigrado a Europa luego de la independencia de Argelia.

El apoyo sobró. Muchos se alistaron y el 23 de mayo de 1963 el primer grupo de 55 profesionales de la salud, conformado por 29 médicos, tres odontólogos, 15 enfermeros, y ocho técnicos medios, salió hacia ese país del Norte de África. Una vez allí, ocuparon sus puestos en seis ciudades argelinas, incluida Argel, su capital.

Lo que encontraron

El panorama desolador de la asistencia médica argelina era evidente. Irene Beausoleil Delgado, la más joven del grupo, entonces con 17 años recién cumplidos, y la única instrumentista, cuenta que cuando llegó al hospital de Siddi Bel Abbes, en el que trabajaría, se sorprendió al descubrir que en toda la instalación —«tan grande como el Calixto García»— había un solo cirujano. Sin terminar el recorrido por el centro tuvo que incorporarse a una extracción de apéndice.

Igualmente, le chocó que a pesar del triunfo de la revolución argelina, los ciudadanos tuvieran que pagar por la atención médica.

«Los médicos que se quedaron tenían como una componenda. La gente no podía ir directo al hospital, debían primero pagar por ello en una consulta previa. Ese negocio se les cayó cuando llegamos nosotros. Por eso nos hicieron campañas negativas, dudando de nuestro profesionalismo. Pero al final la verdad salió a flote, y cuando los argelinos vieron que brindábamos atención médica gratuita a cualquier hora y lugar, nuestras consultas se comenzaron a llenar. Yo misma estuve en más de mil operaciones».

Nos explica, además, que quienes atendían las salas no eran enfermeras sino auxiliares de limpieza a quienes «ayudamos en su formación como enfermeras. No fue fácil, pero cuando nos fuimos allí se quedó formado un personal».

Valeria Domínguez, que estuvo junto a su esposo, el pediatra Pedro Antonio Báez, en un pueblito periférico de Siddi Bel Abbes, recuerda la mucha pobreza que encontró allí, junto a enfermedades diarreicas y poca higiene. Por ello también ofrecían charlas educativas a las madres argelinas sobre la atención a sus hijos.

Un descubrimiento cultural

Para estos galenos, la estancia en Argelia además de salvar vidas les permitió el descubrimiento de una cultura tan fascinante como desconocida: la árabe y mahometana. El idioma, el vestuario, la religión, la culinaria, el comportamiento y cada uno de los aspectos que conforman ese concepto tan rico y abarcador, les era ajeno.

La discriminación que sufría la mujer argelina en la familia y la sociedad les resultaba insólita para este grupo procedente de una tierra donde la Revolución iba a cada rincón de lo humano. Pero la inquietud inicial, con el conocimiento, pronto se trastocó en respeto.

«Nos impactó mucho que las mujeres no tuvieran los mismos derechos que nosotras. Tenían que esconder el rostro y reverenciarse ante los mandatos masculinos. Pero poco a poco comprendimos que eso no podía cambiar de un día para otro, sino que formaría parte de un proceso muy largo para que entendieran el derecho que tienen a participar en el trabajo, en el estudio y en cualquier otra actividad social», cuenta Valeria.

Por su parte Irene nos revela su encuentro con el ramadán en la ciudad de Orán, al norte de Siddi Bel Abbes. Durante ese ritual el ayuno es obligatorio para todo musulmán. Aquella vez el hecho de ser cubana la salvó de un mal momento.

«Me estaba comiendo un chocolate y de pronto veo un cerco alrededor mío. Un hombre me pregunta por qué estaba comiendo, pero yo no entendía qué sucedía. Vino la policía y entonces comprendí y dije ¡ah, yo soy cubana, no argelina! Pero allá la palabra Cuba no la entendían tanto como Fidel Castro. Yo dije: “cubana”, y no logré nada. Sin embargo, cuando grité: “yo soy de Fidel Castro”, enseguida me dejaron tranquila. Incluso, uno de ellos comenzó a hablarme en español y me pidió disculpas. Yo le expliqué que estaba allí en una misión para ayudarlos».

«La religión era muy fuerte. En esta Isla luchamos hasta con los muertos para revivirlos. Estando en Cuba yo trabajé en una sala de terapia intensiva donde había niños que sabíamos iban a morir. Sin embargo, seguíamos inyectándolos y dándoles masajes y queriendo que volvieran a la vida. Pero allá, era totalmente distinto. Cuando los argelinos veían a sus familiares graves, nos decían: ya médico, no le haga más nada, deje que vaya tranquilo a la montaña», relata con tristeza Valeria.

Otro de los problemas que enfrentaron los doctores fue el desconocimiento de los idiomas árabe y francés. No obstante, ante el obstáculo se impuso la creatividad.

