El Fondo Monetario Internacional en África, desfalco con corbata - Internacionales

El Fondo Monetario Internacional en África, desfalco con corbata

El «alivio» de la deuda externa a cambio de programas neoliberales es una trampa. Ninguna nación de ese continente se ha recuperado después de cumplir las recetas del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Desde que las pompas de jabón se hicieron goticas de espuma en la economía norteamericana, el continente africano ha sido uno de los que ha cargado con el mayor peso de la crisis con el recrudecimiento del desempleo, el hambre, la miseria, la insalubridad, y un medio ambiente destruido. El drama es peor, porque una vez más saltaron a la vista las graves consecuencias de siglos de explotación colonial, así como décadas de una «independencia» política maniatada a los intereses económicos de sus antiguos dueños.

Hoy, África es particularmente endeble porque no tiene capacidad de respuesta ante semejante caos: sigue siendo exportadora de materias primas (principalmente minerales), totalmente dependiente de los precios del mercado mundial, tanto para exportar como para importar, además de ser más consumidora que productora.

El amarre a los vaivenes del mercado mundial implica que, una vez deprimidos los precios o la demanda de los rubros exportables —lo cual no puede ser controlado por el Sur—, también caigan los ingresos de estos países por sus ventas, y tengan que acudir entonces a los préstamos del Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) para pagar las altas facturas de sus importaciones. A cambio, estas instituciones financieras exigen una apertura total de las economías locales al capital extranjero, la reducción drástica del presupuesto destinado a programas sociales y la devaluación de la moneda nacional. Las consecuencias son fatales. Ya lo vimos por varias décadas en América Latina. Y ahora parece que en la mismísima Europa, Grecia será una nueva víctima.

De lo letal de esas «ayudas» está convencido Eric Toussaint, miembro del Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo.

«Los productores agrícolas africanos disminuyeron su participación en el abastecimiento de su mercado; están desprotegidos por sus gobiernos frente a la competencia internacional, y eso es consecuencia de las políticas de ajuste estructural. Ahora compiten en el mercado mundial, principalmente con productos agrícolas que vienen de América del Norte y Europa con altos subsidios», dijo a JR.

Por ello, comenta, el tremendo aumento de los precios de los alimentos en el mercado mundial disparó los precios de los productos de la canasta básica (precios al detalle). «El número de hambrientos en África explotó y hubo rebeliones en países como Egipto, Costa de Marfil y Senegal, las que obligaron a los gobiernos a hacer, al menos, algunas concesiones para otorgar alimentos básicos a precios controlados. Pero eso duró un momento».

El globo de la PPME

Uno podría preguntarse dónde ha quedado la demanda del Sur de una Nueva Arquitectura Financiera. Luego de años de fracasos y de incrementadas críticas, los «cambios» que últimamente quieren aparentar el FMI y el BM para atemperarse a los nuevos tiempos, no han pasado de ser un enjuague de rostro.

En 1996, ambos organismos financieros internacionales lanzaron la Iniciativa para los Países Pobres Muy Endeudados (PPME) con el anunciado propósito de reducir las deudas de estas naciones —la mayoría africanas, aunque no únicamente ellas— y concederles fondos para la lucha contra la pobreza. Mas, a cambio, los países seleccionados han tenido que aplicar recetas neoliberales; esas mismas que tanto han deformado las economías africanas y agudizaron los problemas sociales del continente.

«Es un regalo envenenado, no es para nada una solución. Un alivio de deuda en estas condiciones empeora la situación económica y social de los países que aceptan esta iniciativa. Se repite el mismo ciclo vicioso, porque cuando la situación económica empeora tienen que seguir pidiendo nuevos préstamos y al final, después de un “alivio”, se reproducen futuras deudas».

Si tan preocupados se muestran el FMI y el BM por el desarrollo de estos países, ¿por qué se entrometen en asuntos internos de naciones que han intentado otras soluciones como la República Democrática del Congo, que quiso llegar a un acuerdo minero con China de mutuo beneficio? Al final, la injerencia del FMI obligó a Kinshasa a revisar los términos de un convenio que irritaba a Occidente al mismo tiempo que prometió «aliviar» antiguas deudas a cambio de que continúe la privatización de los servicios públicos y sectores estratégicos como la minería.

