Desclasificado: Posada Carriles era un hombre de la CIA…¡y el FBI sabía!

Muchos de los documentos que la Casa Blanca acaba de sacar a la luz dan la razón a Fidel y al pueblo de Cuba en una de sus más sentidas demandas de justicia contra el connotado terrorista

 

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Algunos días después de la liberación de más de 2 800 documentos relacionados con el asesinato del presidente John F. Kennedy, las primeras lecturas de los legajos confirman la hipótesis de quienes especularon que de lo que menos hablarían sería del magnicidio.

Cuba es punto recurrente en los archivos desclasificados, y resulta lógico: ello confirma la prioridad que ha tenido el derrocamiento de la Revolución en los planes de sucesivas administraciones de Estados Unidos y, por tanto, de su Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Una de las develaciones más reveladoras en ese entorno es la que pone al desnudo el largo historial de las relaciones del asesino de origen cubano Luis Posada Carriles con la Central, lo que incluye, desde luego, el total conocimiento de esta sobre la participación de «El Bambi» en la autoría intelectual del sabotaje que asesinó el 6 de octubre de 1976 a 73 personas, de ellas 57 cubanos, 11 guyaneses y 5 norcoreanos, al hace estallar en el aire la aeronave de Cubana de Aviación en que viajaban.

Pero, para quienes conocemos los acontecimientos, lo horripilante no es «el nexo» de Posada con la Agencia; ni siquiera el hecho —que tal vez a alguien sorprenda ahora— de que esta «supiera» de sus andanzas: como se vocea con esta desclasificación, el terrorista fue, precisamente, un hombre formado por la CIA.

Lo que escandaliza, y acusa al poder judicial y a las autoridades estadounidenses, es la confirmación en los papeles que acaban de ver la luz de que el Buró Federal de Investigaciones (FBI) fue puesto en conocimiento por la CIA de esos vínculos desde 1976, y que esta consideraba a Posada Carriles como «sospechoso» en el sabotaje al avión.

Así lo demuestran al menos dos informes sucesivos de ese año y de 1977 (este, bajo el título Planes terroristas de exiliados cubanos y fechado en el mes de julio) que la Agencia le envió al FBI.

Y una se pregunta si llegó el día en que la verdad ha visto la luz en Estados Unidos y, como tal, será reconocida y se actuará en consecuencia.

Un periódico nada sospechoso de abogar a favor del Gobierno cubano, El Nuevo Herald, comenta con lujo de detalles esta historia criminal puesta de relieve ahora por los documentos, pero que Cuba no se cansa de denunciar desde 1976 en su exigencia de una justicia trunca gracias a los tentáculos de esa misma CIA y de las autoridades estadounidenses que, como tantas veces denunció Fidel, han protegido hasta hoy al asesino…

Y es que ambos, la CIA y la Casa Blanca —incluso una ficha de su juego sucio como Posada— han compartido la misma obsesión convertida en pesadilla de derrocar a la Revolución Cubana. Acusar a Posada habría sido acusarse, como tantas veces lo advirtió el Comandante en Jefe. Así de estrechos han sido los vínculos entre los ejecutivos estadounidenses y la CIA, sobre todo, en lo que a sus apetitos sobre Cuba respecta.

Terroristas

Pero más allá del terrible atentado de 1976 hay mucho todavía de abyecto y sorprendentemente criminal en los desclasificados.

Por ejemplo, la revelación de que en «una reunión» realizada en Santo Domingo ese año donde participaron Posada y el también terrorista de origen cubano Orlando Bosch (fallecido en 2011), a la que también acudió un mayor del ejército de EE. UU. que había ido a recabar su apoyo (Juan Armand Montes, de origen cubano), se discutieron varios planes terroristas contra la Isla.

Luis Posada Carriles y Orlando Bosch

Entre ellos, «colocar bombas en aviones cubanos y en misiones diplomáticas cubanas; sabotear naves cubanas y soviéticas; secuestrar al embajador cubano ante las Naciones Unidas y matar al funcionario cubano Carlos Rafael Rodríguez en Lisboa», dice el documento.