Según rememora Pablo Resik Habib, al frente de esa misión desde enero de 1964 hasta su conclusión en junio de ese año, se crearon cadenas de traducción en las consultas para que el médico pudiera entender al paciente, y este último comprendiera el diagnóstico y las orientaciones médicas.

Encuentro con el Che

Internacionalistas cubanos reunidos con el Che. Señaladas, de derecha a izquierda, Valeria e Irene. En julio de 1963, el Che visita Argelia para el primer aniversario de la independencia. Durante su estancia recorrió diferentes localidades donde trabajaban los colaboradores cubanos, y ese encuentro con el líder revolucionario salta a la memoria de estos protagonistas como una cita ineludible.

«El Che se sentó con nosotros y estuvimos conversando largo rato con él. Era una personalidad arrolladora, un hombre que fascinaba oírlo hablar, porque era muy directo. Se fijaba mucho en todo. Yo me di cuenta de que él nos analizó a todos en ese momento», cuenta Irene.

«Fue maravilloso y sorpresivo. El jefe de la misión nos pidió que nos trasladáramos a Siddi Bel Abbes. Cuando llegamos, ¡tremenda sorpresa!: el Che en persona. Él hablaba con tanta dulzura y claridad, que nos quedábamos atónitos.

«Algunos compañeros se quejaron de que la ropa que llevaban no era adecuada para el frío que había allá y no tenían dinero para comprarla —recuerda Valeria—, y luego de este encuentro se nos comenzó a pagar un estipendio. Oiga, lo que dijera el Che era palabra santa».

Ileana: ¿Un problema?

Al poco tiempo de estar en Argelia, Valeria quedó embarazada. La dirigencia de la misión médica quiso que regresara a su Patria para que hiciera un embarazo sano, lejos de los ajetreos que le imponía la cotidianidad argelina.

Su respuesta fue atrevida y valiente: «Dije que no, que si allí tantas mujeres habían tenido a sus hijos, por qué yo no lo podía hacer. Además, yo estaba en las manos de mis compañeros. Y así fue. Cuando estuve a término, uno de mis compañeros me practicó la cesárea y nació Ileana».

Su hija nunca le impidió realizar su trabajo. Enseguida que se restableció de la cirugía Valeria se incorporó a las consultas.

Lo que dejaron...

Para Irene, Valeria y Pablo, esa primera misión constituye un pedacito de sus vidas muy añorado.

Emocionadas, las dos mujeres rememoran, como quienes tienen ante su vista una película, su despedida de Siddi Bel Abbes en la madrugada.

«Todo el pueblo estaba afuera en las calles cuando salimos. Yo me decía que eso no podía ser posible», dice Irene, y se entristece al pensar en aquella pequeña que cuando entró a su salón de operación le tomó de la mano y no la volvió a soltar hasta su total recuperación. Se compenetraron tanto que le hubiera gustado traerla consigo a Cuba. Nunca más supo de su suerte.

Como tampoco de su entrañable amiga Fetiha, una argelina maqui —así llamaban a las mujeres que habían participado como combatientes en la guerra—, quien le ayudó a aprender el francés, y de quien prefirió no despedirse.

Por su parte, Valeria se pregunta qué habrá sido de aquel pequeño que caminaba arrastrándose, porque había nacido con defectos en las piernas, y a quien cada día le regalaban una cesta de mandarinas. Su esposo le pagaba la escuela de su propio bolsillo, por eso aún hoy se muestra preocupada por si aquel niño pudo culminar su educación. «Estoy segura de que si fuera en estos tiempos, ese pequeño hubiera podido volver a caminar».

Después de 45 años

Pocas cosas se recuerdan en la vida con tanta nitidez y orgullo después de 45 años. La estancia en Argelia es una de ellas. «Viví aquel año tan intensamente como si fueran diez», dice Irene.

«Me siento feliz», dice Valeria. «Y a veces pienso y me pregunto cómo pude».

«Eso no se olvida nunca. Al menos yo no he podido, aún la recuerdo como si fuera ayer. Después de ese viaje he hecho muchos a otros países del mundo, pero ese es el de mayor significación e impacto en mi vida, y por ello estoy muy agradecido», valora Pablo y agrega que aquello no solo fue un descubrimiento cultural, sino también una gran escuela científica, política y humana.

«Científica porque tuvimos que enfrentarnos a enfermedades que no existían en Cuba y a situaciones de trabajo también muy diferentes. Política porque cuando palpamos la mala asistencia médica que tenía el pueblo argelino, pudimos entender mejor el fundamento social de las transformaciones políticas que se estaban llevando a cabo en nuestro país. Nos hizo entender el fundamento social y humano de la medicina, así como la visión y generalidad de Fidel de enviar ayuda internacionalista a países que estaban peores que nosotros».

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