«Estas instituciones están orientadas por los intereses de las grandes potencias, como Estados Unidos y las naciones industrializadas europeas. Tienen sus transnacionales mineras, y utilizan al FMI y al BM para chantajear a los gobiernos africanos y obligarlos a que no firmen contratos que favorecen a otros países, como China», comenta Toussaint.

El cerco es más abusivo si, al rechazar los préstamos del FMI y el BM, estos países tienen de todos modos que reducir sus gastos, porque disminuyen también sus ingresos en tiempos de crisis. ¿Alguna otra opción?

«Sí, claro. No solo hay que rechazar los préstamos del BM y el FMI. Los países africanos tienen que suspender el pago a esas instituciones. Si lo hicieran, podrían entonces utilizar el dinero ahorrado para gastos en salud y educación, apoyar con subsidios a sus productores locales para aumentar el abastecimiento local de alimentos (soberanía alimentaria), y crear empleos en otros sectores».

En opinión de Toussaint, los gobiernos africanos también deberían lograr la devolución del dinero mal adquirido por las élites locales, y que está colocado en bancos norteamericanos y europeos. Pero, ¿cómo?

«La deuda externa pública de África Subsahariana es de alrededor de cien mil millones de dólares; pero los depósitos de los ricos de África Subsahariana en los bancos del Norte alcanzan más de 200 000 millones de dólares. Ahí está el dinero, una gran parte del cual ha sido adquirido de manera ilícita, con malversaciones financieras de las élites o de algunos gobiernos que se enriquecieron de manera ilegal y colocaron el dinero en cuentas bancarias del Norte.

¿Utopía?

Desde su mirada crítica como estudioso de la deuda externa de los países del Tercer Mundo, Eric Toussaint considera que los gobiernos democráticos en África deben exigir el congelamiento del dinero de sus ciudadanos que está colocado en el exterior. «Debería hacerse una auditoría para determinar la parte mal adquirida que sería devuelta al país, y la parte que es legítima y puede estar en manos de sus dueños.

«Con medidas para repatriar ese dinero e invertirlo en la economía real, ¿por qué seguir pidiendo préstamos en el exterior?», se cuestiona Toussaint. Y aunque alguien pudiera pensar que se nada bien fuera del agua, él está convencido de que esas recomendaciones no son “una fórmula utópica”.

«Por ejemplo, después de la caída de la dictadura de Sania Abacha (Nigeria) en 1998, las autoridades de ese país obtuvieron de Suiza la devolución de una parte importante del dinero que el dictador había guardado allí».

Reeditar esa acción, piensa, implicaría también «una lucha radical por parte de los gobiernos africanos contra altos niveles de corrupción que no constituyen una especificidad de África; pero África necesita de manera urgente ese dinero».

El economista belga considera que estos países deben sustituir las importaciones por la producción local, lo cual implica el rechazo a los mandamientos del FMI y el BM, que favorecen a los productos norteamericanos y europeos, y eliminan los incentivos para la producción nacional. Hay que tener economía propia.

«Los mayores exportadores africanos pudieran unirse con los de América Latina y Asia para crear asociaciones, y lograr un aumento de los precios de sus rubros y la estabilización de sus ingresos. Por ejemplo, un grupo del cacao formado por Costa de Marfil y Malasia; otro del té, por Kenya, India y Sri Lanka; o uno del cobre por la República Democrática del Congo y Chile», argumenta Toussaint.

Las soluciones neoliberales del FMI y el BM hacen infinita la deuda externa de los países del Tercer Mundo. Ellos no podrán tener un verdadero crecimiento económico que se revierta en la mejora de las condiciones de vida de sus pueblos, mientras tengan que seguir pagando los humillantes intereses. Por el desmedido grifo de la deuda, las grandes potencias se beben los recursos financieros que debieran ser destinados al desarrollo de una estructura económica productiva, que garantice a los países pobres romper el cordón umbilical que los mantiene unidos a los dueños del mercado.

Tampoco alguien se ha preguntado alguna vez quién supervisa el desempeño de los países ricos. Sobre todo, porque ellos crearon el actual caos, y sus acciones especulativas nunca fueron vigiladas por las instituciones internacionales, mientras decidían en qué debía invertir el Tercer Mundo y obligaban a aplicar programas que en nada han ayudado a solucionar los problemas del Sur. Ha sido esa su manera de dominarlos. Para eso fueron creados en Breton Wood.

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