Curando almas (+ Fotos)

Cuatro años después, la Misión Cultura Corazón Adentro sigue rescatando «buenandros» de los barrios más marginados en la Venezuela profunda

Autor:

René Tamayo León

PETARE, Venezuela.— Los cerros de Caracas, las favelas de Río, las villas miseria de todas las ciudades de la región son verdaderos guetos en los que durante casi un siglo se ha ido acorralando, a violencia y exclusión, a la inmensa mayoría de Nuestra América.

Trabajadores con sueldos misérrimos como para una vivienda digna, habitantes de zonas rurales que se asientan a orillas de las grandes urbes en busca de un poquito más de lo mínimo que tenían, emigrantes de países vecinos fueron levantando durante años, en los alrededores de Caracas, su propia «ciudad».

Colmenares de ladrillos al desnudo o latones, con techos de zinc u hormigón, escalan las montañas en los valles donde descansan, acristalados y pulcros, los «barrios bien» y rascacielos que para ellos son como el mar: imposibles.

Paisajes de ingeniería popular, los cerros de Caracas son postales arquitectónicas que desafían a fotorreporteros y artistas gráficos que se deleitan con una imagen única. Miles de veces han sido repetidas, pero todos quieren la suya.

«Desde chiquitos, nosotros nos ponemos a analizar cómo las abejas hacen las colmenas para luego hacer las nuestras», bromea el chofer que nos conduce y sirve de guía por el laberinto de calles empinadas en los cerros. Allí, «la curiosa postal», «la rusticidad turística» que se ve desde las torres y las grandes avenidas, se abre paso a una vida compleja, violenta, desentrañable.

Los cerros de Caracas son territorio mayoritariamente chavista. Poco a poco van cediendo su agresividad, pero la joven Revolución Bolivariana no ha podido cambiarlos de plano. Tiene apenas 13 años. Todos difíciles, atacada desde dondequiera que la derecha impera.

Zonas sin ley, o con su propia ley, también encarnan identidades desde la resistencia, que contienen más de una de las fuentes virginales de las que emana lo más auténtico de la cultura popular. Donde, además, se renueva y genera. Pero siempre desde la espontaneidad. Fueron invisibles para las «élites» de legitimación del arte; hasta que llegó la Revolución chavista.

Alma venezolana en corazón cubano

En abril de 2008 llegaron a los cerros de Petare los primeros artistas e instructores de arte cubanos que darían comienzo a la colaboración isleña en la misión Cultura Corazón Adentro.

Talleres de apreciación y creación artística, desarrollo de talentos locales, revitalización y fortalecimiento de los valores culturales y patrimoniales de Venezuela, integración con el resto de las misiones de la Revolución Bolivariana, y de las que son partícipes los cubanos por medio del Convenio Integral entre los países, son algunas de las premisas de Corazón Adentro.

Fue una iniciativa lanzada por el presidente Hugo Chávez, y mandatada por la Constitución Bolivariana.

El Callejón Oriente, en el sector La Bombilla, sería el inicio de la simbiosis entre cubanos y venezolanos para llevar adelante la estrategia de consolidar desde la cultura los valores nacionales para una sociedad inclusiva y participativa.

Los antillanos, entrenados en las mejores instituciones de la Isla o en las emblemáticas escuelas de instructores de arte y su Brigada José Martí, aportarían su habilidad docente y entrenamiento metodológico. Y los lugareños, liderados por los cultores populares, se encargarían de adiestrarlos en las prácticas y el acervo musical, danzario, teatral, pictórico, artesanal de la más auténtica y raigal cultura venezolana.

Johnny Burgos lo ilustra sencillamente. Vive en la barriada El Nazareno, también en Petare. Es profesor de karate, músico y un cercano ayudante del cuarteto de colaboradores cubanos que trabajan en esa comunidad, de más de 10 000 habitantes.

«Soy músico y maestro. Pero creía que en Venezuela solo existían dos o tres ritmos auténticos, el joropo, el tambor... Sin embargo, con los cubanos, con la apropiación y estudio que han hecho ellos de nuestro hacer artístico, nos hemos dado cuenta de que no solo se trata del cuatro, el arpa, el tambor.

«Nuestra música es inmensa. Con ellos —los cubanos— he ido formándome como un verdadero músico y un conocedor integral de nuestra cultura. Por eso ustedes me verán siempre a su lado».

De Bayamo a Petare

Rainel Batista es bayamés. Se desempeñaba como metodólogo de Artes Plásticas en la provincia de Granma. Fue uno de los primeros cooperantes que llegó al Callejón Oriente, donde se inició la colaboración cubana con Cultura Corazón Adentro.

