Los colores del hongo

Todavía a la humanidad le nacen días como este, genéticamente lastrados por el dolor de aquella bomba. Y con él, domingo de minutos torcidos y cicatriz atómica, llegan de nuevo trozos de la conmoción que estremeció Japón

Autor:

Enrique Milanés León

Todavía a la humanidad le nacen días como este, genéticamente lastrados por el dolor de aquella bomba. Y con él, domingo de minutos torcidos y cicatriz atómica, llegan de nuevo trozos de la conmoción que estremeció a Japón cuando en la mañana del 6 de agosto de 1945 Hiroshima no fue más que un espeso silencio frente a los teléfonos y telégrafos que al otro lado del hongo indagaban por ella. ¿Qué te pasó, Hiroshima…?

Fue ella el blanco del primer ataque nuclear de la Historia. Estados Unidos, la mayor potencia bélica entonces y actualmente, optó por cerrar la guerra haciendo en segundos el mayor tajo a una ciudad en ayunas. Y tres días después, cuando la piel y el shock ardían por igual, otra bomba letal, del mismo «remitente», mordía Nagasaki. Japón se rindió pero perdimos todos.

Más de un cuarto de millón de muertos—que se fueron de la vida sin justicia ni aviso— entre ambos genocidios merecerían al menos la cordura de un mundo que se empeña en matar, sin embargo seguimos en una cuerda floja entre balas y diálogos. Hace una falta urgente el equilibrio del mundo, esa utopía lograble que tanto desveló a José Martí y que él nos dejó como misión y herencia.

He ahí otra tarea de Cuba Libre: servir de valladar frente a cualquier conflicto. Por eso hace tres años la Celac proclamó en La Habana que esta América Nuestra es Zona de Paz. Y así como Martí entendía que el liderazgo antillano de su Isla podría reflejarse en un papel activo para encontrar concordias, sus hijos, que ayudamos a avivar colombianos amores, comprendemos que también defendemos la patria cuando exigimos respeto a Venezuela.

No, no hay frontera posible si está en juego la vida. Luego de 72 agostos, todo terrícola debe sentirse familiar cercano de los hibakushas —los menguantes sobrevivientes japoneses—, invitarlos a andar en cualquier latitud, limpiar con ellos el sendero de la memoria y entender de una vez que solo la paz convertirá en flor la grisura maligna de aquel hongo.

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