Imperios

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Roma, ciudad del pasado y del presente —dos veces fantasma—, nos recuerda como ninguna otra adónde van los imperios. Sobre el Coliseo y los foros, sobre Cleopatra y Julio César ha llovido el tiempo con tanta furia que la vieja metrópoli parece un campo bombardeado, en el que a duras penas se sostienen algunas columnas decapitadas y arcos que necesitan puntales de hormigón, mallas y hierros que les impidan venirse abajo. El resto es melancolía, y un idioma, el italiano, que solo se habla en los límites estrechos de la península y sus dos islotas del Mediterráneo.

Quien mira a través de la ventana de la sede de la FAO (Organización para la Alimentación y la Agricultura), donde se celebra la reunión de la Red de Redes En Defensa de la Humanidad, ve el cascarón de lo que fueron los imponentes edificios de la capital del mundo «conocido» siglos antes de la era cristiana. Sabe que, si la humanidad sobrevive al imperio actual con sus guerras y pulseadas nucleares, quizá nuestros tataranietos se asomen a lo que quede de la Casa Blanca como lo hacen hoy millares de turistas —la mayoría japoneses y chinos—, que se detienen junto al Arco de Constantino, las ruinas de un monumento dedicado al primer emperador romano después de Cristo, apuntalado con vigas de metal sutilmente encajadas en el mármol.

En la reunión de la Red, convocada por Venezuela y a la que asiste un centenar de intelectuales, solo se habla del imperio tejano de la familia Bush, que ahora mismo apolilla las entrañas enfermas de Estados Unidos a ritmo de tambores de guerra. Ese imperio terminará como Roma, nadie lo duda, pero el dilema está en que antes no nos arrastre a todos. Qué hacer frente al derrumbe es la gran pregunta que más o menos todo el mundo contesta de la misma forma: menos palabras y más acciones, pequeñas y grandes, individuales y colectivas para ganar las conciencias, particularmente dentro de Estados Unidos. Es inevitable que alguien cite al gran historiador británico del siglo XVIII, Edward Gibbon, autor de la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano: «El genuino imperio romano no cayó por haber perdido una batalla militar afuera, donde era prácticamente invencible; perdió adentro, quizá la peor batalla de todas».

Así como los terremotos son percibidos antes por los pájaros y los perros, que tienen sentidos más aguzados que nosotros, las grandes convulsiones espirituales son presentidas por los artistas y pensadores más perceptivos y sensibles. Ellos sienten que hay salida, pero no la encontraremos si seguimos buscándola ciegos y solos. En el encuentro de la Red En defensa de la Humanidad, el economista Emir Sader reclama, frente a la nueva Roma, que «nadie puede ser neutro, nadie puede ser equidistante, nadie puede ser indiferente». El poeta Ernesto Cardenal recuerda el salmo «la justicia y la paz se besan», porque «no hay justicia sin paz, ni paz sin justicia. Nuestra arma contra la guerra es el humanismo». Francois Houtart, sociólogo belga, cree que «ser revolucionario no es pararse o dar pequeños pasos, debemos tener como enfoque global, a mediano plazo, la transformación radical del sistema capitalista como orientador de toda la organización económica de la globalidad. Con esta conciencia, no podemos ser otra cosa que revolucionarios».

Sabemos que todo lo que existe y vale en esta vida está sentado sobre la destrucción. De la Roma imperial quedaron sus ruinas, mientras pasaban ejércitos por los campos de girasoles de Francia. Los jardines colgantes de Babilonia cayeron convertidos en polvo y raíces secas, y los enamorados siguen asesinando margaritas para poder creer en la eternidad de sus amores precarios. En un célebre poema, Percy Bysshe Shelley cuenta de dos enormes piernas de piedra que encontró un arqueólogo, enterradas a medias en el desierto. En el pedestal está escrito el legado de un emperador. «Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: contempla mi obra, ¡oh, poderoso!, y témeme». Sin embargo, observa Shelley, «nada permanece salvo la decadencia de esa colosal ruina. / Desnudas y sin fin, las solitarias llanuras de arena se extienden en la lejanía».

Roma, dos veces fantasma, se levanta sobre sus ruinas. Lo extraordinario, diría quien la mire desde la perspectiva de una reunión de intelectuales que se asoma por una ventanita de la FAO, es la certeza de que la humanidad siempre batalla para levantarse. Por encima de los derrumbes y de los imperios.

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