Impune, pero fracasado

En soledad, como corresponde a los criminales de su calaña, murió Luis Posada Carriles. Se va manchado de sangre y sin pagar sus culpas, pero también sin lograr sus propósitos

Autor:

Marina Menéndez Quintero

No se sabe si la CIA, a la que le debe tanto trabajo sucio, le enviará flores. Tampoco, si habrá parientes cercanos que le lloren.

Una nota del periódico El Nuevo Herald que refleja la noticia dice que murió a los 90 años en el Memorial Regional Hospital de Hollywood, en Broward, con la salud deteriorada por un cáncer que sufrió en la garganta, y las fracturas de un accidente.

Se conoce que antes había estado en un hogar para veteranos (adonde se supone que van quienes no tienen quien los cuide), y deja dos hijos que no mantenían relaciones cercanas con él.

He oído decir que una pariente próxima residente en la Isla, vivía abochornada de los lazos sanguíneos que —eran lo único— le unían a él…

Luis Clemente Posada Carriles ni siquiera merece una sola de estas, ni ninguna otra línea, aunque no debe sorprender que el remanente de la retrógrada claque ultraderechista y violenta que pervive en Miami —entre el mayoritario cubano digno que quiere el bien de su patria— lamente su partida. Nadie más que los despojos humanos de la Brigada 2506 —cuyos hombres nutrieron la derrotada invasión de Playa Girón— podían anunciar que le harán una «guardia de honor».

No merecía irse Posada como lo hace, sin pagar ante la justicia sus crímenes contra Cuba, Venezuela, Nicaragua y El Salvador, entre otros países que ayudó a regar con la muerte.

Aunque los cubanos lo repudiamos por el crimen de Barbados y las 73 vidas que ese atentado segó —motivo sobrado para condenarlo— Posada deja un expediente que helará la sangre de todo el que, aun cuando pasen los años, quiera conocer su currículo criminal.

Torturó en Venezuela como el Comisario Basilio de la terrible Disip; intentó baldíamente asesinar a Fidel en el Paraninfo de la Universidad de Panamá en noviembre del año 2000, en una acción frustrada por la denuncia del Comandante en Jefe que habría matado a un millar de istmeños; compró a mercenarios de origen centroamericano para volar los hoteles de Cuba en 1997, con explosiones que mataron al turista italiano Fabio Di Celmo; participó del escándalo conocido como Contragate en los años de 1980, en los tiempos de la guerra sucia contra la Nicaragua sandinista.

Había sido entrenado por la Central de Inteligencia en Fort Benning, y en 1967 la agencia lo enviaba ya como asesor de los servicios secretos de las dictaduras de Argentina, Chile, El Salvador y Guatemala.

Los hechos atroces que cometió fueron muchos; pero quizá lo que mejor revele su estirpe fuera la falta de pudor de la declaración que le dio a una periodista de The New York Times, tras los atentados de La Habana.

Entonces dijo que, no obstante a ello, dormía «como un bebé».

Nada de esto, ni siquiera las pruebas que demostraron sus vínculos con los atentados en los hoteles habaneros y se presentaron ante la farsa judicial de El Paso, Texas, en 2011, fue tomado cuenta por el jurado ante el cual se le llevó apenas como inmigrante ilegal, después del bochornoso indulto con que lo premió la expresidenta panameña Mireya Moscoso, y su entrada ilegal a Estados Unidos. Fue la única vez que se le sentó en el banquillo.

Allí, donde la CIA y sucesivas administraciones lo prohijaron y protegieron volvió a encontrar refugio, y hoy la muerte le tocó las puertas.

Recodar estos hechos no alcanzaría para hacer justicia a los muertos cuya vida fue segada por Posada, pero denuncia otra vez la impunidad que le confirieron los personeros y halcones de Washington, protagonistas de ese terrorismo de Estado que se cebó como política contra naciones inocentes de América Latina, con el concurso de seres abyectos como Luis Posada Carriles. Ellos tendrán que responder algún día.

En cuanto a él, no hay motivos para pensar que se haya ido feliz.

Más allá de la vida no podrá dormir nunca más como un bebé. Y si desde allí alcanza a ver, le martirizará contemplar que seguimos aquí. Somos lo que él quiso destruir.

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