Se trata, evidentemente, de la cita fundacional de CORU (el mal llamado Comité de Organizaciones Revolucionarias Unidas), que agrupó a lo más abyecto de la contrarrevolución terrorista contra Cuba, asentada en Miami. Transcurría julio.

En ese mismo mes se constataron cuatro actos de ese  corte contra instalaciones cubanas o relacionadas con la Isla fuera del país, incluyendo el asesinato del técnico de la Pesca Artagnán Díaz, en el intento de secuestrar al cónsul cubano en Mérida… Otros dos ataques tuvieron lugar durante agosto. El 6 de octubre sería el sabotaje de Barbados.

«¿Cómo pueden realizarse esas operaciones sin la complicidad, la tolerancia y el apoyo de las autoridades norteamericanas?, se preguntaba el Comandante en Jefe en 1998 en torno a esos y otros crímenes, y a la sazón de documentos desclasificados entonces que habían sido compilados por el Comité Selecto sobre Asesinatos, establecido por la Cámara en 1978, también a propósito del asesinato de Kennedy.

En ellos ya se hablaba de los lazos de Posada con la CIA y de esa labor de informante de la agencia que ahora se vuelve a develar.

El líder cubano, contra quien la CIA implementara tantos intentos de asesinato (más de 600), se preguntaría también durante aquel discurso en Santiago de Cuba por qué no se acababan de desclasificar todos los expedientes relacionados con la muerte de Kennedy. Y aseveraba más adelante: «(…) Es el tiempo el que nos ha ido dando siempre la razón».

Ahora «el tiempo» ha vuelto  a hacerlo, como a inicios de los años 2000, cuando al menos cuatro informes entre más de una decena de otros documentos de la CIA y el FBI liberados ese año, exponían ya ante la opinión pública la acción anticubana de los grupos contrarrevolucionarios creados por la CIA, y el padrinazgo que le ofrecían las administraciones estadounidenses.

Hace mucho que «la ideología del terrorismo» debiera estar ante un tribunal internacional, apuntaría Fidel al respecto en el año 2005, durante un evento en La Habana que develó muchos de los crímenes terroristas del Imperio contra el mundo.

Aunque para algunos lo más trascendente de lo revelado ahora es la constancia de que la CIA consideraba a Luis Posada Carriles «un terrorista», lo cierto es que todo el accionar de la Central de Inteligencia de EE. UU. a lo largo de su existencia ha estado ligado, precisamente, al terrorismo… De la misma manera que terrorismo de Estado fue la práctica de varias administraciones estadounidenses contra Cuba.

A saber: ataques piratas, sabotajes, desembarcos de mercenarios, secuestros de embarcaciones pesqueras, atentados contra las embajadas cubanas, introducción en la Isla de enfermedades y plagas, explosiones en instalaciones hoteleras…

Hablo en pasado a pesar de que el recrudecimiento del bloqueo implementado por el actual mandatario Donald Trump, se parece bastante a un acto de terror. De hecho, la Convención de Ginebra ubica a esa política como un acto de genocidio.

El atentado de Barbados y el dolor del pueblo de Cuba

En cuanto al calificativo de terrorista que la CIA adjudicó a Luis Posada Carriles: nada novedoso. Él ha presumido y se ha vanagloriado de la autoría del sabotaje de 1976, así como de otros crímenes.

Premiado con la impunidad

Una mira atrás, y podría preguntarse cuánto daño se habría evitado al pueblo de Cuba si al FBI le hubieran interesado en su momento aquellos memorandos. O si, aun sin tomar cartas en el asunto, los círculos de poder de EE. UU. hubieran permitido actuar a su sistema de justicia. O al panameño. O al de Venezuela en los tiempos del expresidente Carlos Andrés Pérez.

Porque, en su criminal demencia anticubana, Luis Posada Carriles ha sido descaradamente recurrente.

Todavía hoy puede considerársele prófugo de la justicia venezolana. De las cárceles de ese país, donde fungió como sicario de la policía secreta (la Disip) en los tiempos de la IV República bajo el seudónimo de Comisario Basilio, se fugó vestido de vigilante y luego de sacerdote en la madrugada del 18 de agosto de 1985.

