La mediocre grosería

Autor:

José Aurelio Paz

El epíteto de «genio grosero» se lo debe Ludwig van Beethoven a la descripción que hace de su estudio, en sus memorias, el Barón de Trémont, en 1809:

«Imagínese el lugar más sucio y más desordenado que pueda concebirse: un viejo piano de cola, en el que el polvo pugnaba por hacerse sitio con diversas obras impresas y manuscritas; bajo el piano (no exagero) un orinal sin vaciar; a su lado, una pequeña mesa de nogal acostumbrada a que el secreter colocado encima estuviera frecuentemente vuelto del revés; un buen número de plumas recubiertas de tinta, por lo que, comparadas con ellas, las proverbiales plumas de taberna parecerían relucientes; y más música... las sillas, en su mayoría de mimbre, estaban cubiertas de platos que contenían los restos de la cena de la noche anterior y de ropas...».

Sus biógrafos cuentan que ver de lejos al eminente músico, por primera vez, no aportaba nada esencialmente original, como no fueran su pelo y su tez morena, contrastantes en una población tan rubia como la de su natal Bonn o la misma Viena. De estatura normal para su época y complexión media, si bien en sus primeros tiempos se paseaba como el más elegante, luego se despreocupó totalmente de su aspecto exterior. Miraba de una manera muy penetrante, pero ninguno de sus retratistas logró atrapar esa sutileza en sus lienzos, y era común verle disperso, como ahogado en sus propios pensamientos, sueños o alucinaciones.

Una cualidad esencial en su personalidad fue la de necesitar vivir acompañado por sus amigos, quienes aprendieron a tolerar sus mayúsculos despistes y excentricidades. Según se cuenta prefería, como cualidades, la nobleza y la integridad que exigía a sus más cercanos. Pródigo en romances amorosos como en la música, se presume que la musa de su Amada inmortal fue Antonie Brentano, quien llegó a afirmar que la humanidad de Ludwig era superior a su arte.

La cuestión siempre recurrente en los musicólogos es si fue Beethoven el compositor más grande de la historia. Muchos artistas lo afirman cuando aprecian que no hay otro que haya podido colocar tanto sentimiento en simples hojas pautadas, tanto espíritu bello, tanta hondura.

Uno llega a este punto de la historia y salta, como venado montaraz, la pregunta imprescindible; qué era y es lo más importante a apreciar en el genio: ¿la grandiosidad musical que vertía aquel piano o el prosaico orinal? Y es aquí donde la historia le pasa la cuenta al Barón de Trémont y lo descalifica como ser humano sensible para convertirlo a él en el grosero real, mediocre, que se detuvo en lo insustancial, en la mínima mancha y no logró ver la enorme sinfonía de una vida que, a pesar de vivir acosada por su sordera, se creció para componer lo mejor de su obra como esa Heroica de tanto virtuosismo, el Triple concierto para piano, violín y violonchelo o una sonata de tanto desborde emocional como la Apassionata, las cuales marcaron, junto a muchas piezas, definitivamente, su ruta hacia la inmortalidad.

Fue un hombre que no se dejó vencer cuando no pudo continuar con sus presentaciones públicas y que, a pesar de que su economía se resintió, no desfalleció antes las adversidades: «Cogeré al destino por la garganta, no me doblegará ni me abatirá por completo», le escribiría a un amigo.

Personas como ese triste personaje, que pasó a la historia solo por su execrable y malintencionada descripción, para pena de la Humanidad y a pesar del tiempo, todavía abundan. Pueden coexistir bajo la piel de nuestro compañero de trabajo, del vecino, del supuesto amigo, incluso de aquellas personas que se venden como música y, ellas mismas, resultan amoníaco puro.

Son esos que creen tener apresada, entre los dedos, una inmortalidad barata, de puro celofán, que solo guarda dentro un pedazo de la oscuridad más absoluta de los desalmados.

Traen, en su cadena, un cromosoma de más; el de la deshonestidad. Pastan disfrazados de unicornios y son como el mitológico ngurru vilu de la cultura mapuche: zorros con cola de culebra; o como esa extraña criatura llamada Basilisco que, según Plinio el Viejo, era capaz de marchitar las plantas con su simple aliento.

Será fácil descubrirlos. Esta prueba resulta infalible. Póngales, como trampa, a escuchar La Quinta Sinfonía de Beethoven. Ellos no pasarán de ver solo una partitura codificada. Carecen de la facultad de interpretar la emoción que embargó al genio al escribirla y que los instrumentistas de todos los tiempos moldean al propio aire de su corazón. No vibran. No tiemblan. No saben saborear la divina fruta del misterio.

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