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Cuba, Europa y los trazos de una firma

La rúbrica en Bruselas del Acuerdo de diálogo político y cooperación entre Cuba y la UE y sus estados miembros entierra la Posición Común y coloca el respeto como divisa bilateral

Autor:

Enrique Milanés León

Porque este mundo nuestro está lleno de grafólogos, la firma en Bruselas del Acuerdo de diálogo político y cooperación entre Cuba, la Unión Europea (UE) y sus estados miembros es interpretada según los ojos de quien se trate.

Si bien no deja duda alguna de que, entre desencuentros, es finalmente un éxito compartido de La Habana y Bruselas, tras dos años y siete rondas de intensa negociación, el acuerdo constituye para nuestro país otra victoria en su larga lucha por la justa integración universal sin arriar los principios.

Así como el restablecimiento de relaciones diplomáticas y el avance a la normalización de los vínculos con Estados Unidos, sin regalar en indigna bandeja la independencia, son avales de la resistencia nada pasiva del pueblo cubano frente al mayor poder que ha visto la Tierra, la ceremonia protocolar de ayer implica que también Europa dialoga, en términos de respeto, con la Isla que hace mucho se sacudió de encima el dominio de las metrópolis.

Una primera prueba de ello es que el texto, que funda un marco contractual para las relaciones entra ambas partes, reconoce explícitamente la «soberanía, integridad territorial e independencia política de la República de Cuba». Entonces —seguramente diría Maceo en trance similar—, sí nos entendemos.

La afirmación del canciller Bruno Rodríguez confirma a qué apunta nuestra Isla: los vínculos económicos con Europa son una prioridad para Cuba en su empeño en construir el socialismo eficiente y sostenible que su pueblo ha elegido. O sea, no hay caminos paralelos o desvíos a la otra senda, la que violenta y veloz anda en sentido contrario. Como en cada acercamiento, Cuba busca aquí el preciado combustible de su soberanía.

«Así tratamos a los demás y así queremos ser tratados», comentó Bruno al referir la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, acordada en La Habana en 2014, y al detallar los principios que la sostienen: convivencia civilizada y provechosa entre las naciones, independientemente de su tamaño, modelo político y desarrollo.

Claro que en seguida afloran los desenfoques. Por ejemplo, cierta agencia de prensa considera que el acuerdo —tomado después de dos décadas de trabajo de diplomacia de la UE, según ella, como si Cuba no estuviera en la misma mesa de diálogo— permitirá a Europa presionar por más derechos políticos en la Isla.

Hay que conocer poco de Cuba para creer y decir que resucitar el espíritu de la recién sepultada Posición Común conduzca a alguna parte. Cuando se impuso en 1996 de manera unilateral, esa postura servil e inservible activó automáticamente nuestro gen de Baraguá. Sería poco serio sostener que Europa sacó algún provecho de ella.

Desde 1988, La Habana comunicó a la Unión Europea su interés de crear de conjunto un marco jurídico para las relaciones, aspiración particularmente truncada por la Posición Común, el engendro de inspiración estadounidense impulsado por «un personaje de estirpe e ideología fascistas: José María Aznar» —según le retratara Fidel— y que sumó en bloque al pretendido continente de la libertad y la inteligencia al mandato extraterritorial del otro imperio. Cuba tuvo mucho más presión, es cierto, como lo es que Europa se mostró entonces menos libre.

Por ello, este paso que para La Habana resulta un peldaño más en su pleno derecho al reconocimiento y al intercambio con todas las regiones del mundo, para Europa puede significar la recuperación del control de filones de su política exterior secuestrados por sectores proyanquis que, contra toda lógica, arrastraron a las filas del acoso en masa a un conjunto de países que durante milenios ha hecho de la cultura y del sentido —no de la «posición»— común un blasón regional.

A lo implícito, el acuerdo presupone que Cuba y Europa, que ampliarán sus mecanismos de contactos, deberán luchar más coordinadamente contra el bloqueo estadounidense que agobia a la primera, pero que irrespeta impunemente a la segunda. Si bien el pueblo cubano ha sido el blanco principal del asedio norteamericano, en el cuerpo empresarial europeo no escasean las cicatrices a causa del mismo ataque.

Hay que pensar en Fidel. Lo hizo en Bruselas no solo Bruno Rodríguez; también, Federica Mogherini, la alta representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la UE y vicepresidenta de la Comisión Europea, quien comenzó su comunicado con una mención respetuosa al líder cubano.

Quien quiera hablar con Cuba siempre tendrá que contar con Fidel. Ahora que «estamos comenzando a escribir un nuevo capítulo juntos», según dijo la propia Mogherini, ahora que las relaciones de la UE con La Habana pueden alcanzar el nivel conseguido por muchos de sus estados miembros, ahora que se continuará y ampliará en mejores condiciones el diálogo político y que se estudiarán vías de cooperación mutuamente ventajosas, nadie debe perderse en los trazos presuntamente ocultos de la firma. Por sobre ellos, siempre habrá de recordarse la rebelde caligrafía de Fidel.

Todos vimos por la tele el ambiente distendido en Bruselas, ese que siempre buscamos los cubanos con cualquier interlocutor, por modesto que sea. No, no acabaron las tensiones; seguramente, en el Parlamento Europeo y en los mecanismos que en cada uno de los 28 países miembros de la UE deberán ratificar el acuerdo, dada su naturaleza mixta, se escucharán varios matices a favor o en contra de acercarse al quemante sol moral de esta Isla —por fortuna— nada común.

Para avanzar en el camino que a través del Atlántico queda por delante no puede faltarle a Cuba la palabra viva de Fidel ni a Europa el respeto a las ideas del hombre que —liderando dejaciones nacionales, cuando fue menester— dejó claro desde el principio, desde principios, que «la soberanía y la dignidad de un pueblo no se discuten con nadie».

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