Gerardo y Cardenal

Autor:

Nyliam Vázquez García

La mirada honda, la media sonrisa con tintes de ternura y picardía, la cabeza rapada y coronada… Gerardo y su amigo quedaron atrapados en la imagen. El fotógrafo de la prisión de máxima seguridad de Victorville, California, no quiso perder la oportunidad de congelar ese instante. Ahí también quedó la historia de una amistad sui géneris: Gerardo, Cardenal. Cardenal, Gerardo.

El pajarito, recién salido del cascarón, sobrevivió tras quedarse sin nido y familia, gracias a la paciencia de Gerardo, nuestro Gerardo, el ser humano que lleva 11 años injustamente tras las rejas en Estados Unidos. Pero de salvar sabe este hombre, y sus compañeros en la prisión lo reconocen. Por eso fue a él —Cuba, para los presos— en quien primero pensaron para confiarle el milagro de cuidar al pichoncito.

Lo alimentó con sus manos, le silbó para que no extrañara a su madre, lo impulsó a volar. El pequeño amigo nombrado Cardenal lo recompensó con su andar caprichoso por sobre su cabeza, sus manos; con su obstinación para quedarse en aquella celda, con su lealtad para responder a cada silbido ante los incrédulos.

Gerardo y Cardenal soportaron burlas crueles. Pero ellos, que se habían conocido el mismo día del cumpleaños de Gerardo, no hicieron caso.

Cardenal se quedó allí, acompañando al amigo, todo cuánto pudo… hasta que un largo castigo a todos los presos evitó que se abrieran las puertas de la prisión por más de un mes. Gerardo no podía salir al patio, sitio de encuentros, y Cardenal no podía entrar a la celda, sitio prohibido, incluso para un pequeño pajarito como él.

Sin embargo, la imagen los trae, los acerca; entrega, una vez más, en la sutileza del acto salvador, la grandeza infinita de ese ser humano. Nadie mejor que Gerardo, quien junto a sus cuatro hermanos, Antonio, Ramón, René y Fernando, salvó tantas vidas de cubanos y de norteamericanos.

El hombre que no flaquea, el bromista, el amantísimo esposo, el joven que cada segundo durante más de una década le ha dado a los hijos de su tierra una lección de vida, desciende y se queda para mirarnos hondo, con la media sonrisa tierna y pícara, de frente, con la cabeza rapada y coronada por un pajarito: un símbolo.

Realizado a partir del relato que Alicia Jrapko escuchó a Gerardo y publicó CubaDebate

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