Identidad

Autor:

Juventud Rebelde

El acto de viajar ejerce una suerte de fascinación sobre el ser humano. Su natural instinto por conocer, relacionarse, comparar, echan a volar su imaginación y lo ponen a soñar contextos insospechados, a tenor con su ideal de la felicidad o el éxito.

Pero entre una postal turística y la cotidianidad media la existencia misma. El viajero pisa tierra. Se deslumbra con el «desarrollo»: rascacielos, comercios y más comercios y filas y más filas de brillantes autos que penan por llegar a su destino.

La arquitectura es majestuosa, grandilocuente, como si pretendiera empequeñecerlo. Los espectaculares anuncios, exhibiendo mujeres en ajustadores de peleadas marcas como Vicky Form o Play Boy, le roban los sentidos. La «mejor casa», el «mejor pan», el «mejor champú», la «mejor cerveza», la «mejor leche», el «mejor auto»... la mejor de las vidas posibles desfila ante sus ojos. ¡La libertad! ¡La democracia!

Luz roja en el semáforo. Comienza el «otro» desfile. Se detienen los coches de los potentados. Suben los «vidrios» de sus lujosas camionetas para no ser perturbados. No quieren ver el mundo real. Descalzos, sucios, drogados, enfermos, disfrazados como payasos... los «niños de la calle» hacen malabares con aros y pelotas. Se acuestan sobre cristales rotos. Echan candela por la boca. Dan volteretas. Con máscaras en la cara, se mofan de los políticos, vale decir, de aquellos que a diario los observan indiferentes y burlescos deshojar las flores de su inocencia.

¡Los políticos! Hombres de corbata con dinero y diezmada vocación de servicio a sus pueblos. No cuentan la virtud ni el mérito. De «adornarlos», de engañar a la opinión pública y de cobrar —por supuesto— se encarga la «gran prensa». Así es la «democracia».

En la misma céntrica avenida «de los niños de la calle», en el piso, hay un joven sin piernas. No sin maña consigue moverse entre los vehículos detenidos y en una pequeña lata recoge la caridad del día. Le acompañan mujeres indígenas con bebés en brazos o colgados a sus espaldas. Bebés en un raro sueño. En el sueño del no comer. En el sueño de la droga o los somníferos; solo así mamá puede «trabajar». El trabajo de mamá es pedir limosna a quienes le miran con altivez por encima de sus gafas oscuras, a quienes despilfarran lo que le falta a ella, y al bebé que duerme (¿o muere?), y a los infantes «de la calle», y al joven de la latica.

¡Qué carreteras, sí señor! —no quiere ni pensar el hombre—. Privadas. ¡Esa es la libertad! El derecho de unos pocos a comprar lo que es de todos. El derecho a encarecerlo. El derecho a excluir a quien no tiene para pagar más de 200 dólares de peaje en un viaje de cinco o seis horas. Por el camino viejo, la vida pende de un pelo ante la voracidad de asaltantes sin escrúpulos —después de todo, nada tienen que perder, porque nada le han brindado sus semejantes. Es el círculo vicioso de la violencia, alimentada por la desigualdad, la injusticia, la impunidad, el narcotráfico, la corrupción y el silencio cómplice del Estado.

«Se lo muestro, sin compromiso» —promueven desesperados sus mercancías los desempleados, «empleados» en el comercio informal, el de la «libre empresa», esa que impresiona al caminante por su inusitada (y no pocas veces mal habida) variedad, la misma que por mandato del neoliberalismo, es la ruina, la incertidumbre, la inseguridad, de millones de familias, porque hoy se vende, mas mañana, no se sabe. Y la vida es todos los días, sobre todo en las sociedades donde una madre tiene que sacar a su hijo del hospital, todavía enfermo, sin saber siquiera qué mal le aqueja, porque ya gastó, solo en análisis clínicos, los 10 000 pesos que a duras penas logró reunir.

«Se gana mucho en el capitalismo», le contaron al viajero, pero las compañías inmobiliarias, farmacéuticas, automovilísticas, telefónicas, de celulares, de belleza, gas, agua, electricidad..., privatizadas en su mayoría, en la competencia voraz por el control del mercado, le voltean al revés los bolsillos.

Siempre le dejan algo para vanidades. Después de todo son sociedades concebidas para eso. Para cebar el ego, el individualismo, la ambición, la arrogancia ostentosa... Son repúblicas que «...ponen coche de viento, y de cochero a una pompa de jabón: el lujo venenoso, enemigo de la libertad, que pudre al hombre liviano, y abre la puerta al extranjero». 1

¡Oh, Kafka! Se siente disminuido el viajero. El espejo le devuelve la imagen de Gregorio Samsa, aquel personaje de Metamorfosis que se fue trocando en soledad, llevó en sí todas las canas del invierno y llegó a ser por dentro, y a parecer por fuera, insecto. Definitivamente, la vida material no es la felicidad. La felicidad está dentro de sí. En su capacidad de aprender de sus errores, y de crecer, todos los días crecer; en el gusto de servir y ser útil. Cierra los ojos y piensa. Su isla, su mar, su bandera, ¡su gente! La alegría hecha gente. Esa que mira derecho y habla sin ambages. Esa que vive humilde, pero digna. Esa que sabe soñar imposibles. Esa que sabe compartir, no lo que le sobra, sino lo que tiene. Esa que desdeña lo superfluo, porque conoce el valor de las esencias. Esa que sabe que como ciertas especies de plantas, el hombre no es tal, más que en la tierra que le vio nacer. De ella se nutre. A ella se debe.

(1) Ensayo Nuestra América, José Martí.

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