Apego a Washington y un pozo de calumnias

Las sinrazones del mandatario electo de Brasil reviven viejas y fracasadas políticas anticubanas del Imperio

Autor:

Marina Menéndez Quintero

PARA ganarse la felicitación de la actual administración de Estados Unidos —y quién sabe si algo más—, al presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, no le ha bastado poner a los cubanos en la encrucijada de tener que decidir no seguir participando en el programa Mais Médicos, instaurado con Dilma Rousseff, y que él despedaza en el vano intento de desacreditar al pueblo y al Estado de la Isla... sin pensar en su propia gente.

A la inaceptable exigencia de que los más de 8 400 médicos nuestros presentes ahora en aquel país revalidaran sus títulos, y a la pretensión de sustraer a su labor el ancho componente solidario y contributivo para convertirla en mera mercancía al exigir que trabajen a título propio, Bolsonaro añade ahora el ofrecimiento de ¡«asilo político»!

La «oferta» —ofende en su irrespeto y desfachatez—, llegó luego de que las autoridades cubanas de Salud manifestaran la inadmisibilidad de sus condicionamientos que, sin embargo, ganaron a Bolsonaro los rápidos y elocuentes aplausos de la subsecretaria de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental en EE. UU., Kimberly Breier.

En la red social Twitter, Breier se ufanó de su postura, cuyo carácter anticubano ha llamado la atención de observadores como el sitio web Brasil 247, el cual interpretó la actitud del futuro mandatario carioca como «una clara señal de sintonía con la política exterior norteamericana».

Una actitud netamente política

En verdad, todo indica que el futuro gobernante intenta poner en práctica la mala copia de una de las políticas más aviesas en la urdimbre de agresiones de más de una decena de administraciones estadounidenses contra la Isla.

Nada más parecido lo que hace a una triste copia del llamado Cuban Medical Professional Parole, instaurado por George W. Bush en el año 2006 para alentar la emigración de nuestros profesionales a Estados Unidos —en una prolongación de la asesina Ley de Ajuste Cubano y su política de «pies secos-pies mojados»—, y como estímulo al saqueo de talentos que ha significado para el Tercer Mundo, el llamado robo de cerebros.

Resulta inverosímil que el futuro Presidente de un pueblo latinoamericano y hermano, como es Brasil que tiene tantas situaciones de desventaja social irresueltas, intente poner en vigor una política derogada en EE. UU. por el expresidente Barack Obama, en el año 2016.

Ello demuestra la aviesa causa que Bolsonaro está abrazando. Y no hay que ser de izquierda para criticarla.

Un editorial publicado en The New York Times el 16 de noviembre de 2014 y que firmó su Comité Editorial, reconocía que «hay muchos aspectos condenables de las políticas fallidas de Estados Unidos respecto a Cuba y el embargo que impone a la isla desde hace décadas. Pero el programa que incentiva la migración de personal médico durante asignaciones oficiales en el exterior es particularmente difícil de justificar».

Y apostillaba con una aseveración que bien le serviría a Donald Trump, ahora que está entrampado con la Caravana centroamericana: «El sistema migratorio estadounidense debe darles prioridad a los refugiados y a las personas perseguidas más vulnerables del mundo. Pero no debe utilizarse para agravar la fuga de cerebros de una nación adversaria (…)».

Tampoco procede para los profesionales cubanos la categoría de asilo político, que se otorga a los perseguidos en sus naciones, y habitualmente es manipulada por los centros de poder para satanizar a los Estados que les resulten incómodos. Así EE. UU. ha conseguido que la «disidencia» sea para algunos, en muchos países víctimas de manipulación mediática, una jugosa carrera política…

Sin embargo, he aquí que Jair Bolsonaro provee de esa errática y lamentable postura a Brasil, país del cual Cuba no es ni remotamente «adversario» y donde nuestros médicos, ¡especialmente ellos!, dejan tantos recuerdos gratos y tantos afectos.

Más insensateces

Como si los cubanos no hubieran sido protagonistas de millones de pacientes atendidos desde 2013 en Brasil, Bolsonaro «preocupado» por esos ingresos que él dice no deben compartir los médicos con el Estado cubano, tildó a nuestros profesionales de «agentes sin comprobación de capacidad y aptitud en nuestro país», como dijo a fines del año pasado.

Pero tampoco los hechos respaldan lo que el nuevo mandatario pinta como fácil oportunidad para que los galenos de la Isla demuestren innecesariamente sus probadas capacidades y revaliden sus diplomas.

Como en tantos lugares, la atención de salud en Brasil es un negocio privado —justamente, como quiere hacer Bolsonaro con nuestros médicos—, que alienta a que lo principal para el profesional que la ejerce sea «ganar», y no servir al prójimo.

Ello explica que no sean fundamentalmente galenos brasileños quienes atienden a las comunidades más desfavorecidas: en 700 municipios, los nuestros fueron los primeros médicos que llegaron en toda la historia nacional.

La competencia la mantiene cerrada, al parecer, el Colegio Médico brasileño, lo que hace que apenas un entorno del diez por ciento de los candidatos extranjeros que aspire a ejercer allí la Medicina apruebe la primera fase del Examen Nacional de Convalidación, según datos aportados en 2016 por la Agencia Brasil, con base en escrutinios del Instituto de Estudios e Investigaciones.

Pero no basta para los extranjeros que se acojan a ese programa, pues solo se les permitirá ejercer en la atención primaria, y no en las distintas especialidades.

Las exigencias se extienden a los nacionales graduados fuera, quienes deben pasar las mismas pruebas. En 2015 la suerte solo le sonrió al 7,5 por ciento de quienes se presentaron.

En contraposición, 29 millones de brasileños se quedarán sin médicos ahora que no estarán los cubanos.

Tal vez un día sepamos cuánto ha ganado Bolsonaro por este flaco favor, que castiga a los suyos y le convierte en mal remedo de los más irrespetuosos presidentes de Estados Unidos.

Hasta la Amazonía llegaron los médicos cubanos

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