Iba a vivir en una instalación del propio Callejón, aledaña al consultorio de los médicos cubanos de Barrio Adentro. «Fue algo simbólico —dice—, la conjunción casi en un mismo espacio de los médicos del cuerpo y los médicos del alma.

«Los entrenadores deportivos, las misiones educativas: Robinson, Rivas, Sucre. Estaba habitando en un espacio de revolución. Un laberinto no borgiano, sino bolivariano y chavista. Nunca había visto, en tan poco espacio, todo lo que Fidel nos enseñó que Cuba podía hacer por el mundo», discurre Rainel (quizá en ese momento se le confundieron todas las imágenes y confluencias de dos revoluciones en un solo espacio: la barriada de La Bombilla).

«Poco a poco —retoma el hilo—, el Callejón Oriente se convirtió en una plaza abierta de arte que ha cambiado de raíz la percepción del espacio de vida y la convivencia entre los vecinos. Aunque todavía falta mucho por hacer», dice.

Ahora es un lugar pulcro, donde sistemáticamente se ceden fachadas para el arte mural y se colocan obras de los niños y de artistas populares sin que nadie intente quitarlas o «grafitear malandradas» sobre ellas. Y eso antes era imposible.

«Zona con determinados índices de violencia, a veces parecía imperar el más fuerte. Ahora se va construyendo una nueva armonía», afirma por su parte la venezolana Ángela Gil.

Graduada en artesanía en los años 70, es una de las activadoras (promotora cultural) de la comunidad, inefable amiga y compañera exigente de la brigada de cuatro cubanos que trabaja en La Bombilla, y de su población, con más de 18 000 habitantes.

«Con la entrega y altruismo de ustedes —dice— hemos, de conjunto, logrado integrar a los niños, los adolescentes, los jóvenes y los adultos al hacer cultural.

«Eso antes era muy difícil. Se lo digo yo. Solo Chávez y sus cubanos lo han hecho viable».

Un grafitero en el nazareno

Diego Rodríguez tiene 12 años. Lleva muy adentro la cultura de los cerros. Es de los cerros. Pero tiene el arquetipo de un «niño bien»: gordito, blanquito como la leche, de buenas maneras, pero con un aire marginal que lo hace ser muy simpático.

Desde los nueve años era uno de los grafiteros que embadurnaba las paredes del barrio El Nazareno con misteriosas claves que parecían malandradas, pero que para él eran —son— arte.

«No tomo, no fumo, no ando halando drogas, no malandreo, mi hobby es el grafiti. Dejé el grupo que teníamos para eso porque siempre estaba muy estresado, tenía que abastecerlo con los espray, y cuando fueron yendo a otras cosas malas, me salí».

Diego y su amigo Harold Martínez, de 13 años, y otro grupo de niños de la comunidad que cursan el 6to. grado, son parte de un equipo de pintores-muralistas con los que trabaja el cuarteto de cubanos que encaminan en El Nazareno, de más de 10 000 habitantes, la misión Cultura Corazón Adentro.

De la zona de Cabañas, Mariel, Nemesio Omar Lafferte es el instructor que los está adiestrando en el dominio del pincel, el secreto del color y la magia de los trazos. Le recuerdan su niñez, cuando descubrió su gusto por la plástica, solo que él tenía en Cuba más de una Casa de Cultura a la mano para ir a aprender, sin horario ni temor.

«En El Nazareno solo se puede estar en la calle hasta las cuatro de la tarde, más tarde, te pueden matar o secuestrar», dice Diego. Él y Harold son dos de los alumnos más creativos de Nemesio Omar.

«Él nos ha enseñado —agrega locuaz Diego— lo que no pensábamos que podíamos hacer. Ahorita estamos trabajando con más academia, pero también nos hemos reapropiado de esas técnicas para grafitear, pero, bueno, lo hacemos en los propios murales que estamos haciendo en el barrio, que todos aprecian y respetan.

«El grafiti es mi arte. Pero creo que encontraremos nuestra propia estética gracias a Lafferte. Él es un pana (amigo). Los cubanos son panas de verdad.

«Cubanos en misión/ Adentro de los cerros, el corazón/ La cultura...», garabatea Diego versos en una estrofa que no le dejo concluir. «Lo tuyo es el grafiti», le digo. «Quizá poeta también soy», me desafía en tono de malandro: «¿qué tú crees?».

No le respondo. Con los «buenandros» no discuto. La pistola que dispara rosas, es de la Nueva Trova. De esta nacerá una flor propia. Quizá Diego sea el destinado a apresarla.

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