Soldadito de Plomo

Autor:

José Aurelio Paz

Aquel muchacho tenía la mirada huraña. Con nerviosismo deshojaba una flor con sus fuertes dedos. Sus brazos, los de un atleta, también eran, casi, sus pies.

Hermoso el muchacho. Un «mangón», diría cualquier niña de la calle, pero estaba herido. Apagado por dentro en una oscuridad sin límites que dejaba frío el candil de aquellos ojos azules. Un mar encrespado por la impotencia y el desamor estaba a punto de romper contra el malecón de una perdida mirada.

A solo unos pasos de mí, en el parque, me habló receloso. Luego se acercó y, en un arranque inexplicable de sinceridad, tendió su mano que fue como extenderme el alma. Me dijo que ese, lleno de sol y de pájaros, lleno de bulliciosos escolares, era el peor día de su vida; que quería morirse; o mejor dicho, que ya estaba muerto.

La niña que lo deslumbró el primer día de clases; la de los ojos-mariposas; la del pesquero adolescente y provocador, de un caminar sexy, le había dicho que no, en un inexplicable arranque, aunque su corazón parecía decir que sí.

Me contó el joven, entonces, de las ocasiones en que jugaron a los escondidos en el receso y de cómo, en un rozar de soles, le robó un beso que ella respondió con un sofocado manotazo. De la vez que le descubrió en su libreta un corazón mal dibujado, pero vivo y latente, que tenía una ENE grande, del tamaño del amor, parecida a su inicial. Fue el instante mismo en que se sintió sostenido en el aire, como un colibrí, dispuesto a libarle toda la miel a su flor.

Luego en el pre, cuando él sufrió el accidente, cómo los ojos de ella eran la angustia vestida de largo; la mano que no solo le apretaba el brazo cuando lo montaban en la ambulancia, sino también el corazón. Y el montón de perfumadas cartas con dibujos que recibió luego en el hospital, con uno que otro poema de Neruda o de Vallejo.

Y contaba y contaba, ya sin freno, como queriendo matar la tarde cuando, de improviso, dos olas asomaron a sus ojos y me dijo concluyente: «Esa es la misma que aquí acaba de negarse a ser mi novia por pena a que la vean empujando mi silla de ruedas».

Un silencio congeló el paisaje. Miré al Martí del parque y traté de decirle que me iluminara el alma para darle aliento al ciervo herido. Le hablé entonces. Le hablé como un padre. Le dije que la vida estaba hecha de muchas maneras y andaba por muchos caminos. Que si bien las apariencias para algunos pesaban como el oro y, entre frivolidades y convenciones, morían más solos que su propio perro, otros sabían escoger y nutrirse de esencias más profundas de la existencia humana; que las piernas no eran tan importantes si existía un alma bondadosa y un corazón que la hiciera danzar por el aire; que la belleza del cuerpo y el dinero, un auto o una joya, son solo valores efímeros y que lo que permanece, con los años, es el decoro, la humildad, la belleza que se lleva por dentro como nos enseñó el Apóstol.

Solo entonces, del maltratado disco duro de mi memoria logré recordar un trozo de aquellos fabulosos versos de Benedetti que tantas veces han servido a tantos mortales en los precisos momentos de establecer infalibles escaramuzas de amor. Le pedí que los escuchara, que los aprendiera de memoria y que no se diera por vencido. Que la esperara en una esquina y, en otro roce de soles repetido, lograra susurrarle: «Mi táctica es ser franco/ y saber que sos franca/ y que no nos vendamos/ simulacros/ para que entre los dos/ no haya telón/ ni abismos./ Mi estrategia es/ en cambio/ más profunda y más/ simple/ mi estrategia es/ que un día cualquiera/ no sé cómo ni sé/ con qué pretexto/ por fin me necesites».

Fue entonces que el atleta vencido levantó la vista. Y la ola de sus ojos se tornó en lucero. Y no dijo nada más que unas gracias silenciosas. Nos despedimos con otro apretón de mano cual si me pagara esa imprecisa consulta de mal de amores. Y, en un impetuoso ademán, le dio un volteretazo a una de las ruedas de su silla y me hizo comprender que había aprendido la lección: el perdedor es el que jamás lucha y la desesperanza es siempre el trofeo de los perdedores.

Se alejaba el joven. Me sentí conmovido porque había podido, desde mi incapacidad humana, enseñarle que a veces, teniendo piernas, manos, ojos, vivimos discapacitados para amar que es lo mismo que morir viviendo. Una sonrisa entonces me devolvió a este mundo, mientras me dije: «Otra vez la historia del soldadito de plomo y la bailarina. Enamorado él. Despechado por ella. Sostenido por una sola pierna. Un imprevisto soplo de aire. La caída desde el alféizar de la ventana. ¡Y a correr la aventura de la vida!».

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