Fidel ¿qué tiene Fidel?

Autor:

Juventud Rebelde

MI primer recuerdo de Fidel es su voz. Mi hermano lo oía escondido por Radio Rebelde. Por esa época cuando yo aún era una niña, en la finca que cuidaba mi padre —y mi familia vivía— a las afueras de Holguín, llegaban algunos barbudos por la noche. No había luz eléctrica a causa de los atentados y yo me sentaba cerca de aquellos amigos de la casa que la policía de Batista no podía ver.

El 1ro. de Enero fui con mi padre, a caballo, a recibir a los barbudos. El 6, día de los Reyes Magos, recibí de regalo, por primera vez, una muñeca grande, rubia. Desde entonces no era para mí ni Comandante, ni Jefe, sino Fidel. Cinco letras que han conformado un nombre singular, el mismo que con el apellido Castro aparece 12 200 000 de veces en Internet, según el buscador de Google.

Bajo el signo de ese nombre hemos vivido millones de cubanas y cubanos. Y como una buena parte de las que éramos niñas en 1959, me enamoré de su perfil griego, sus pasos gigantes y la magia de sus palabras. Luego se inició el proceso creciente de admiración por el estadista, el político, el filósofo, hasta hoy.

Mi relación con Fidel, como creo le sucede a una buena parte de quienes podemos dar hasta la vida por él, no ha sido de genuflexión. Han existido oportunidades en las que lo dicho por él no me ha convencido y luego el tiempo le ha dado la razón.

Disfruto enormemente cuando en reuniones con jefes de Estado es aplaudido por decir lo que otros callan por miedo. Los ojos me lagrimean al ver a jóvenes de las más diversas latitudes emocionarse por estrecharle la mano o simplemente escucharle, casi hipnotizados por ese verbo que solo los genios son capaces de usar.

Y es que hace muchos años Fidel dejó de ser solo el dirigente cubano; devino líder indiscutible del Tercer Mundo y en el siglo XX, especialmente en la segunda mitad, no hay otro estadista de su dimensión en el planeta.

He visto a artistas, filósofos, deportistas, científicos, obreros, campesinos, indios, religiosos, ateos, agnósticos, en fin, hombres y mujeres de las más diversas profesiones y credos quedar deslumbrados ante el carisma de este hombre que nos ha llegado a 80 años sin darnos cuenta.

Hoy cuando las lágrimas han llegado a nuestros ojos y la ansiedad nos camina por dentro, por saber cómo está luego de su operación, el respeto y la admiración crecen: convaleciente decide delegar temporalmente sus cargos, para que los señores del Norte no se equivoquen y porque la vida en el país debe continuar. ¡¡¡Y lo consigue!!! A pesar del dolor, el país sigue funcionando.

Esta enfermedad de mi (nuestro) Fidel, ha permitido conocer la madurez de la sociedad cubana y el respeto indiscutible que él genera. En los miles de despachos, comentarios, crónicas que hoy circulan en el ciberespacio se pueden contar aquellos que intentan denigrar la imagen del Comandante de los cubanos.

Claro que no han faltado en ese Norte que nos desprecia, especialmente en Miami, manifestaciones y expresiones miserables. He visto a algunos que se hacen llamar cubanos alegrarse envueltos en la bandera de las 51 estrellas. Para vergüenza de los norteamericanos dignos, esos enanitos anticastristas utilizan el mismo pabellón que luchadores antiimperialistas queman en Beirut, París, Londres o Berlín, como protesta en contra del señor Bush o de políticas genocidas.

Pero siempre hay enanos y mancos mentales, los que no quieren ver la grandeza del hombre que octogenario y convaleciente de una operación logra tranquilizar a su país y conmocionar al mundo. Como a principios de los años 60 vale la pena tararear aquella melodía que en algún momento cantamos: «Fidel, Fidel ¿qué tiene Fidel?, que los americanos no pueden con él».

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