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Resistencias paralelas

Las horas de parto que vive la tierra de Bolívar recuerdan que el protocolo del Norte es inalterable, como indetenible es la crecida de los pueblos una vez despiertos

Autor:

Alina Perera Robbio

CARACAS, Venezuela.— Mientras más intensamente vivo la vorágine de este hermano país, más recuerdo la historia de la Isla que me vio nacer: las revoluciones siempre tienen ese olor de tempestad que deja lecciones en lo más profundo del alma, que afina el olfato y la sabiduría de millones de seres, que en solo días da más clases magistrales de historia que un libro de mil páginas.

Vengo de una Revolución a la cual el imperialismo le ha negado en mucho tiempo el agua y la sal. El bloqueo concebido para hacernos la vida una pesadilla ha sido y es el castigo de los «mandamases» por nuestra elección de ser libres. El enemigo cuenta en su haber, para con nosotros, con una larga lista de ofensas, subestimaciones, convites al olvido, muertes, desgastes en lo físico y en lo espiritual.

Las horas de parto que vive la tierra de Bolívar recuerdan que el protocolo del Norte es inalterable, como indetenible es la crecida de los pueblos una vez despiertos. Sobrevenía la claridad de tal pensamiento mientras escuchaba por Venezolana de Televisión al presidente bolivariano Nicolás Maduro, quien desde el Palacio de Miraflores dejaba instalado el Consejo de Defensa de la Nación de acuerdo con lo que estipula la actual Carta Magna, para aportar al país seguridad, paz, y defender el decoro y el honor de la patria.

El mandatario —quien cada vez ve más lejos, que cada vez con menos palabras envuelve ideas más profundas cuando dialoga con su pueblo, que tiene en su equipo de trabajo a hombres y mujeres igualmente valientes, capaces y creativos, quienes por momentos parecen incansables—, decía que a Venezuela le ha costado mucho andar los caminos del anticolonialismo para encontrar caminos propios, para avanzar hacia el respeto de su ser nacional. «Nosotros queremos un país de dignidad, de independencia porque creemos en un país de iguales, de distribución de las riquezas, de prosperidad».

¿Y por qué compartía él esas verdades? Por algo que a nosotros, los cubanos, nos resulta muy familiar: el lunes 17 de julio la página web de la Casa Blanca hizo alusión a Venezuela, y el martes pasado en que Nicolás Maduro compareció para abordar el asunto ya había salido a la luz una declaración —esta vez del Departamento de Estado norteño— donde tenían voz, a través de una proclama, los grupos políticos de la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD), quienes el día del Ensayo Nacional Constituyente protagonizado por quienes están con la Revolución Bolivariana, hicieron la consulta interna de los partidos políticos que no están con quienes gobiernan hoy en Venezuela.

El torrente de hombres y mujeres que vivieron el simulacro electoral del 16 de julio, los millones que apoyan a Maduro y llevan a Chávez en el corazón, fueron ignorados por los gendarmes del Norte. Por eso el presidente bolivariano decía que no nos «podemos acostumbrar a un mundo (…) donde desde el Norte se dice qué pasa en cada país, donde se montan grupos de poder político económico para determinar el destino de nuestras naciones, grupos comunicacionales…».

El imperio ha condenado las pérdidas de vidas humanas en el hermano país. Y Maduro, desde la autoridad que le confiere vivir, sufrir y conocer la historia de su nación, ha preguntado: «¿Hasta dónde llega la mano de la Embajada norteamericana detrás de los intentos de masacre que ha habido durante más de cien días?». Quienes conocen bien el alma del venezolano hablan de una violencia inducida, de algo extraño, nunca antes presenciado.

Estados Unidos ha pedido al gobierno de Venezuela que abandone la propuesta de la Asamblea Nacional Constituyente que, según ellos, solo busca socavar la democracia. Hablan de esa entidad de suprapoder como si fuera una amenaza. Es un acto de intromisión insólita. Y es, como han dicho los artífices de la Revolución Bolivariana, una ofensa en tanto la propuesta subestima a un pueblo que quiere seguir diseñando su propio destino.

La respuesta del gobierno de Venezuela en voz de su Presidente ha sido que la propuesta del poder constituyente originario y de la Asamblea Nacional Constituyente ya está en manos del pueblo. Maduro ha dicho que cuando se conforme la Constituyente, esta será bautizada como «del Pueblo Soberano».

Si el próximo 30 de julio la historia recoge como fruto la sumatoria de una saga coherente de acontecimientos —en la cual ha quedado bien claro quiénes aman, quiénes odian, y quiénes instigan a la confrontación entre hermanos—, se impondrá la voluntad de un pueblo que anhela vivir en paz; un pueblo que habrá dicho sí a la Constituyente. Y entonces, a partir de la nueva etapa, habrá que prepararse para un cerco imperial acrecentado, una guerra que generaciones de cubanos conocemos muy bien y que este pueblo, tan evocador del mío en estas horas, resiste inspirando admiración.

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