A esas alturas, como se recoge en el expediente ahora desclasificado, Posada junto a Bosch, y los venezolanos Hernán Ricardo y Freddy Lugo habían resultado absueltos en un primer juicio implementado ante una corte militar, por su implicación en el sabotaje del avión de Cubana.

Sin embargo, el fallo había sido anulado y estaba transcurriendo el segundo juicio, que absolvió a Bosch. Solo Ricardo y Lugo fueron hallados culpables.

Después vendría el siempre inseguro y presionado juicio de Panamá tras su detención allí por la presión de Cuba y, personalmente, la denuncia de Fidel, quien dio a conocer la presencia del terrorista en la capital istmeña, a propósito de la asistencia del Comandante a la X Cumbre Iberoamericana. El objetivo de Posada era atentar contra la vida del Comandante en Jefe durante el acto masivo que tendría lugar en el Paraninfo de la Universidad de Panamá.

Era noviembre del año 2 000, y acompañaban al terrorista sus compinches Gaspar Jiménez Escobedo, Guillermo Novo Sampoll y Pedro Remón.      

Otra vez lo premió la impunidad cuando, a punto de concluir su mandato, la presidenta panameña de turno (quien al acabar su Gobierno marcharía sospechosamente a Miami) le dio el indulto sorpresivamente, de modo que los prisioneros salieron como los truhanes que eran: en la noche.

El dictamen emitido al final de un proceso del que varias autoridades judiciales dimitieron alegando presiones, resultó una farsa: el juez Hoo Justiniani apenas había condenado a Posada, junto a Jiménez Escobedo, a ocho años de prisión, no por su probado y confeso actuar terrorista, sino por delitos contra la seguridad pública, peligro común y falsificación de documentos.

Resulta obvio adivinar de dónde llegaron a Panamá las presiones.

Luego vendría el también ruidoso juicio en El Paso, Texas, donde otra vez la justicia terminó en burla. Era el año 2011, y no creo quedara alguien sobre la faz de la Tierra que no conociera su triste hoja de servicios. Venezuela, de donde se había fugado, pedía su extradición. Cuba, no representada en el juicio pero cuyos peritos concurrieron como testigos, exigía justicia sobre un hombre que, para esa fecha, había sumado a sus ataques contra el pueblo de Cuba, las explosiones registradas en hoteles de la Isla (mayormente de La Habana) en el año 1997.

Para llevar esas fechorías a cabo, Posada, quien para entonces vivía ilegal en El Salvador, había contratado a ciudadanos de ese país y de Guatemala entre cuyos nombres sobresalen tres: Francisco Chávez Abarca, Ernesto Ramón Cruz León y Otto Llerena.  Sus acciones dejaron daños materiales, heridos, y un turista italiano fallecido: Fabio Di Celmo.

  

Una manifestacion contra Posada en el mismísimo Miami en 2007.

Sin embargo, y a pesar de que durante ese proceso salieron a relucir tales crímenes y pesaba el pedido de extradición de Venezuela, a Posada Carriles solo se le siguió un juicio por delitos migratorios, instaurado luego del escándalo que provocó la develación del periódico mexicano Por Esto!, que denunció su entrada ilegal a Estados Unidos a bordo de la embarcación Santrina, para lo cual pasó por Isla Mujeres, donde lo sorprendió el diario.

El juicio duró tres meses. La evidencia presentada era sólida. Pero esta vez Posada Carriles resultó absuelto.

Siempre se ha vanagloriado de sus crímenes. Avanzada la década de 1990 y a más de diez años del atentado al avión de Cubana, «El Bambi» tenía el descaro de decir que dormía «como un bebé».

Con 90 años, hoy el terrorista pasa los días en un hogar de veteranos de Miami —donde lo ubicó el Herald—, convaleciente de un cáncer de garganta y de un accidente automovilístico acontecido en 2015.

Está en el ocaso de su vida, y no sabemos si sigue durmiendo como un niño o si padece el terror de los fantasmas: esos que se erigen ante quienes no tienen paz en su conciencia.

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