¿Resucitando el Plan Baker?

Una verdadera iniciativa de paz debería tomar en cuenta un referéndum limpio y el derecho del pueblo saharauí a votar por su independencia

Autores:

Luis Luque Álvarez
Jorge L. Rodríguez González

Ganar tiempo. Esa ha sido la estrategia que durante más de 30 años ha empleado el reino de Marruecos para mantener su ilegal ocupación del territorio saharauí. Simulaciones políticas y discursos demagógicos han sido el jamo del que siempre ha echado mano Mohamed VI para sentarse a una mesa de negociaciones con el Frente POLISARIO, presumiendo de querer «solucionar» el enquistado conflicto en la nación del noroeste de África.

Esta semana, ambas partes se reunieron en Dürnstein, cerca de Viena, la capital austriaca, para «desbloquear» unas negociaciones en punto muerto sobre el futuro estatus del único país africano aún por descolonizar.

El encuentro, celebrado en secreto y lejos del fisgoneo de la prensa, responde a la iniciativa del enviado especial de la ONU, Christopher Ross, de entablar reuniones informales que alimenten la voluntad de volver a otra ronda, luego de que el cuarto intento fracasó 18 meses atrás, debido a la falta de voluntad política de Marruecos para entablar un diálogo que —si Rabat no hace oídos sordos al Derecho Internacional— solo puede derivar en la definitiva independencia de ese pueblo.

La gasolina que ha puesto fin a la inercia en el asunto es la presunta posición del presidente estadounidense, Barack Obama, a favor de la solución del conflicto según la legalidad internacional y el papel de la ONU, lo cual le pone el terreno escabroso al reino, que contó con el total apoyo de la administración de George W. Bush.

Marruecos ostenta varias prebendas: la de haber sido reconocido en 2004 por Washington como su «aliado extra OTAN» en la región, y la de convertirse en el primer país africano en tener con EE.UU. un Tratado de Libre Comercio.

Pero ahora las autoridades de Rabat se encuentran bastante intranquilas desde la última «indirecta» de Obama: en una carta de agradecimiento a Mohamed VI como respuesta a las felicitaciones que este le envió con motivo de la fiesta nacional de EE.UU. —el 4 de julio—, el inquilino de la Casa Blanca «olvidó» alabar la oferta marroquí de un régimen de autonomía para el Sahara Occidental, aunque puntualizó que Washington trabajaría con Rabat y otros «para llegar a una solución que responda a las necesidades de las poblaciones, en materia de gobierno transparente, confianza en el Estado de Derecho y una administración de justicia equitativa».

Bueno, bueno, calma: Es verdad que Obama no celebró las pretensiones anexionistas de Marruecos, pero tampoco las criticó. Y quien calla…

Hasta el momento, nada novedoso ha trascendido de la cita en Viena. Fuentes diplomáticas hablan solo de contactos «preparatorios e informales», y que hubo un compromiso para «continuar las negociaciones cuanto antes», tal vez antes de fin de año, pero no se precisó si sería para verse las caras nuevamente de manera informal, o si se pondría sobre el tapete alguna propuesta concreta.

Rabat, para quien espere maravillas, no está dispuesto a ceder y aún se mantiene aferrado a su propuesta colonizadora. Mientras, con toda justicia, el Frente POLISARIO exige un referéndum que reconozca el derecho del pueblo saharauí a votar por su independencia.

El reclamo del movimiento independentista saharauí es punto clave de una propuesta de la ONU, denominada Plan Baker II. La iniciativa del entonces mediador James Baker —ex secretario de Estado norteamericano—, establecía un período de autonomía de entre cuatro y cinco años para el Sahara Occidental bajo jurisdicción marroquí. Después se celebraría un referéndum de autodeterminación, en el que el pueblo saharauí decidiría si el territorio seguiría anexado a Marruecos o se convertiría en un país independiente.

Hasta el momento el POLISARIO ha respetado, tanto lo dispuesto por la ONU, como el alto el fuego con el país agresor en 1991. Sin embargo, Marruecos, temeroso de perder las dos terceras partes que ocupa del Sahara —la de mayores riquezas naturales, explotadas ilegalmente por la monarquía alauita—, dio la espalda a la resolución apoyada por el Consejo de Seguridad.

Aún Christopher Ross no ha revelado su plan, aunque en los últimos tiempos el fantasma del Baker despierta como una posible jugada. Pero para Marruecos, cualquier idea sobre una consulta que incluya la opción de la independencia, es desde ya papel engavetado, a no ser que logre inflar, como ha intentado en innumerables ocasiones, el registro de votantes con el objetivo de obtener un resultado favorable: el Sahara Occidental como una provincia autónoma marroquí, o la definitiva anexión.

Al respecto, el reino no acepta el viejo censo, elaborado por las autoridades coloniales españolas y que recoge la cantidad de ciudadanos que realmente tienen derecho a decidir por el destino de su país. En cambio, pretende que el electorado incluya a sus colonos, «inyectados» en el territorio vecino en su intento de diluir la identidad nacional saharauí.

Hasta hoy, la descolonización del Sahara sigue en el mismo metro de la carretera… Y un verdadero plan de pacificación, pensado en Viena o en Cacarajícara, no deberá renunciar a un referéndum limpio, que reconozca el derecho a la independencia.

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